‘Antígona’ de Sófocles en el Festival de Mérida

Antígona, una oscuridad iluminada

…jóvenes contra viejos… vivos contra muertos… hombres contra mujeres… individuos contra sociedad… dioses contra humanos…

En la ‘Antígona’ de Sófocles se sintetizan los cinco conflictos estructurales de la raza humana. Quizás por eso, o quizá por algo más intangible, mucho menos explicable, leemos este texto como una experiencia espiritual.

La contundencia del “no” de la protagonista trasciende el ámbito de lo material. La vuelve polvo de estrellas, cenizas liberadas. Desde una fragilidad casi autística, Antígona erige la fuerza de su convicción contra todo y contra todos a la manera de un átomo de uranio 235 que empieza a fisionar.

En ‘Antígona’, el valor de la muerte es, sin metáforas, el valor de la vida. Su viaje personalísimo hacia la oscuridad es un viaje hacia la luz. Luz ejemplar. Luz de un horizonte amanecido.

Por esto, y en apego a sus orígenes, nuestra Antígona quiere ser un ritual. Un ritual contemporáneo que transite entre los opuestos y acumule una energía potencial capaz de dinamitarlo todo y que, como la heroína, libere su luz transfigurando lo imposible.

Para ello hemos tomado al pie de la letra aquella sentencia de Nietszche que ubica el nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música. Tomamos la decisión de no tenerle miedo a los coros. No verlos como un mal necesario sino, por el contrario, explorar su valor ritual asociado a la música y la danza.

En el afán de habitar los múltiples enigmas y paradojas que el texto de Sófocles nos plantea, hemos polarizado la identidad del coro. Así, en lugar de un coro de ancianos tebanos -tal y como lo pide Sófocles- ustedes verán un coro masculino confrontándose a un coro femenino sobre esa delgada línea que divide la vida y la muerte y sobre la cual se desarrolla esta tragedia.

‘Antígona’ es una obra que se desarrolla sobre un paisaje después de la batalla. Los ecos de la guerra fratricida permean la acción y la peste de los cadáveres corrompiéndose aumenta inexorablemente. Este espacio post-apocalíptico no conoce una época determinada. Podemos ver en él una página de la Historia milenaria o la catástrofe de las guerras más recientes. Por ello, hemos decidido atemporalizar nuestra función y permitir al espectador ubicarse frente a un mundo que puede contener todos los mundos.

La luz de Antígona viene de muy adentro. Nace en la oscuridad de un alma profundamente compleja que nació para morir. Nosotros como ella, oficiantes del efímero ritual del teatro, morimos todas las noches al caer el telón. Hoy entraremos respetuosamente a este Teatro Romano con la firme determinación de incendiarnos en sus piedras milenarias y ofrecernos en sacrificio. Dejemos pues, hablar a las cenizas.

Mauricio García Lozano, director de la obra

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Archivado bajo Autores, Emérita Augusta, Estrenos, Festival de Teatro, Filología Clásica, Imperio Romano, Personal, Roma, Teatro

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