Desiderio Vaquerizo: “Córdoba no podría haber sido capital del Califato sin haber sido antes capital de la Bética”

Fuente: abc.es

Una ciudad «colosal», como lo fue, es la que se pone ante los ojos de los visitantes en esta muestra

LOS últimos años y sus hallazgos, afirma el profesor de la Universidad Desiderio Vaquerizo, han sido trascendentales para el conocimiento de Córdoba en época romana.

—Robert Graves dijo: «Los griegos somos nosotros». ¿Los romanos somos también nosotros?

—Sin lugar a dudas. Creo que tenemos muchísimo de Roma en todos los aspectos. Desde el punto de vista estrictamente material, de concepción de las ciudades, del territorio, de vías de comunicación, del derecho, de la lengua; pero también desde el punto de vista de nuestra forma de entender la vida. Roma es, junto al Islam, la cultura que ha dejado más en nosotros y yo me atrevería a anteponerla. El Islam bebió de Roma. En muchos aspectos de su cultura, reaprovechamiento de materiales, utilización del agua, la propia elección de Córdoba como capital y la forma de entender su valor estratégico y de control del río, los árabes se nutrieron de la cultura clásica y aportaron, pero quizá comparativamente menos.

—Mucha gente con una cultura media tiene un conocimiento aceptable de la ciudad islámica, pero, ¿cómo es que se sabe menos de aquella Corduba romana que era capital de la Bética?

—Eso es culpa de todos. El problema de que no se conozca la Corduba romana es porque por un lado la tradición historiográfica islámica ha tenido más peso. Es lo más evidente: los grandes monumentos que se han conservado en superficie son la Mezquita y Medina Azahara, que de alguna manera han anulado el resto del legado cordobés. Por otra parte, el «boom» arqueológico de los últimos 30 años ha puesto patas arribas la ciudad. Ha sido tan vertiginoso que no ha prestado atención suficiente a esa ciudad romana que se nos estaba mostrando ante los ojos y que en buena medida ha desaparecido. A partir de ahí, hay que entender que la Córdoba actual no podría comprenderse sin la Corduba romana, y desde luego Córdoba nunca podría haber sido capital del Emirato y del Califato sin que previamente hubiera sido capital de la Bética.

—La exposición muestra una ciudad muy importante. ¿Era así?

—Fue una ciudad realmente espléndida. Su importancia no comienza con Roma: era una ciudad turdetana de primer nivel. Tenía el valor estratégico enorme de que controlaba los dos únicos vados del río en muchísimos kilómetros a la redonda, en una época en que era un río vivo y su capacidad destructiva era tremenda. Separaba el norte y el sur de la península durante muchos meses al año. Los romanos percibieron enseguida ese carácter estratégico, la eligieron como cabeza de puente para la conquista y de alguna forma la historia de Roma se decidió aquí. Con las guerras civiles entre César y los hijos de Pompeyo, que dejaron a su paso una Córdoba destruida y 22.000 muertos, comenzó una nueva etapa en la historia de la humanidad, que inicia Augusto y que dará lugar al Imperio Romano.

—¿Y en todas está presente la ciudad?

—En todos esos aspectos, Córdoba ocupa un lugar determinante, y tras las guerras civiles tiene la enorme virtud de reinventarse, hasta el punto de que el nuevo emperador la toma bajo su favor, le otorga el estatuto jurídico de colonia, que era el más alto que podía recibirse, y el gentilicio de patricia, que era el mayor honor. La ciudad, agradecida, decide convertirse en espejo de Romana y sus élites se ponen manos a la obra. Invierten en la ciudad y en poco más de dos generaciones encontramos una ciudad monumental, colosal, de mármol. Querían destacar su carácter de capital de la provincia romana más importante de occidente, y su romanidad.

—¿Qué ha pasado entonces?

—Quizá no hemos sabido explicar a la ciudadanía la importancia que tuvo y de alguna manera esta exposición pretende contribuir aunque sea mínimamente a restañarlo.

—Hoy se diría que salió adelante con la iniciativa privada.

—En cierta manera, sí. El emperador contribuyó en una sola parte: las élites debieron de ser riquísimas, con base en la agricultura, en el comercio y en la minería. Las grandes minas de Cerro Muriano daban cobre, oro y plata, que en un primer momento sirvió para pagar a las tropas y contribuir a la conquista de toda Hispania. En época romana, para ocupar un cargo público había que financiar obras públicas. A cambio la ciudad les honraba con estatuas en el foro y en muchos casos con honores funerarios. En Córdoba hemos comprobado que en la ciudad se reservó un espacio en el entorno del actual Corte Inglés donde se debieron ubicar las tumbas de los grandes prohombres de la ciudad. Era un sitio caro, al lado de la muralla, y algunos retos están en la exposición.

—De la Córdoba romana nos queda memoria de Séneca, aunque su vida se desarrolló en Roma. ¿A quién se debería conocer de aquella época?

—Hay más dramaturgos conocidos, que se conocen a través del teatro. Los grandes prohombres de Córdoba son los miembros de las familias: los Marios, como Sexto Mario, los Séneca, Persinii, los Argentarii. Tenemos mucha gente documentada que generaron familias enteras. En la exposición tenemos algún epígrafe múltiple donde se ve cómo a lo largo del tiempo, en una misma inscripción, se han ido añadiendo los miembros de una familia según morían. A lo largo del tiempo hay nombres tan trascendentes como el obispo Osio, consejero de Constantino, que marcará el comienzo de una nueva etapa en la historia, porque seguramente estuvo detrás de la conversión del emperador al cristianismo y de la implantación como religión oficial.

—Hace una década, decía que la Córdoba romana era la menos conocida de todas. ¿Se ha avanzado? ¿Se seguirá avanzando?

—Se ha avanzado extraordinariamente. En Córdoba no se conocía hace 10 o 15 años dónde estaban los edificios de espectáculos. Sabíamos que existían. Ahora sabemos dónde está el circo; se ha excavado el teatro, que está integrado en la sede del Museo Arqueológico, y sabemos donde está el anfiteatro, que era verdaderamente colosal, uno de los mayores del imperio. Allí debieron de combatir los gladiadores más importantes de la época, y de ellos conocemos los nombres de una veintena. Estaba la única escuela de gladiadores de Hispania.

—Y todo esto en poco tiempo.

—Ha emergido sobre sí misma, nos está dando una cara completamente nueva que tiene mucho por decir. Probablemente en los próximos años se ralentice un poco el volumen de información, porque con la crisis la arqueología se ha detenido. La investigación sólo se hará en la Universidad.

—¿Esta exposición servirá para romper la tensión entre arqueología y progreso que tanto daño ha hecho?

—Me daría con un canto en los dientes. Creo que debería, pero es dirfícil porque es la peor de las coyunturas posibles. A nivel de la ciudadanía ya existe un caldo de cultivo, cada vez es más la gente que va conociendo la importancia de la arqueología, que está aprendiendo a recrearse intelectualmente, a disfrutar con ella. Esa gente, a la que nosotros estamos cuidando al máximo con el proyecto de difusión que pusimos en marcha el año pasado, «Arqueología somos todos», nos acabará ayudando a reivindicar ante las Administraciones públicas que la arqueología debe ocupar un lugar diferente al que se le ha reservado. Pero luego hay una enorme masa social que seguramente con lo que se queda es con el mensaje que se le ha estado mandando durante décadas: que la arqueología es la enemiga del progreso de la ciudad. La arqueología no debe caer en las espaldas del ciudadano.

—¿Cómo se cambia esa mentalidad?

—Desde un principio que es el que más cuesta entender: que la arqueología puede ser un medio de vida, y un yacimiento de empleo. No es que yo lo diga: basta irse a Mérida o Tarragona para comprobarlo. Aquí hemos decidido renunciar insensatamente a ese recurso, como si nos sobraran las oportunidades de empleo. Seguiré diciendo hasta el último aliento que esto no es una rémora, sino que es rentable.

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Archivado bajo Actualidad, Antigüedad, Exposiciones, Hispania Romana, Historia, Imperio Romano, Noticias, Novedades, Restos arqueológicos

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