Ese sabe latín

Fuente: culturaclasica.com y lacolumnata.es

Soy arpía sólo a jornada parcial. El resto de mi tiempo lo dedico a intentar enseñar Latín desde hace veintidós otoños. Cada comienzo de curso, alguno de mis alumnos más revenidos me importuna con la consabida pregunta: “Profesor, ¿para qué sirve el latín, si ya no se habla en ninguna parte?”

Otrora, cuando tenía más de cabrito, solía frenarlos respondiéndoles que para que cenutrios como él me hicieran preguntas tan cenutrias. Hoy, que he dejado atrás ya el diminutivo, me limito a ladrar al impertinente. No obstante, me resulta cuando menos paradójico que se diga de uno que es muy vivo y perspicaz: “Ese sabe latín”.

Mi amigo Juan de Dios, profesor de Filosofía, me consolaba diciéndome que también a él le importunaban con para qué servía la filosofía. “¡Para nada!”, les respondía. Y echaba mano de un tal Aristóteles, que de filosofía debía de saber un rato. El menda defendía que esa era su grandeza: en sí misma, la filosofía no sirve para nada, no está al servicio de nadie ni de nada. Lo que nos entrega es pura y llanamente el saber por el saber, el conocimiento más valioso para el ser humano. Dichosos, pues, los que estudien esta ciencia “no útil” o, mejor dicho, útil tan sólo para pensar como un ser humano y comprender mejor sus intríngulis.

Juande (y Aristóteles) tienen razón. El latín no “sirve” para nada. Con él no te vas a forrar especulando como los de la burbuja inmobiliaria. No te van a llamar de Gran Hermano ni de Sálvame. Tampoco la música “sirve” para nada, excepto para los pocos miles de personas que viven de ella. Pero yo no concibo la vida sin música.

¿Me puede explicar alguien para qué sirven las matemáticas, una vez que hayamos aprendido las cuatro reglas básicas y consigamos que no nos engañen al darnos el cambio en la verdulería (de todas formas, aunque seamos un hacha en numerología, los bancos nos van a seguir engañando)? Me imagino a más de un arquitecto o a un ingeniero echándose las manos a la cabeza ante esta barbaridad que he dicho y espetándome que sin los fundamentos esenciales de las matemáticas, de la geometría, de la trigonometría no se podría diseñar ni la silla más elemental. Todos sabemos que las matemáticas son el colchón también de la física y que, si uno no va bien preparado en esta ciencia, nunca llegará a ser un buen arquitecto, ingeniero, físico, químico ni médico siquiera.

Somos seres humanos (algunos más que otros) y como tales tenemos la facultad de comunicarnos usando un lenguaje y una lengua. En este país de nuestras entrepiernas, la lengua mayoritariamente hablada es el español. Hijo póstumo del latín. Los que somos hispanohablantes, nos guste o no, somos hijos de esta lengua latina. Uno no puede hablar bien su lengua, ni conocerla, ni, mucho menos, amarla, si reniega de su madre, de su ‘alma mater’. Del latín. ¿Acaso no dejó escrito el Dios judeocristiano en las Tablas que entregó a Moisés: “Honrarás a tu padre y a tu madre”? Sólo por eso merece respeto.

Pero es que, además, el latín es el esqueleto de la mayor parte de las lenguas que usamos hoy en día en Occidente. Quien comprenda y maneje sus entresijos, quien perciba la armazón de sus alambiques, la estructura de su sintaxis, tendrá los cimientos más sólidos para iniciarse en el conocimiento no ya del español o del portugués, del francés, del italiano, del rumano (hermanos de madre todos), sino también para adentrarse en el inglés, en el alemán, incluso en el ruso.

En mi modesta opinión, no se puede ser un hablante de español medianamente competente si no se cuenta con una base adecuada de latín, si se es incapaz de comprender y gozar con cómo está estructurada esta lengua.

El latín es ajedrez para la mente. La ejercita, la robustece, evitando que se anquilose y oxide. Arraiga en nuestra esencia, la hace brotar vigorizándonos contra la mediocridad. Abona nuestra sustancia humana. Nos hace, en suma, más racionales, más críticos. Por eso lo temen. Fingen despreciarlo, relegándolo y convirtiéndolo casi en un animal en peligro de extinción. Pero tienen miedo de que, gracias a él, desarrollemos completamente nuestro potencial humano. Y pensemos.

Otro tanto podríamos hablar del griego, su hermano de leche. En griego hablaban los dioses del Olimpo. En griego comenzó el hombre a rebelarse contra las injusticias de sus señores y sus dioses. En griego cantó Homero las gestas de Aquiles, de Héctor, de Áyax, las desventuras de Odiseo. En griego escribió Safo los primeros poemas de amor de nuestra cultura. Griego hablaron los que dieron vida al teatro, ancestro del cine y de la televisión. En griego redactaron Herodoto y Tucídides, padres de nuestra historiografía. En griego nos enseñaron a pensar Sócrates, Aristóteles y Platón. En griego, Hipócrates y los médicos de Pérgamo, Éfeso y Alejandría sentaron las bases de la medicina. En griego redactó Euclides los fundamentos de la geometría y Arquímedes y Tales de Mileto hicieron lo propio con la física y las matemáticas. En griego saludaron a la muerte los trescientos espartiatas que, a las órdenes de su rey Leónidas, frenaron durante tres días en Las Termópilas el paso del ejército persa: unos trescientos mil guerreros. En griego, al fin, comenzó a gatear la democracia.

En latín, por su parte, declamó Cicerón alguno de los mejores discursos políticos jamás pronunciados. En latín lloró Virgilio los amores de Dido y Eneas. En latín dieron Julio César y Tito Livio algunas de las mejores lecciones de estrategia militar e historia del mundo antiguo. En latín nos hicieron carcajearnos Plauto y Terencio. En latín insultaba a sus rivales amorosos el lenguaraz Catulo, al mismo tiempo que dedicaba encendidos versos de amor a su Lesbia. En latín escribió Ovidio sus Metamorfosis, la mejor guía para introducirse en la mitología clásica. Al latín lo convirtieron en obra de arte en sus versos Horacio, Propercio y Tibulo. En latín sentó una de las bases más bellas del humanismo el comediógrafo Terencio, cuando hizo proclamar a uno de sus personajes: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” (“Soy un hombre: nada del ser humano lo considero ajeno a mí”).

En latín redactó Newton su Ley de la Gravitación Universal. En latín desgranó Leibniz su cálculo infinitesimal. En latín emprendió Linneo la primera clasificación científica de animales y plantas de su tiempo, surgiendo así la tradición de aplicar un nombre científico en latín a cualquier especie animal o vegetal que se conozca.

Es, en suma, el latín las matemáticas de nuestra lengua, pues nos ayuda a entender su geometría, a ver cómo está trazada su trigonometría, a comprender sus laberintos. Y al mismo tiempo nos abraza con su música, elevándonos ‘ad astra’.

Pero si esto fuera poco para responder a la impertinente pregunta de que para qué sirve el latín, el argumento definitivo me lo dio de nuevo mi idolatrado ‘Magister’ Raimundo Gómez Blasi. Me hizo recapacitar el muy fauno en que el latín fue hasta 1962 la lengua oficial de la Iglesia Católica y que hoy en día sigue siendo lengua del Vaticano. Ergo es lógico pensar que sea la lengua oficial también del Cielo.

Cierto es que me considero bastante pagano. Me aguarda el Hades, con alguna escapada furtiva al Parnaso, donde espero hallar a mis idolatrados maestros de las artes. Mas, siendo España un país que se declara mayoritariamente católico, este es sin duda el fundamento irrebatible.

Quien se sepa manejar con las cinco declinaciones y las conjugaciones latinas obtendrá en el Paraíso un puesto fijo ‘in aeterna’ como funcionario en los innúmeros despachos celestiales. Y ojo que allí los mandamases no son tan capullos como los de aquí, de antes y de ahora, y ni saben lo que son los recortes, ni de sueldo ni de dignidad.

Más aún, los que estén mejor formados en la lengua latina y sepan defenderse en griego, de ellos serán los ministerios de los cielos. Y como Ministros Celestiales Plenipotenciarios tendrán autoridad sobre todos los otros mortales, políticos incluidos.

Llegará, así, la hora de poner a cada uno de los cantamañanas que se dedican a amargarnos la vida a sus conciudadanos en su sitio. No me cabe duda de que todos de los del rebaño de políticos que nos acosa irán al Cielo. No son malos. Sólo ineptos y arrogantes. Y codiciosos. Y fuleros. A lo más, aparte de su incompetencia y los vicios ‘supra’ indicados, los podríamos acusar de endogamia y nepotismo. Ya conocemos la proverbial benevolencia y comprensión de la Santa Madre para con los pecados propios y ajenos (que no tengan que ver con el sexto, claro), por lo que, seguro, tras purgar sus pecados en el Purgatorio, ascenderán también a los cielos. Todos. Incluso los ateos y agnósticos no irredentos.

Será el momento por el que suspiramos: el docto en latín que ocupe el Ministerio de Empleo y Trabajo Divinos pondrá a estos corderillos en las tareas que se han ganado amargándoles las vidas a sus coetáneos. Así, a Zapatero lo colocará de podador y abonador en un vivero, para ver si de una vez le arraigan esos brotes verdes que por doquier veía. Al inmisericorde de Rajoy, que en vida quiso montar una empresa de reformas, se le fue la mano y acabó organizando una de derribos del estado de bienestar (ajeno), a ese lo pondremos de sexador de gaviotas junto con Fraga y Aznarín. El sin sal Rubalcaba pasará la eternidad de conserje chichipán en el invernadero de capullos y rosas.

La ínclita condesa de Aguirre purgará su prepotencia de pajillera en los casinos y lupanares de Cielovegas, donde su colega la Cospedal, con mantilla y peineta, bailará de cabaretera. El guardarropa será oficio de Paquillo Camps y Cayo Lara se lucirá como portero con gorra y levita.

El bien temperado Carod Rovira, libre al fin de su pose mortal, republicana e independentista, tomará la alternativa en el ruedo como El Niño de Los Mostachos, con los hermanos Maragall, tan afectos como él a los toros (en la intimidad) como monosabios. Ramón Luis Valcárcel opositará a mamporrero para los sementales de la yeguada angelical. Enchufará a su sobrino limpiando los establos y le reñirá en cuanto lo vea haciendo arte conceptual con las boñigas, tal y como hacía de Consejero de Cool-tura…

Sólo por eso, porque al fin a cada uno de ellos le alcance la justicia divina, merece la pena estudiar latín.

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