Tesoros de la Magna Grecia

Fuente: pagina12.com.ar

El mar que rodea las costas del sur de Italia revela cada tanto secretos heredados de un pasado remoto. Días atrás fue la misteriosa cabeza de bronce de un león –tal vez de época romana– hallada junto a las costas calabresas; hace 40 años, fueron dos estatuas griegas que se conocen como los Bronces de Riace y hoy pertenecen al Museo de Reggio Calabria.

Cientos y miles de años después, el Mediterráneo sigue entregando sus secretos. Tierra prometida de decenas de pueblos que levantaron civilizaciones enteras junto a sus costas, la superficie y las profundidades de la tierra guardaron la huella de su paso, pero también el mar se convirtió en un baúl de tesoros que, cada tanto y sobre todo gracias al azar, se abre como una mágica caja de Pandora y entrega alguno de sus misterios. Hace pocos días, las vacaciones de miles de turistas en las espléndidas costas calabresas se sacudieron con el descubrimiento de una cabeza de león, esculpida en bronce, junto a las costas de Capo Bruzzano. Fue un hallazgo de buceadores aficionados, que según los expertos es una pieza original semejante a otras cabezas de león expuestas en el Palazzo Massimo de Roma, y que podría datarse en la época romana, en torno del siglo II de nuestra era. El descubrimiento pareció celebrar simbólicamente otro, más extraordinario todavía, realizado hace 40 años junto a las costas de la localidad calabresa de Riace: dos grandes estatuas de bronce de guerreros griegos, de tamaño superior al natural, que habían permanecido bajo el agua durante unos 2500 años.

SORPRESA EN EL MEDITERRANEO

El 16 de agosto de 1972, en plena temporada estival, cuando las playas del sur de Italia se llenan de turistas nórdicos ansiosos de sol y aguas transparentes, el joven buzo romano Stefano Mariottini se sumergió en las aguas de Riace Marina, una localidad balnearia situada a pocos kilómetros de la que fue antiguamente la colonia griega de Kaulonia. Según Estrabón, Kaulonia había sido fundada por los aqueos: nada que fuera una rareza en esta porción de la costa italiana, integrante junto con Sicilia de la Magna Grecia. Las aguas del Mar Jónico, del Adriático y del Tirreno vieron la navegación constante de las naves griegas de una colonia a otra durante siglos, naves que llevaban mercancías pero también la cultura de una de las mayores civilizaciones de la Antigüedad.

Mariottini lo sabía, como lo saben distraídamente todos los habitantes de la “punta de la bota”, rodeados de restos de templos, mosaicos y piezas arqueológicas por doquier. Pero ese día tendría una inesperada constatación material: en una de sus inmersiones para explorar el fondo marino, descubrió parte de un brazo humano sumergido en la arena. El primer movimiento, instintivo, fue de pánico, pero poco después, tras comprobar que se trataba de un brazo de bronce, Mariottini descubrió que era parte de una estatua. Y al lado, a ocho metros de profundidad y a apenas unos 300 metros de la playa, yacía otra semejante. Esta es la versión oficial del hallazgo de las dos imponentes esculturas que se conocieron rápidamente con el nombre de Bronces de Riace, uno de los mayores descubrimientos de la arqueología moderna. Con los años, no tardarían en tejerse numerosas hipótesis y misterios sobre lo que ocurrió realmente ese día y lo que en verdad se encontraba debajo del agua: si había una tercera estatua, si faltaron yelmos que pasaron luego por el próspero mercado ilegal del arte antiguo, si uno de los bronces tenía en la mano parte de un escudo del que luego no quedaron rastros.

Pero ésa es otra historia, Mientras tanto, tras indicar Mariottini la presencia de los Bronces a las autoridades (un día después, el 17 de agosto), comenzó un espectacular operativo de recuperación con la participación del propio buzo junto con expertos de los carabineros de Messina (Sicilia), dirigidos por la Dirección General de Arqueología calabresa. Una vez liberadas del abrazo de la arena, ambas estatuas fueron subidas a la superficie con ayuda de globos inflados con gas, y saludadas con entusiasmo por la población de Riace. Al fin y al cabo, estaban saludando prácticamente a sus antepasados.

UNA RESTAURACION LABORIOSA

Numerosas hipótesis se tejen en torno del hallazgo de los Bronces en el fondo del mar. La más acreditada sugiere que cayeron al agua tras el naufragio de una nave mercante por culpa de una tormenta, pero como la embarcación nunca fue hallada (apenas aparecieron algunos restos dispersos), otros creen que podrían haber sido arrojados expresamente para aliviar su peso y que el barco finalmente llegó a destino sobre las costas italianas.

Tras las fases finales de la recuperación, los bronces aparecieron ante la gente en todo su esplendor. De algún modo estaban reviviendo dos leyendas: la de Ulises, arrojado por una violenta tormenta contra las costas del país de los feacios, y la de los santos orientales llegados del mar, lo que dio cierto aire sagrado a las figuras, ciertamente profanas, de ambos guerreros griegos. Porque eso, guerreros, es lo que representan los Bronces de Riace: imponentes y de cuerpos cuidadosamente trabajados, pero cada uno de diferente carácter y psicología. La Estatua A, la primera que apareció ante los ojos de Mariottini, mide casi dos metros y tiene largos cabellos ondulados sujetos con una vincha. Entre la barba rizada, la boca de labios cubiertos de cobre y entreabierta deja ver los dientes, laminados en plata. Es “el Viejo”, su otro apodo. Mientras tanto “el Joven”, o la Estatua B, tiene un aire más melancólico que desafiante, pero irradia confianza en sí mismo.

El trabajo de datación situó la Estatua A en torno del 450 antes de Cristo; para la Estatua B se calcularon algunas décadas más tarde. Pero en ambas impresiona el naturalismo y el cuidado en los detalles, incluyendo el marfil y el ámbar con que fueron confeccionados los ojos. Para algunos expertos, se trata de estatuas como las que se erigían en los santuarios griegos para ganarse la benevolencia de los dioses, generalmente tras algún acontecimiento importante para la vida de la “polis”. Además está la cuestión de la autoría: todo un misterio, aunque los guerreros fueron atribuidos al cincel de maestros como Onatas de Egina, Policleto de Argos, Myron, Kalamis o el propio Fidias.

En una primera etapa, los Bronces fueron llevados al Museo Nacional de Reggio Calabria, donde se hizo la primera limpieza de las incrustaciones marinas acumuladas a lo largo de los siglos. Tres años después se los trasladó al Centro de Restauración de la Dirección de Antigüedades de la Toscana, en Florencia, donde se llevó a cabo una segunda fase de limpieza mecánica, incluyendo intervenciones con bisturí y ultrasonido que despegaron las últimas placas de materiales marinos adheridos a los cuerpos. Allí también se completó el vaciado interior de las piezas, que reveló toda la maestría con que fueron elaboradas: con toda probabilidad se utilizó el método a la cera perdida, muy difícil porque un error podía implicar la pérdida de la obra original. En primer lugar, el escultor preparaba un modelo en arcilla; luego se realizaban moldes por sectores y se revestía el interior con una capa de cera del espesor que se quería dar al bronce. A continuación los moldes se ensamblaban y, tras un trabajoso procedimiento, se volcaba el bronce en la parte hueca y se disolvía la cera. Finalmente, la estatua estaba lista para quitar el manto exterior y soldar sus diferentes partes, terminando el conjunto con técnicas de cincelado, incrustación y pulido. Cuando se terminó la restauración, se recuperaron en Florencia no menos de 60 kilos de tierras de fusión que habían quedado en el interior de cada escultura: al mismo tiempo, fue la ocasión ideal para estudiar los tipos de aleación utilizados en la Antigüedad, mejorar los sistemas de pedestales antisísmicos –al fin de cuentas los Bronces se exponen en una región muy afectada por los terremotos– y desarrollar nuevos modelos de representación por computadora.

REGGIO CALABRIA

Temporariamente, los Bronces de Riace –que pasaron incluso por el Quirinale, a pedido del entonces presidente italiano Sandro Pertini– están exhibidos en el Consejo Regional de Calabria, en espera de que termine la restauración del que es su “hogar”: el Museo Nacional de Reggio Calabria. Allí, el lugar al que se espera regresarán este mismo año para Navidad, están rodeados habitualmente por otras piezas arqueológicas recuperadas en el fondo del mar, en estrictas condiciones de humedad y temperatura para evitar daños causados por la exposición al ambiente. El museo, además, merece la visita por su cuidadosa documentación de la presencia humana en Calabria desde el Paleolítico y la riqueza de los restos exhibidos sobre la cultura de la Magna Grecia. Y aunque los Bronces no puedan hablar, más de un visitante les formula en silencio sus preguntas sobre aquel maravilloso pasado, del que son misteriosos testigos y portadores a través de los siglos.

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Archivado bajo Antigüedad, Descubrimientos, Grecia, Historia, Mediterráneo, Restos arqueológicos

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