El crisol de las pasiones

Fuente: abc.es

LOS antiguos griegos acudían al teatro para purgar sus pasiones, para curarse de las malas ocurrencias de sus instintos, para sanar, mediante la representación del horror, de las heridas que el horror deja en el corazón y en la piel. Los antiguos griegos, adelantándose a todas las escuelas psicoanalíticas, creían en las virtudes medicinales de la palabra, de manera que dieron en pensar que, si un espectador veía cómo el protagonista de la obra asesinaba a su padre y se acostaba con su madre en la ficción, perdería en la realidad el apetito de convertirse en un parricida incestuoso. Por eso para los griegos el teatro —el género literario y el espacio arquitectónico— resultaba sagrado, y cuando iban a contemplar una tragedia lo hacían con el alma y las vísceras, y lloraban y reían y pataleaban y ululaban. A esa función purificadora, que consistía en el significado último del genero teatral, la llamaron los griegos catarsis, y les ahorró una fortuna en el diván del terapeuta.

Nosotros, que somos mucho más débiles de temperamento que aquellos griegos antiguos, vamos hoy en día al teatro sin tanto respeto sacramental, pero aún sentimos la emoción de la escena. Todavía nos sobrecogemos, todavía lloramos —esa furtiva lágrima que escondemos a nuestros compañeros de butaca—, todavía se nos ponen los pelos de punta y aplaudimos a rabiar cuando el caso lo merece. Somos griegos descafeinados en más de un sentido, pero aún conservamos en el ADN algunas instrucciones genéticas respecto a lo que ocurre sobre un escenario.

Algunos opinan que los teatros a la italiana, en forma de herradura, están superados por la moderna disposición de los asientos para el público. Desde el punto de vista acústico y óptico puede que sea cierto, pero no desde un criterio sentimental. Los teatros de herradura están hechos para envolver a los espectadores, para abrazarlos, para no dejarlos escapar de lo que ocurre en la obra. Pero, al mismo tiempo, para que los envuelva la vida que acontece alrededor. En los teatros clásicos, mientras sucede la vida sobre el escenario, la vida sucede, en penumbra, en los palcos, en el patio de butacas, en el gallinero. Al teatro, desde siempre, se va para ver y ser visto, para curiosear y ser curioseado, sujetos activos y pasivos de la curiosidad. Si uno no acude al teatro con cierto espíritu chismoso, incumple con la mitad de los preceptos teatrales que la tradición exige.

Allí, mientras reina la oscuridad, aunque parezca que las emociones privadas han quedado en suspenso, hierven en su propia linfa. Porque el teatro es el crisol de las pasiones.

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Archivado bajo Actualidad, Grecia, Historia, Opinión, Personal, Teatro

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