Delfos: el secreto de la Antigüedad

Fuente: clarin.com

Por su monumental acervo de la era clásica y los deliciosos valles de olivos del monte Parnaso, este sitio arqueológico constituye una parada obligada de quienes visitan Grecia. Aquí, un recorrido que incluye museos, sabores típicos del Mediterráneo y las apacibles playas del Golfo de Corinto.

Existen miles de formas de conocer Grecia, tantas quizá como viajeros se aventuren en sus tierras. Pero todas esas formas pueden reducirse a tres grupos. El primero está formado por los que quieren disfrutar del ancho mar, de sus colores y sabores incomparables, en el formato pequeño y acogedor –pero provisto del confort europeo– que ofrecen las islas griegas. Estos turistas elegirán, probablemente, las Cícladas o una aldea de pescadores al norte del Egeo.

Un segundo grupo lo componen quienes quieren recorrer los caminos insondables de la sabiduría antigua: ellos se concentrarán en Atenas, centro neurálgico y logístico del circuito arqueológico, con la promesa de palpar los rastros del pasado. Volverán a casa muy satisfechos, con los pies felizmente cansados, tras haber caminado por la Acrópolis, por los museos extraordinarios del Atica y del Peloponeso, y por los teatros milenarios de la Hélade. En el tercer grupo están los inconformistas de siempre. Los que no quieren perderse ni los tesoros sapienciales de la cuna de Occidente ni el placer –no menos estimulante– de la playa y del mar, ni el confort. La mejor opción para este último grupo es conocer Grecia haciendo pie en Delfos.

La ciudad, que se alza en la ladera del monte Parnaso, a 177 kilómetros al norte de Atenas y a unos 10 kilómetros del Golfo de Corinto, es de dimensiones mínimas (de hecho, más allá de las simpáticas tiendas de souvenirs, si se busca hacer compras más sofisticadas, conviene acercarse a la vecina y coqueta Arachova, a 12 kilómetros de allí). El tamaño pequeño, por un lado, intensifica la grata sensación de intemporalidad que habita a Delfos; por otro lado, contrasta con la inmensa fama y la autoridad que tuvo en el pasado. Al caminar por sus callecitas apacibles, en las que casi podría escucharse el sonido de las flores de Santa Rita que caen a la vereda, uno no puede menos que sorprenderse de que antiguamente esta ciudad fuera considerada “el ombligo del mundo”.

Epicentro espiritual

Delfos fue el centro religioso de Grecia desde tiempos arcaicos: se sabe que ya era sitio de culto en el siglo VIII aC. Fue centro cultural y social, y un sitio de poderosa influencia política y económica, un enclave por cuyo dominio los diversos estados griegos disputaron cuatro “guerras sagradas”, entre los siglos V y IV aC.

A su célebre oráculo llegaban las consultas de los reyes que planeaban expediciones militares y guerras de conquista. No sólo los griegos: Heródoto cuenta que el rey lido Creso envió su consulta antes de enfrentarse a los persas, pero no comprendió las enigmáticas palabras oraculares y fue derrotado por Ciro. En ese entonces, el oráculo también respondía las preguntas de los hombres comunes y corrientes (las mujeres no podían ingresar en el espacio reservado al culto). Y el santuario –esto fue crucial para Delfos– atesoraba las preciosas ofrendas que reyes, ciudades enteras y ricas familias prodigaban a Apolo. Los restos de esos magníficos tesoros conforman hoy, junto con los de Atenas y Creta, una de las zonas arqueológicas más fabulosas de toda Grecia.

El origen de Delfos se pierde en la huella remota del relato mitológico: se dice que Zeus había echado a volar dos águilas y señaló como ombligo del mundo al sitio en el que ambas se cruzaron. Ese ombligo está representado en una gigantesca escultura de tiempos arcaicos, en el Museo de la ciudad. Al comienzo de su tragedia

Euménides, Esquilo da por seguro que la primera diosa honrada en Delfos fue Gea (o Gaia), la Tierra; que de sus manos el templo pasó luego a las de Temis, y de éstas, a las de Febo-Apolo, quien se adueñó del lugar matando a su guardiana, la serpiente Pitón. Según otra versión, fue un pastor el que descubrió los poderes mánticos del terreno, al ver el estado de excitación que alcanzaban allí sus cabras cuando pastaban en la zona.
Hoy, apenas uno se aleja un poco del centro de la ciudad, se ve que las cabras siguen pastando por Delfos, y a la siesta, si se callan un poco las cigarras, se escucha el caprichoso tintinear de sus cencerros. En cambio, los restos del trípode en el que se sentaba la pitonisa –la joven que recibía la profecía divina del oráculo y la repetía, en trance, para que el sacerdote interpretara sus extrañas palabras– se exhiben en el modernísimo Museo edificado al pie del sitio arqueológico de Delfos.

Conócete a ti mismo

El museo y el sitio arqueológico forman un solo conjunto que se halla a dos kilómetros del centro de la ciudad. El paisaje circundante amerita el esfuerzo de llegar caminando. Los siglos no han pasado en vano, claro, pero la ruta, que recorre la pendiente del barranco que separa al monte Parnaso del monte Kirphi, permite al turista figurarse la visión que tendrían los peregrinos que llegaban al oráculo de Delfos desde toda Grecia. Se dirigían primero hasta la Fuente de Castalia (donde se debían lavar, para purificarse), y luego al tholos (cúpula) de Atena Pronaia, o al templo de Apolo.

A pasos de éste se alza el antiguo teatro donde se celebraba a Dionisos, y que junto con el estadio –en la cima de la zona arqueológica– constituían la sede de los Juegos Píticos, paralelos en importancia a las famosas competencias que se realizaban en Olimpia.

Si uno viaja en el verano boreal, conviene llegar al sitio arqueológico temprano –las puertas abren a las 8– y recorrer primero los antiguos santuarios (en subida). Y luego, a medida que el sol se levanta y, con él, la temperatura, conviene descender y recorrer, al amparo del aire acondicionado, las maravillas que ofrece el Museo. Aquí se conservan las piezas originales –en el sitio arqueológico los monumentos están parcialmente reconstruidos con los materiales genuinos– de las ofrendas votivas que cada ciudad llevaba a Apolo. Aún hay partes del Tesoro de Atenas y del de Sifnis, tal como los retrató el geógrafo Pausanias (siglo II dC.) en su Descripción de Grecia.

En décadas pasadas se ponía en duda la información de la Descripción, pero Rosina Kolonia –erudita arqueóloga, ex directora del Museo, de aspecto juvenil y reservado– afirma que los estudios hechos tras las últimas excavaciones le dan la razón a Pausanias. Sentada en el bar del Museo, con un jugo de naranja helado, recién exprimido, dice Kolonia: “Pau-sanias sigue siendo la primera y más preciosa guía para conocer los monumentos délficos”.

La enigmática E de Delfos

Increíbles piezas escultóricas de tiempos arcaicos, clásicos y helenísticos componen el patrimonio del Museo: la escultura de la esfinge con la que se topó Edipo, las estatuas de los jóvenes Cléobis y Bitón a quienes Solón admiraba, el auriga broncíneo, que compite en belleza con el fascinante busto del legendario Adriano, que fue sacerdote del templo allá por el siglo II dC. Hay otras obras menos conocidas y no menos fantásticas, como el perfil del filósofo –o del melancólico, según otra tradición–, o la inscripción en piedra con que la antigua Delfos homenajeó a Plutarco de Queronea.

Escritor prolífico, filósofo y sacerdote-intérprete del oráculo hacia fines del siglo I dC., Plutarco dedicó una preciosa serie de tratados a Delfos: La sacerdotisa pitia del oráculo, La caducidad de los oráculos y La E de Delfos. Este último es especialmente curioso. Como se sabe –y Platón nos lo recuerda en uno de sus diálogos juveniles– tres inscripciones recibían antiguamente a los visitantes del santuario délfico: gnothi seautón, es decir “conócete a ti mismo”; medén ágan, o sea “nada en exceso”, y engya pára d’ate, que se tradujo como “el que se fía, se arruina”. Plutarco, que conoció el oráculo varios siglos después de la muerte de Platón, dice que había una cuarta inscripción: una visible E (la letra griega épsilon), para la cual Plutarco propone varios significados. Un significado matemático y numerológico, otro en clave retórica (todo visitante va a preguntar al dios “si esto”, “si aquello” y la épsilon es ese “si…”) y una interpretación teológica.

Así como el dios Apolo, cuando ingresamos en su casa, se dirige a nosotros con un “conócete a ti mismo”, la E –explica Plutarco– indica la respuesta que nosotros hemos de darle a El. La E quiere decir “Tú Eres”; una fórmula análoga al “Yo Soy el que Soy” (Yahvé) de la tradición judeocristiana. Una fórmula que manifiesta la plenitud absoluta de la divinidad. La letra E de Delfos, dice Plutarco, “es un llamado, un grito de temor y admiración surgido en el culto a dios y para toda la eternidad. Le recuerda al hombre su propia naturaleza mortal y su debilidad”.

¿Nada en exceso?

También es cierto que nadie ha cruzado el océano en plan de vacaciones, incluso queriendo saciar una sed de antigua cultura, sólo para constatar la esencial diferencia entre lo divino y lo mortal. Ni precisamos recurrir a Plutarco para recordar nuestra humana condición: ella se nos vuelve patente muy seguido, particularmente a la hora del almuerzo y la cena. Delfos, el centro, también tiene remedio para estas inquietudes.

Una serie de pequeños restaurantes y tabernas, situados en terrazas con vista al Golfo de Itea, con muy buena comida, indefectiblemente casera, espera al visitante tras la recorrida arqueológica. La típica mousaka (ver La buena mesa), mezcla tremendamente griega de lasaña y pastel de papas; brochettes de carne de cabra y esas ensaladas de infinitas variaciones que suelen incluir aceitunas negras (si no las incluyen, hay que reclamarlas: no existen mejores aceitunas que éstas, silvestres, recogidas de los olivares que pueblan todo el camino que lleva desde la ciudad a la playa).

Y por qué no, después del almuerzo, un merecido descanso cerca del mar. Llegar hasta la vecina y módica localidad de Itea lleva sólo 15 minutos en auto, y 25 en el transporte público (cuesta poco más de un euro el boleto de ida, que se puede sacar arriba del bus). Si uno va a Itea en bus, éste se detendrá justo donde termina el muelle en el que se estacionan los veleros y donde comienza la rambla, con su hilera colorida de bares pegados a la playa. Al final de la rambla, siguiendo el rodeo que dan las aguas del golfo, se llega a la zona más placentera para las zambullidas.

Estas son playas sin arena: en el suelo hay zonas de piedritas, llenas de erizos (¡prohibido aventurarse sin ojotas!), y zonas de fresco césped. A continuación de Itea se encuentran las playas de Crisa (Kirra, en griego). Antiguo puerto de Delfos, Crisa cobraba tributo a los visitantes del oráculo. Se dice que por esto sus habitantes fueron diezmados durante las antiguas “guerras sagradas”.

Poco más allá (25 kilómetros al sudoeste de Delfos) está Galaxidi, edificada sobre la antigua Chaleion, una playa más coqueta, con un mar más azul, quizás parecido al que muestran las fotos de la Grecia insular. Su pasado reciente, de puerto próspero durante el siglo XIX, se nota en la arquitectura, en las confiterías –un poco más caras– y en general en su apariencia más sofisticada.

Desde la playa se puede iniciar también un recorrido por las reliquias de otros tiempos: por ejemplo aventurarse hasta Naupactus, unos 20 kilómetros más allá, donde tuvo lugar la célebre batalla de Lepanto, en el siglo XVI. La ciudad guarda incluso una estatua a Miguel de Cervantes, quien perdió allí parte de su brazo, peleando contra los otomanos.

El último bus parte de la playa de Itea de regreso a Delfos alrededor de las 22 (veinte minutos antes sale de Galaxidi). Claro que si el tiempo es bueno, también se puede cenar pescado fresquísimo en uno de estos bares marítimos, con sonido ambiente de guitarras y canciones en la voz de algún posadero. El regreso en taxi de Itea a Delfos cuesta unos 25 euros. Conviene, sin embargo, prestar atención al día elegido para quedarse a pasar la cena en la playa: la vida nocturna de Delfos, por lo general silenciosa, suele sorprender al turista con inesperados programas fuera de serie.

Uno puede coincidir con una procesión que va hacia alguna de las dos iglesias ortodoxas, de época bizantina, que rodean la bella plaza, en la cima de la ciudad. O con un concierto de piano en el magnífico Centro Cultural Europeo de Delfos (ECCD), auténtico motor de las actividades artísticas que se dan por fuera del espacio arqueológico. También podría ser ocasión de un concierto del hydraulis, arcaico instrumento parecido a un órgano, que fue reconstruido en el ECCD en 1999, siguiendo los testimonios antiguos de Vitruvio y del inventor Heron de Alejandría.

Otro atractivo de las noches délficas está dado por las representaciones organizadas por el mismo Centro, que construyó un flamante teatro al aire libre, siguiendo el estilo de los antiguos, pero con tecnología actual. El sitio convoca a elencos griegos e internacionales: el Shizuoka Performing Arts Centre de Japón, el National Theatre Studio de Gran Bretaña, el grupo del norteamericano Bob Wilson. ¿El repertorio? Sófocles, Esquilo, Eurípides, Aristófanes. Son muy pocos los escenarios del mundo capaces de competir con éste, que mira nada menos que al oráculo más famoso de la Antigüedad.

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Archivado bajo Curiosidades, Grecia, Griego, Mitología, Personal, Turismo, Viajes

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