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La prostitución, veneno y alimento de un oficio antiguo

Fuente: bolpress.com

Si en la antigua Grecia y Mesopotamia la prostitución formaba parte de las tareas del templo, y todas las mujeres participaban en ellas antes del matrimonio como un tipo de ritual religioso, en la cultura incaica existían doncellas que, a tiempo de adorar a los dioses, satisfacían los impulsos sexuales del Inca. También se admitió la existencia de “pampayrunas” (prostitutas), quienes vivían aisladas en el campo y dedicadas al comercio sexual. Entre los mayas estaba permitido que los varones llevaran prostitutas a sus casas.

La prostitución de la mujer es tan antigua como la mercancía, con valor de uso y de cambio, una profesión ejercida generalmente por las mujeres provenientes de los esta­mentos sociales más bajos, una de las manifestaciones del desplome aterrador de la dignidad humana y los valores morales.

Los hombres, en el pasado, no consideraban indecente el oficio de la prostitución, porque ya entonces, como en la actualidad, eran ellos quienes controlaban la superestruc­tura social, donde las mujeres no tenían acceso sino como hetairas o amantes. Por ejemplo, en los países orientales, la prostitución pública de una mujer estaba admitida por todos.

En Babilonia, la orgullosa ciudad de la Mesopotamia, se permitía que las jóvenes fuesen en peregrinación, por lo menos una vez, al templo de la diosa Milita, para pros­tituirse en su honor, al capricho de los hombres que acu­dían a raudales, con la intención de descubrir los misterios del amor a través del contacto con una “profesional del placer”. Se consideraba una virtud pertenecer a la orden de las sacerdotisas del templo Istar -diosa de la fertilidad y la guerra-, y los propios reyes dedicaban sus hijas a la vo­cación sacerdotal, cuya principal función era servir de prostitutas sagradas en las grandes festividades.

Las hetairas, mujeres que elevan la práctica del amor a la categoría de arte, fueron autoras propias de tratados sobre dichas prácticas, pudiéndose enunciar los tratados de Artyanassa, vieja servidora de Helena, de Filenis de Samos y los de Elefantis. No en pocas ocasiones, el erotismo literario va asociado a la comedia o se asocia con la sátira y la crítica social.

En las religiones y sistemas de creencias siempre está presente el erotismo, aunque se lo puede encontrar en dos facetas aparentemente muy opuestas: por ejemplo en el cristianismo católico los textos místicos de san Juan de la Cruz y “Las Moradas” de santa Teresa de Ávila poseen una retórica llena de un sublimado erotismo dirigido a la deidad, mientras que en otras religiones (como las de los fenicios, mesopotámicos etc.) existía una prostituta sagrada que llegó a la Grecia clásica, en la Roma Antigua se hace notorio el contraste entre la “lujuria” con abundante arte erótico o, más que entre los griegos, directamente pornográfico y la severa castidad y virginidad impuesta a las vestales. Tales antinomias dentro de un mismo sistema religioso se evidencian asimismo en el hinduismo donde existen movimientos promotores de las más rigurosas ascesis opuestas a lo libidinoso junto a exaltaciones de la sexualidad como ocurre con el conocido texto del “kama Sutra” o las imágenes de templos como los de Suria y Khajuraho.

August Bebel, basándose en los relatos del “Antiguo Testamento”, demostró que los judíos no eran ajenos a este tipo de culto y al oficio de la prostitución. En su libro, “La mujer”, apunta: “Abraham cedía, sin escrúpulos, las gracias de Sara a otros hombres, sobre todo a los jefes de tribus (reyes) que iban a visitarle y le retribuían espléndidamente. El patriarca de Israel, antepasado de Jesús, no encontraba repugnante este comercio que hoy calificamos de indigno y deshonroso. Es notable que aún hoy, en las escuelas, se enseña a las niñas el mayor respeto hacia aquel hombre. Como es sabido y hemos dicho ya, Jacob se casó con dos hermanas, Lía y Raquel, las cuales también le entregaban sus siervas; y los reyes hebreos David, Salomón y otros disponían de numerosas harenes, sin que frunciese el ceño Javeh. Era costumbre, y las mujeres la aceptaban” (Bebel, A., 1976, p. 34).

En la antigua Grecia se establecieron también casas públicas, con mujeres que vivían del comercio sexual. Solón las introdujo en Atenas el año 592 antes de la Era cristiana, como apéndice de las instituciones del Estado; hecho que fue elogiado por sus contemporáneos en los siguientes términos: “¡Loor a Solón por haber comprado mujeres públicas para la depuración de las costumbres y sosiego de una ciudad poblada de jóvenes robustos, que sin tan sabia fundación perseguirían con sus galanteos descarados a las mujeres de las clases principales!”. En Lidia, Cartago y Chipre, las jóvenes tenían, por su parte, el derecho a prostituirse para ganarse la dote.

La prostitución de las doncellas, “entre los fenicios y los lidios, se imponía a título de deber religioso, y en esto se funda, evidentemente, la costumbre, frecuente en la anti­guedad y en las comunidades de mujeres, de conservar la virginidad para hacer con ella una especie de ofrenda reli­giosa al primero que llegara y pagara su precio a los sacerdotes. Costumbres análogas existen aún hoy, como relata Bachofer, en muchas tribus indias, en Arabia del Sur, en Madagascar, en Nueva Zelandia, donde la prometida es prostituida por la tribu antes del matrimonio. En Malabar paga el marido un tanto al que desflore a su mujer (…) Semejante institución y costumbres sentaban admirablemente a un clero libidinoso, sostenido por hombres de no mayor valía moral; así la prostitución de la mujer soltera se hizo una regla establecida para el cumplimiento de los deberes religiosos (…) El sacrificio público de la virginidad simbolizaba la concepción y la fertilidad de la tierra pro­ductora, y se cumplía en honor de la diosa de la fecundidad, venerada en todos los pueblos de la antigüedad bajo los diferentes nombres de Aschera-Astarté, Milita, Afrodita, Venus y Cibeles. Se elevaban en su honor templos especiales, provistos de altares de toda clase, donde se hacían sacrificios a las diosas, según ritos determinados. La ofrenda en dinero, que los hombres depositaban, caía en la bolsa de los sacerdotes” (Bebel, A., 1976, pp. 31-32).

En la cuenca del Mar Mediterráneo, ya fuera en el Antiguo Egipto o entre los pueblos semíticos solía considerarse ya como una desnudez el hecho que las mujeres mostraran en público su cabellera; la ocultación de la cabellera femenina también existió aunque más moderada en la antigua Grecia y la antigua Roma, en la Roma clásica se distinguía a la mujer que no era “lupa” (lupa = “loba” = prostituta) porque llevaba en público sus cabellos o bien cubiertos o recogidos en un rodete; en el Antiguo Egipto se consideró un acto de desnudez femenino el hecho que la mujer exhibiera su cabellera natural, pero como era común que los egipcios y las egipcias se decalvaran por cuestiones de higiene extrema (por ejemplo evitar piojos) el uso de pelucas por parte de las mujeres era altamente erótico y las mujeres semidesnudas con peluca excitaban como si estuvieran desnudas.

La semidesnudez erótica entre los antiguos egipcios ha sido común en pinturas y estatuaria en la que aparecen representadas bellas mujeres vestidas con tules u otras ropas sutiles de hilado con lino cuyas trasparencias permitían observar gran parte del cuerpo femenino, para el egipcio común como para otros pueblos, la mujer saliendo vestida de las aguas, aunque con sus ropas mojadas ciñéndole el cuerpo y mostrando la mayor parte de sus curvas, ha sido una semidesnudez (semidesnudez que se reiteró más de tres mil años después entre cierta élite francesa en tiempos previos al Imperio Bonapartista: la moda estilo imperio precedió al mismo Napoleón I entre las mujeres, las cuales para evidenciar su belleza corporal llegaron a humedecer sus ropas en el bastante poco apacible clima parisino, lo cual dio lugar a un síndrome de resfríos, gripes, neumonías etc. que fue llamado “enfermedad de las muiselinas” o, recordando a la promiscua emperatriz romana, de las Mesalinas.

Si en la antigua Grecia y Mesopotamia, la prostitución formaba parte de las tareas del templo, y todas las mujeres participaban en ellas antes del matrimonio como un tipo de ritual religioso, en la cultura incaica existían doncellas que, a tiempo de adorar a los dioses, satisfacían los impulsos sexuales del Inca. También se admitió la existencia de “pampayrunas” (prostitutas), quienes vivían aisladas en el campo y dedicadas al comercio sexual. Además, como las costumbres sexuales americanas eran más libres y variadas antes de la llegada de los conquistadores, entre los mayas estaba permitido que los varones llevaran prostitutas a sus casas; en Panamá habían incluso tribus en las que se practicó el homosexualismo de manera natural, hasta cuando la moral cristiana se impuso a sangre y fuego y restringió estas costumbres sexuales.

En Nicaragua, la prostitución “era considerado un traba­jo tan respetable como cualquier otro; era corriente que una joven se ganara la vida con amantes de paso y acumulara así su dote. Los padres estaban no sólo de acuerdo, sino que guardaban con ella un entendimiento perfecto: seguía viviendo con ellos -su actividad se verificaba en un lugar especial del mercado-, los sostenía en caso de necesidad y cuando quería casarse su padre le cedía una parcela de su terreno. La aceptación social implicada en estas relaciones está corroborada por la actitud de los jóvenes hacia la que vendía su cuerpo (diez granos de cacao era el precio ofi­cial). Igual que si se tratara de una obrera o una empleada, los muchachos del barrio la rodeaban, la querían, la acompañaban a su trabajo o la iban a buscar. Oviedo insiste repetidas veces en que esos hombres, a los que no sabe dar otro nombre que el de ‘rufianes’, no recibían ni dinero ni favores especiales. Cuando la mujer anunciaba su deseo de casarse, sin revelar el nombre del elegido, pedía a los galanes que le construyesen una casa” (Séjourné, L., 1976, pp. 128-129).

En Bolivia, después de descubierto del “cerro que manaba plata”, en 1545, se concentraron en Potosí, junto a virreyes y capitanes generales, cientos de tahúres pro­fesionales y prostitutas célebres, a cuyos salones lujosos concurrían los conquistadores que no sabían en qué despilfarrar los lingotes de oro y plata.

“Otro fenómeno –señala Bebel–, que tiene por causa la supremacía del hombre sobre la mujer, y que persiste y se agrava a cada paso, es la ‘prostitución’. Si en los pueblos más civilizados de la tierra el hombre exigía a su mujer rigurosa reserva sexual respecto de los demás hombres, y si con frecuencia castigaba una falta con penas muy crueles, por ser mujer de su propiedad, su esclava, y por tener, en caso de infidelidad, derecho de vida y muerte sobre ella, no estaba, en manera alguna, dispuesto a someterse a la misma obligación. El hombre podía, ciertamente, comprar va­rias mujeres, y, vencedor de batallas, quitárselas al vecino. Pero esto implicaba la necesidad de mantenerlas, lo cual sólo pudo realizar una exigua minoría, dadas la desigual­dad de las fortunas y el corto número de mujeres hermosas, cuyo precio aumentó. Mas como el hombre iba a la guerra, viajaba continuamente y ansiaba, sobre todo, el cambio y la diversidad de los placeres amorosos, sucedió que sol­teras, viudas, mujeres repudiadas o esposas pobres se ofre­cían al hombre por dinero y éste las compraba para sus placeres superfluos” (Bebel, A., 1976, pp. 30-31).

En la Europa medieval, la prostitución gozaba de una organización gremial, como cualquier otro oficio, y en cada ciudad existía una casa de mujeres bajo el control de las parroquias, en cuyas cajas ingresaban las ganancias de la prostitución. Además, en ese tiempo, las mujeres pobres del campo acudían a las grandes urbes en busca de mejores condiciones de vida. “Si no lo conseguían con su propio trabajo se les presentaba otro camino: vender sus cuerpos. Esta forma de ganar dinero estaba tan difundida que las mujeres venales organizaron sus propios gremios en mu­chas ciudades. Estos gremios los legalizaban los regidores de la ciudad (es decir, los habitantes que poseían carta de vecindad), y las prostitutas organizadas perseguían encar­nizadamente a toda mujer que se atrevía a prostituirse sin pertenecer a las organizaciones legales aceptadas por los honorables consejeros de la ciudad. Por eso era muy difícil ganar dinero como mujer libre ‘callejera’, fuera de las casas de muchachas, es decir, de los burdeles” (Kollontai, A., 1976, p. 73).

Esto no implicaba que las prostitutas estuviesen a salvo de las represalias desencadenadas por el clero. En los tene­brosos días de la Inquisición y la Reforma fueron cientos, acaso miles, las que ardieron en las hogueras, a pesar de que este acto de doble moral se había ya experimentado a principios de la Edad Media, cuando Carlomagno dispuso que toda mujer prostituta fuese paseada desnuda y a latigazos por las calles, mientras él mismo, como empe­rador y rey cristianísimo, poseía nada menos que seis mujeres a la vez.

A mediados del siglo XIX, los países que más se dedicaron a la trata de esclavas blancas fueron Alemania y Austria. Desde el puerto de Hamburgo se exportó la mayor cantidad de mercancía viviente hacia América del Sur, Bahía y Río de Janeiro, pero el lote más importante era destinado a Montevideo y Buenos Aires, mientras una pequeña parte iba rumbo a Valparaíso, a través del estrecho de Magallanes. Otra corriente dirigíase, sea por Inglaterra o por vía directa, a América del Norte, donde competían con las prostitutas indígenas, y donde se dividía, dirigiéndose, sea hacia el Oeste y California. Desde aquí seguían la costa hasta Panamá, mientras Cuba, las Indias occidentales y México eran abastecidas por Nueva Orleáns. Bajo el nom­bre de bohemias, otras jóvenes alemanas eran exportadas, a través de los Alpes, a Italia, y de allí, más al sur, a Alejandría, Suez, Bombay, Calcuta, hasta Singapur y aun hasta Hong-Kong y Shangai. Las Indias holandesas, el Asia oriental y, sobre todo, el Japón, eran malos mercados, porque Holanda no toleraba en sus colonias jóvenes blancas de este género, y en Japón las muchachas del país eran demasiado hermosas y muy baratas. La concurrencia americana por San Francisco contribuía igualmente a hacer muy difíciles los negocios por dicho lado, mientras San Petersburgo y Moscú se proveían de los mercados de Riga y otras ciudades del Báltico.

El comercio de esclavas blancas y el establecimiento de casas públicas fueron cada vez más ascendentes, a pesar del sistema de reglamentación que se introdujo en varios estados europeos, con el propósito de registrar a las prostitutas y así evitar la proliferación de la sífilis y otras enfermedades venéreas. Esta reglamentación, a pesar de todos los esfuerzos y recursos, fracasó en todas partes, debido a que ningún hombre se sometió a dicho control.

En cuanto al número de mujeres que ejercían la prostitución en algunas ciudades europeas del siglo XIX, cabe destacar los siguientes datos: en Londres habían entre 80.000 y 90.000 prostitutas en 1869; en París, la cifra de mujeres registradas por la policía es sólo de 4.000, pero el de las prostitutas asciende a 60.000, y, según ciertos autores, hasta 100.000; en Berlín habían alrededor de 15.065 en 1871. Y como sólo en el año 1876 hubo 16.198 arrestos por infracción de los reglamentos de policía de las costumbres, puede deducirse que no exageran quienes estimaban de 25.000 a 30.000 el número de prostitutas berlinesas. En Hamburgo, en 1860, contábase una “mujer pública” por cada nueve mayores de quince años, y en Leipzig había en la misma época 504 mujeres inscritas, pero se calculaban en 2.000 las que vivían esencial o exclusivamente de la crá­pula.

En el presente siglo, las mujeres del llamado Tercer Mundo, además de sufrir diversos grados de explotación social, son explotadas sexualmente, ya sea con sistemas del tipo “alquile una esposa”, a través de las compañías financieras internacionales, los grupos bancarios que manejan los hotel-burdeles y con la promoción del turismo mediante anuncios sexistas, donde el cliente puede hacer el amor a crédito o pagar con tarjeta.

La pornografía infantil, impresa o audiovisual, es otra de las manifestaciones de la prostitución y un mercado lucrativo, una industria que se vale del cine, el video, la fotografía y el cómic, para comercializar con el sexo de “mujeres-niñas”.

En Japón, donde la industria pornográfica ha superado en beneficios al poderoso sector del automóvil, existen medio centenar de revistas que publican reportajes con fotografías de adolescentes en trajes de baño o vestidas de colegialas en posturas ligeramente eróticas. Los expertos deducen que el hombre japonés siente una gran fascinación por la “mujer-niña”, y los comerciantes del sexo sacan partido de ello.

En EE.UU., la prostitución infantil es consecuencia directa de la pobreza y el consumo de drogas. Los cálculos sobre el número de prostitutas menores de edad sitúan la cifra de más de un millón. Si se añade a quienes se dedican al “sexo de supervivencia” (encuentros ocasionales con el fin de conseguir dinero para comida o droga), el número as­ciende al doble o triple. Además, existe medio millón de menores que son usadas en la producción pornográfica, de las cuales muchas han sido importadas por la mafia desde Puerto Rico, Jamaica o México.

En Tailandia, el paraíso sexual del turismo occidental, los traficantes ofrecen un préstamo a los padres de las niñas de nueve y diez años de edad, en tanto a las de doce y trece les ofrecen un trabajo como camareras en res­taurantes o como “bailarinas folklóricas”. Pero, una vez en manos de los proxenetas, que controlan el mercado del sexo, son vendidas a los burdeles de Bangkok, Pattaya y otras ciudades del interior, mientras a las más hermosas las venden al extranjero, a Japón, EE.UU., Europa y Canadá, burlando el control de las autoridades que rastrean la pista de los tratantes que miserablemente engañan a campesinos tailandeses y compran a sus hijas por adelantado para comerciar después con ellas en lugar de proporcionarles el “trabajo decente” que se prometió a la familia. En los pueblos del norte, junto a la frontera con Birmania, no queda ni una sola niña, porque han sido vendidas por sus padres o maridos con un contrato como sirvientas a propietarios de burdeles. Pero los traficantes de niñas, tras agotar las reservas tailandesas, han extendido sus zonas de reclutamiento a Birmania, Laos y China. Y, aunque se sabe que el gobierno birmano encierra en prisiones, o incluso asesina, a las prostitutas que vuelven infectadas con el sida de Tailandia, los proxenetas siguen dedicados a su pro­fesión lucrativa: vender servicios sexuales de niños y ofrecer a buen precio la virginidad y el pánico de una niña birmana o laosiana.

La prostitución infantil no sólo está cons­tituida por las niñas que son vendidas ilegalmente, sino también por aquéllas que huyen de sus hogares o aban­donan sus aldeas en busca de mejores condiciones de vida. Algunas caen en la prostitución víctimas del secuestro o el engaño. Presas fáciles, se convierten en propiedad de los mercaderes del sexo.

En Filipinas, las niñas pobres acaban en la prostitución, en esos recintos a media luz de las grandes urbes, donde el precio del servicio de las niñas es tres o cinco veces más que el de las prostitutas mayores de edad; en Tailandia, un país de más de 64 millones de habitantes, 800.000 de sus con-nacionales frecuentan alguna de las miles de casas de citas registradas en los archivos policiales, sobre todo en la capital, conocida como el burdel más grande de Asia. Aquí, en el “país de las sonrisas”, se venden cada año aproximadamente 2.000 niñas a los burdeles para el disfru­te de millones de turistas europeos, americanos y japone­ses. El gobierno reconoce una plantilla de 800.000 prosti­tutas, pero otras organizaciones no gubernamentales hablan de más de un millón, distribuidas en casas de masajes, peluquerías, bares o ejerciendo la actividad en las calles de las princi­pales ciudades.

En Sri Lanka se ha constatado que la industria del sexo afecta más a las niñas que a las prostitutas adultas. Se calcula que existen unos 50.000 niñas controladas por el sindicato de proxenetas, y otras tantas ejerciendo su oficio en las playas de Maratuwe y en las calles de Colombo; en Filipinas 90.000; en la India, considerado el país que tiene mayor incidencia de prostitución, más de 800.000 niñas venden su cuerpo; en Brasil, las menores que viven de la prostitución alcanzan la cifra de 600.000; en Colombia, el número de prostitutas entre ocho y dieciocho años se ha quintuplicado en los últimos años. Los nuevos centros mundiales de la prostitución infantil son Vietnam, Cam­boya, Laos, China, México, Puerto Rico, Brasil, la República Dominicana y los países del antiguo bloque soviético. Pocos rincones del mundo son inmunes a la irrupción del co­mercio del sexo. En los pueblos del Himalaya nepalí, cada año se venden unas 12.000 adolescentes que van a parar en los burdeles de Bombay, mientras las africanas, que aprenden a hablar una babel de idiomas para vender su sexo, acuden en grupos a Bolonia y al Sur de Europa. Asimismo, después del desplome de los países del Este, se ha producido un éxodo de mujeres que acuden a Occidente, con la esperanza de salvarse de la pobreza y obtener bene­ficios. La policía dice que una cuarta parte de las 500.000 prostitutas que existen en Alemania proceden del antiguo bloque del Este. Incluso en el puritano Oriente próximo todas las semanas aterrizan vuelos chárter de mujeres rusas, polacas y checas en el aeropuerto de Dubai, donde se ofrecen como azafatas rubias y de ojos azules, mientras duran sus visados de 14 días.

Aparte del comercio con mujeres extranjeras, que llegan a Europa engañadas por los traficantes que controlan la prostitución organizada, se han creado agencias para promover los llamados “matrimonios de compra”, en las cuales los hombres occidentales “encargan” una mujer de algún país del llamado Tercer Mundo, con el fin de someterla a una especie de semiesclavitud.

Por otro lado, para los capitalistas, las mujeres no sólo ocupan un lugar secundario, sino que, al mismo tiempo, las usan como objetos sin alma ni cerebro, junto a los productos que ofrecen al consumidor. Los burdeles de Amsterdan, París, Berlín, Bangkok o Manila, las exhiben en escaparates lujosos para que el cliente pueda elegir la que más le agrada, como si fuese un vestido, una botella de whisky o un pedazo de jamón. En los anuncios comerciales, donde se muestran jóvenes esbeltas y semidesnudas decorando un coche o un artefacto electrodoméstico, son un detalle más para vender el producto al usuario.

Bibliografía:

1. Bebel, August: La mujer. Ed. Fontamara, España, 1976.

2. Kollontai, Alexandra: La mujer en el desarrollo social. Ed. Guadarrama, Madrid, 1976.

Víctor Montoya

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Garum, la salsa de los romanos que pugna por volver a escena

Fuente: eldia.es

En la actualidad existen sucedáneos comerciales o intentos de rescatar este aderezo antiguo, pero aún no ha sido aceptada del todo por cocineros y comensales

Desde que el hombre descubrió que alimentarse podía ser un placer, buscó en la naturaleza plantas con las que enaltecer los sabores de los alimentos.

Con las salsas se da cuerpo, jugosidad y sazón a las elaboraciones de carnes, aves, mariscos, hortalizas, pastas y una gran variedad de preparaciones culinarias.

¡Dios santo! si se busca en los manuales o internet para cuantificar las elaboraciones clásicas o más vanguardistas. ¡Infinitas!: desde la de tomate o la mayonesa a la vinagreta o el “chimichurri”.

Sobre todo, hay que reivindicar su función de alimento “per sé”; líquido espesado, eso sí, pero nutriente fruto de un proceso de cocción lento y cuidadoso, a fin de concentrar al máximo los sabores, olores, elementos nutritivos y gelatinosos de los ingredientes que la constituyen.

Pero si puede hablarse de una base de esta técnica de la cultura de la cocina, ha de mencionarse necesariamente la salsa garum, que para griegos, y aún más los romanos, fue esencia de las mesas de la antigüedad hasta el Renacimiento.

En la actualidad existen sucedáneos comerciales o intentos de rehabilitar este condimento, pero aún no ha sido aceptado plenamente por cocineros y comensales.

El garum, aunque tuvo su gran apogeo en el mundo romano, procede del mundo griego del que toma su nombre: garos o garon, por el nombre del pez del que se adquirían sus intestinos para la fabricación.

Este preparado se hacía por maceración y fermentación en salmuera de restos viscerales y despojos de diferentes peces como el atún, la morena, el esturión y el hallex, este último utilizado para la fabricación del garum medieval.

A pesar de que era una salsa, se decía que tenía poderes afrodisíacos, que era un buen medicamento (para mordeduras de perros, disentería y úlceras), y que se podía usar como cosmético.

Sobre el sabor, parece ser que este proceso que llevaba la sustancia acababa consiguiendo una cierta concentración de glutamato en el garum, que hacía resaltar el sabor de las comidas. De ahí, su gran aprecio e inestimable ayuda en la elaboración de platos sabrosos.

Existía una importante industria alrededor de este “liquamen”, como también denominaban al garum. Se fabricaba en aquellos lugares donde se producían salazones. El garum hispano adquirió gran renombre, especialmente el procedente de Cartagena, Málaga y Cádiz.

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Un cementerio a la sombra de una pirámide

Fuente: lne.es

Cerca de la puerta de San Pablo, una necrópolis reservada para los no católicos alberga tumbas de poetas, artistas y gente ilustre

En mi deambular por Roma siempre me llamó la atención -tal vez por su discrepancia con el entorno- una pirámide. Una pirámide que emula a las egipcias y que como ellas es lugar de enterramiento. Fue Cayo Cestio, pretor romano, quien mandó construirla en el año XII a. C., cuando Egipto era provincia del Imperio romano. Situada cerca de la puerta de San Pablo, la pirámide Cestia, integrada en la muralla Aureliana, es más alta y estrecha que las clásicas de los egipcios.


Esta tarde me he acercado a ella, pero no tengo intención de visitarla, porque lo que realmente me interesa es el conocido como Cementerio de los Poetas, cobijado bajo su sombra.
Esta necrópolis, desde su creación en 1738, ofreció a quienes no pertenecían a la Iglesia católica la posibilidad de disponer de un lugar donde ser enterrados. En aquel tiempo constituía un auténtico problema encontrar un sitio donde pudiesen reposar los restos de las personas no creyentes y muchos tenían que sepultar a sus seres queridos en lugares apartados y expuestos a la ausencia total de respeto.
Confieso que acudo con cierta expectación. Presiento que no podré ver las violetas blancas y azules que, según Severn, nacen aquí y que llevaron a Keats a decir: «Ya siento las flores creciendo sobre mí». El joven poeta inglés sabía que su muerte se acercaba. Hacía cuatro meses que había llegado a Roma en un intento de mejorar su salud, pero la tuberculosis era entonces implacable. John Keats sólo tenía 26 años cuando fue enterrado en este cementerio en 1821.
Me acerco a su tumba. Se que en la lápida no encontraré su nombre. «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en agua». Esta inscripción hubiese sido suficiente para identificarlo, porque éste es el texto que Keats deseaba que figurase en su sepultura, pero es que su nombre aparece en la situada al lado, donde esta enterrado su amigo Joseph Severn, que cuando falleció, 50 años más tarde, quiso que sus nombres permanecieran unidos más allá de la muerte.
En verdad, el Cementerio de los Poetas es un recinto hermoso. Un sugerente jardín, en el que los esbeltos pinos y cipreses recortan con su silueta un cielo azul en esta tarde donde las únicas rosas que aún perviven tienen el aspecto tenue y misterioso de las flores otoñales.
«Pensar que uno puede ser enterrado en un lugar tan dulce hace que uno se enamore de la muerte». Cuentan que ésa fue la expresión de Shelley cuando visitó este cementerio en el que quiso el destino que reposara eternamente.
Percy Brishe Shelley murió ahogado en el transcurso de una tormenta mientras realizaba una travesía desde Livorno a La Spezia. Recuperado su cuerpo diez días después de la tragedia, fue enterrado aquí. Su amigo Lord Byron, encargado de elegir el epitafio, se decantó por un fragmento de «La tempestad», de Shakespeare: «Nothing of him that doth fade. But doth suffer a sec change into something rich and stranger». «Nada en él se desvanecerá, pues el mar cambia todo en un bien maravilloso».
Sin duda, el hecho de que estos dos grandes poetas, máximos representantes del romanticismo inglés, muertos en plena juventud, estén enterrados aquí, al igual que otros muchos artistas, escritores, pintores, diplomáticos, escultores, políticos, como el fundador del Partido Comunista italiano, Antonio Gramsci, contribuye a que este lugar se haya visto envuelto en una aureola de romanticismo y belleza, que si bien responde a la realidad puede que haya sido amplificada por el encanto del rechazo a lo establecido, de la protesta ante el estricto dogmatismo.
Algunas de las tumbas tienen flores recientes. Son muchos los visitantes que día tras día acuden a este lugar en el que duermen el sueño eterno más de cuatro mil personas pertenecientes a diversos países, como lo prueba el hecho de que catorce embajadas sean las encargadas de velar por él. Sólo dos personas españolas están enterradas aquí. Las dos son mujeres, una de Bilbao y la otra de Madrid.
Inmerso en una atmósfera melancólica pero llena de poesía y encanto, el Cementerio de los Poetas se asemeja a un hermoso vergel donde los árboles parecen querer cobijar y abrazar los sepulcros, mientras que las flores se inclinan para besarlos.
Todo parece en calma, sólo una figura se muestra abatida. Es un ángel, el llamado Angelo del Dolore, que no permite que veamos su cara y que tiende su mano sin saber adónde agarrarse. Es obra del americano William Wetmore Store, que intentó plasmar el profundo dolor que sentía por la pérdida de su esposa Emelyn. Ésta fue su última escultura, porque a los pocos meses falleció y fue enterrado con ella, en esta misma tumba.
Al abandonar el recinto recuerdo una frase del escritor Henry James que aseguraba que el Cementerio de los Poetas de Roma era «lo más maravilloso que he visto en Italia». No me atrevería a suscribirlo, pero resulta evidente que es un lugar único que merece la pena visitar.

MARÍA TERESA ÁLVAREZ

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La antigua Roma a golpe de ratón con Google Earth

Fuente: arquehistoria.com

Gracias a Google, tenemos una nueva forma de descubrir la Roma Imperial en 3D desde casa, por medio de un añadido para la aplicación Google Earth

El servicio se basa en la gigantesca maqueta del arquitecto Italo Gismondi (1887-1974), quien reconstruyó con todo detalle la antigua Roma. Si  instalamos este añadido inicaremos un  paseo virtual por la capital del Imperio Romano, la mayor metrópoli del mundo en el año 320, que nos permite visualizar 6700 edificios, como el Coliseo o el foro romano, once de ellos también desde el interior como el Tabularium o el Templo de Vesta, acompañados por 250 textos explicativos.

El proyecto llamado Roma Renace ha sido desarrollado por las universidades estadounidenses de Virginia y California, en colaboración con la Politécnica de Milán (norte de Italia)

Cómo acceder

Las instrucciones para acceder a la recreación virtual de la Roma del 320 dC son bien sencillas:

Utilizar Google Earth versión 4.3. descargar, entrar en el menú Galería seleccionando  ”Roma antigua en 3D”
Buscar Roma en el mapa.

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El libro de recetas más antiguo del mundo y un vino de rosas

Fuente: eltiempo.com

El ‘romano Apicio’ es el cuerpo de recetas más antiguo que se conoce. Fue una obra que llegó a influir de manera importante en la literatura culinaria del medioevo.

Este recetario es por ende, una compilación de recetas que se remontan a los tiempos de la Grecia antigua y que habrían pasado a Roma y a otros lugares de Europa desde los siglos I y III, en los que fueron redactadas las recetas originales, hasta el periodo medieval y renacentista, en el que le fueron hechas adiciones cada vez que se editaban nuevas versiones.

Es por estas razones que resulta un ejercicio poco productivo saber quién fue en realidad Apicio. Era un nombre bastante usado en la Roma antigua. Sin embargo algunos de sus biógrafos se empeñan en afirmar que el autor de esta biblia gastronómica fue un hombre de costumbres desenfrenadas, glotón, rico y excéntrico que se habría suicidado cuando se sintió al borde de la “quiebra“, aunque aún le quedaban -en moneda actual- algo así como 4 millones de dólares.

Como muchos de los estudiosos de esta obra afirman que los autores fueron varios, nos preocuparemos más por mostrarles el contenido de De Re Coquinaria y el fascinante mundo que trasluce de él. Es un libro que no contiene simplemente recetas sino que es muy cuidadoso en los aspectos que rodean al mundo de la cocina: las especias, los vinos, la salud de los comensales, el predominio de la comida de mar sobre las carnes terrestres. No es entonces como se ha creído habitualmente, un libro de glotonería orgíastica ni de pesadas fórmulas carnívoras.

De Re Coquinaria es un conjunto de diez libros que contienen las siguientes materias:

I: Reglas y consejos culinarios (formas de sazonar, especies, vinos, remedios caseros, consejos de conservación de los alimentos)

II: Para picar: carnes, salchichas, estofados

III: Vegetales y frutas

IV: Miscelánea o generalidades

V: Legumbres

VI: Aves

VII: Platos suntuosos o excesos y exquisiteces

VIII: Cuadrúpedos: gacelas, ovejas, cerdos, etc.

IX: Del mar

X: Del pescado y sus variedades

De este índice ya puede intuirse que había bastante aprecio por la comida de mar en comparación con las carnes llamadas “cuadrúpedos” y que había una preocupación por la sazón con hierbas y verduras. Por ejemplo, se ofrecían consejos sobre el uso de la miel para contrarrestar la grasa de los alimentos.

De este inmensa obra hemos escogido una receta tentadora que no nos explica cómo hacer el vino pero que parece un vino aderezado:

VINO DE ROSAS Y DE VIOLETAS:

Quitada previamente la parte del pétalo, poner en un hilo de lino pétalos de rosa, de manera que queden bien engarzados; echar en el vino la mayor cantidad posivle y dejarlos durante 7 días. Después de ese tiempo, sacarlos y echar otros nuevos exactamente igual que antes, dejándolos reposar durante 7 días y volverlos a sacar. Lo mismo hasta tres veces, y a continuación colar el vino. En el momento en que se vaya a beber, añadir miel y así se obtendrá vino de rosas. Es aconsejable emplear rosas que no estén húmedas y sean de la mejor calidad.

Por el mismo procedimiento hacer el vino de violetas, que se mezclará igualmente con miel.

 

El vino de rosas se vendía en el comercio. Hay recetas dejadas por Dioscórides y Plinio […].

Volveremos pronto con unas recetas más de Apicio, que probablemente se les antoje preparar. Y para los estudiosos de estos temas quizás les interese saber que del libro de Apicio existen algunas traducciones al español. Por otra parte, la sección de libros Raros de la Library of Congress posee muchas de las ediciones más antiguas de De Re Coquinaria en latín, entre ellas, la de 1498 editada en Milán, las de 1500 y 1503 editadas en Venecia, la de 1541 editada en Basilea y la de 1709 editada en Amsterdam.

 

Fuentes:

 

Apicio. Cocina romana. 3ª. Ed. Bárbara Pastor Artigas (ed.). Madrid, Coloquio, 1987.

Cookery and dining in imperial Rome; a bibliography, critical review and translation of the ancient book known as Apicius de re coquinaria, now for the first time rendered into English by Joseph Dommers Vehling, with a dictionary of technical terms, many notes, facsimiles of originals, and views and sketches of ancient culinary objects made by the author; introduction by Prof. Frederick Starr . Chicago, W.M. Hill, 1936.

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Aires griegos y romanos

Fuente: listindiario.com.do

Los diseños y cortes muy elegantes caracterizan la moda grecorromana

Al hablar de la época grecorromana, los primeros pensamientos que pueden venir a la mente son los movimientos literarios, artísticos y arquitectónicos que se desarrollaron en ese tiempo. A pesar del tiempo, el período grecorromano sigue presente y ha creado su espacio en el mundo de la moda.

El estilo grecorromano se ha convertido en el punto de referencia para muchos diseñadores internacionales que buscan mostrar algo nuevo y diferente en sus creaciones.

Y a pesar de ser un estilo que se ha usado antes, ahora ha venido con más fuerza que en otras temporadas, asegura la diseñadora de moda Giannina Azar.

Según Azar, desde principios de año, las pasarelas estadounidenses y europeas fueron el escenario en el que grandes diseñadores presentaron sus propuestas con cortes y estilo grecorromanos.

Explica que los trajes tipo columna, estructurados, fluidos con cortes de un solo hombro, sesgados y capas al sesgo inspirados en diosas griegas, son las características de este tipo de vestuario.

Uno de los complementos de este estilo es el faralaos, un chal o bufanda con cortes limpios. De acuerdo con Azar, las nuevas propuestas ser distinguen por ser trajes más simples que en otras épocas.

Es importante señalar que la fuerza que ha tomado el estilo grecorromano no solo se presenta en las grandes pasarelas, uno de los ejemplos nacionales a utilizar esta modalidad es Azar, quien presentará su propuesta inspirada en la diosa Afrodita en DominicanaModa2012, evento que está pautado para finales de octubre.


ACCESORIOS PARA ESTE ESTILO

Giannina Azar explica que los complementos adecuados para los trajes estilo grecorromano son los cinturones anchos y finos, collarines, gargantillas en cristales y brazaletes.

“Mi propuesta trae trajes estilo grecorromano con influencias barroca. Son diseños con encaje, bordados a mano, de grandes galas, glamurosos y con materiales exóticos”, expresa.

Dice que el estilo barroco muestra una época de opulencia. En su propuesta imperan colores como el dorado, negro, nude o carne, y blanco.

Azar apunta que las telas son fluidas; se presentará chiffon, muselina de seda, charmus y telas metálicas hechas en hierro. “El barroco fue un movimiento que todavía sigue inspirando a los diseñadores. Este es el mejor momento de este estilo que se caracteriza por los cortes asimétricos”, sostiene la diseñadora.

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El Mercado Romano ofrecerá este año a los visitantes 120 puestos de artesanos

Fuente: massalamanca.es

Son 40 puestos más que el año pasado y permanecerán hasta el domingo en los entornos del Puente Romano

El Mercado Romano, ubicado en los entornos del Puente Romano, ofrecerá este año 120 puestos de artesanos, lo que supone un importante incremento con respecto al año pasado, en total 40 puestos más. El Mercado permanecerá abierto hasta el domingo, 16 de septiembre, con un horario de 11’00 a 15’00 horas y de 17’00 a 22’00 horas.

Quienes se acerquen podrán encontrar desde la más variada alimentación (especias, quesos, patés, mermeladas, chocolate, crepes, tetería, pulpería, zumos, pastas gallegas, pastas árabes, conservas vegetales, anchoas, garrapiñadas, patatas asadas, olivas y derivados, kebab, etc) hasta hierbas medicinales, ungüentos y droguería antigua, aloe vera, productos de madera, jabones artesanales, cuero, inciensos, perfumes, cerámica, grabados en piel, platería, brujas y búhos, bisutería isabelina, marionetas, mitología, saquitos térmicos, perlas de cultivo, zapatillas, lámparas, encuadernación, velas, vidrieras, minerales, juguetes, antigüedades, etc. Además en distintos puestos se podrá observar el trabajo en directo de los artesanos.

Incluye un rincón infantil con juegos de tradición romana como el tres en raya o el tiro de moneda a las vasijas, además de un guiñol y diferentes talleres y juegos para los más pequeños.

Programa de actividades

El Mercado Romano incluye un variado programa de actividades. A las doce de la mañana, tiene lugar la apertura musical del mismo con un pasacalles protagonizado por el senador de Roma Callo Bielus, que hace las veces de anfitrión e invita a los presentes a disfrutar del mismo

Desde la una hasta las dos y media se desarrolla el Circus Romanus, un pasacalles que inclye diferentes números circenses y de acrobacias.

Por la tarde las actividades comienzan a las cinco y media con Mitologic, otro pasacalles muy colorido sobre los seres mitológicos de los romanos.

A las siete de la tarde hay una ronda musical por el mercado y a las ocho la caravana de esclavos, en la que un vendedor de esclavos ofrece su mercancía al público que se de cita en el mercado.

Y por la noche, a las nueve, Los vendedores de fuego, un espectáculo nocturno con el fuego como elemento mágico de las distintas invocaciones a los dioses.

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