Nosotros, los romanos

Fuente: diariodejerez.es

Las naciones históricas tienden a expandirse y las de invención reciente y puramente políticas a encerrarse. Las primeras se expanden por un proceso lento, pactos tácitos y adopciones de conveniencia, progreso inevitable por inercia histórica. El mejor ejemplo lo tenemos los españoles: por más nacionalismos y moda morisca con los que se quiera nublar el escudo de nuestro linaje, somos romanos y somos griegos antiguos, no de los de ahora, porque Roma fue un helenismo. No hay que esforzarse mucho: hablamos latín, evolucionado pero latín, somos cristianos de fe o de cultura, o de ambas, una extraña religión oriental romanizada, y tenemos un sistema de pensamiento creado milagrosamente por los griegos clásicos que desembocó en el pensamiento científico, que es la Modernidad, un concepto que tampoco se enseña en los colegios. Los hispanos gobernados por la minoría visigoda se daban a sí mismos el nombre de romanos y no añoraban las chinches de los castros. La influencia goda, que la tenemos, fue para bien, pues no en balde los godos llegaron muy romanizados. La Historia es de derechas.

Hubiera sido más bonito que la Historia fuera de izquierdas: tendríamos una Galicia celta con druidas y sacrificios humanos, una Cataluña católica, gran parte de Castilla luterana y un reino musulmán que incluiría Badajoz y Murcia en el sur, un enclave cartaginés en Cartagena, que siempre quiso ser cantón, y una Vasconia dejada de la mano de Dios, pobre y aislada por impedimento de una lengua prerromana, inservible para entenderse con los demás reinos y unirse a la universalidad de la civilización. Franco se encargó de impedir esta España ideal del progresismo izquierdista. “En ventura, Octaviano;/ Julio César en vencer/ y batallar;/ en la virtud, Africano;/ Aníbal en el saber/ y trabajar.” Todos estos elogios se merecería el conquistador en el siglo XX de toda España, mantenida hasta entonces al margen de Roma, evangelizador de los paganos y transmisor del español, una lengua universal desconocida hasta ese momento.

Los hispanistas que vienen a investigar y a dar cursos y conferencias a España se admiran de que ya solo crean en la Leyenda Negra los jóvenes universitarios españoles. No menos extrañeza les causa la difícil empresa de los políticos de deshacer España y desprestigiarla. Comentan que no son malas señales: solo se puede deshacer lo que está hecho y sería estúpido esforzarse en desprestigiar lo desprestigiado. Lo arduo y complejo es hacer lo que no existe y darle prestigio a lo que no lo tiene. Por esos vericuetos y albañales, como gente de vil condición, da traspiés el izquierdismo progresista, creando naciones para aislar de la modernidad y la universalidad a regiones españolas que nunca estuvieron fuera de ellas, a ver si manteniéndolas en la ignorancia y el aislamiento consigue la parte pueblerina de la clientela perdida. Harán de Franco, un dictador corriente y casero, un nuevo Alejandro.

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