Las monedas de Dios

Fuente: elalmeria.es

COMO en múltiples ocasiones, los fariseos intentan situar a Jesús en un callejón sin salida, en este caso con la pregunta malintencionada de si es lícito o no pagar el tributo obligatorio al Imperio Romano. La respuesta afirmativa supone ponerse en contra de los grupos nacionalistas que rechazaban el domino extranjero y, en general, de todo el pueblo judío. Pero si la respuesta negativa, sus enemigos han dado con la tecla para poder acusarlo ante los romanos de rebelde y que sean ellos quienes lo eliminen. Pero Jesús, no sólo esquiva de la trampa, sino que además echa en cara a sus interlocutores su mala voluntad.

Ciertamente el tributo al Cesar era considerado como una obligación humillante, que el Imperio imponía a los judíos. La misma moneda, con la imagen del emperador, ya suponía una ofensa para la religión judía, porque atentaba contra el mandamiento que prohibía las imágenes y además la inscripción consideraba al César “divino”.

Lo que no sé si habían pensado los maliciosos inquisidores era el acto de hipocresía que estaban cometiendo, porque, ellos fieles cumplidores de la Ley, portaban sin embargo las monedas que su normativa religiosa les prohibía.

Tal vez por eso Jesús les pide que le muestren la pieza con la efigie y la inscripción, para ponerlos ya en evidencia ante los demás y a continuación añadirá: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

¿Qué es lo del César y qué es lo de Dios? Será aquello que lleve la imagen de cada uno.

Si la moneda lleva la imagen del emperador, será suya. Pero el ser humano es imagen de Dios, por eso el hombre y todo lo humano es asunto de Dios.

La pregunta no se sitúa en términos de Estado e Iglesia, como se le quiere interpretar con frecuencia, sino de Estado y Dios. Se puede hablar de ámbitos del Estado y ámbitos de la Iglesia. Pero… ¿que espacio puede quedar fuera de Dios? Es más ¿qué César de este mundo se puede escapar de la sumisión que todo hombre debe a Dios, lo reconozca o no, crea en él o no?

Cuando Jesús afirma que se le de a Dios lo que es suyo, está diciendo que nada escapa a la esfera donde Dios debe estar presente: ni la Iglesia, ni la política, ni las leyes, ni la economía… No se trata de que los gobiernos se han de convertir en teocracias, sino que las democracias, han de respetar a Dios, buscando el bien, la justicia, el amor y defendiendo la vida de sus hijos, que son las monedas que llevan su imagen. Y denunciar y oponerse a todo aquello que atente contra el bien de los hijos de Dios es obligación de los seguidores de Jesús, por lo tanto de la comunidad de discípulos de Cristo, a la que llamamos Iglesia

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