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Los olvidados de Roma, de Robert C. Knapp

Fuente: fantasymundo.com

El profesor Knapp nos ofrece un variado retrato de la vida del pueblo romano, con un rigor que, sin caer en la erudición excesiva, permite al lector tener un amplio conocimiento de su vida cotidiana

Indica el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción, que la historia es la “narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados”. Estamos, pues, ante una acepción que parte de un matiz claramente subjetivo que resulta fundamental para la cabal comprensión de la materia: el acontecimiento ha de ser “digno de memoria”. Así, la esencia de la concepción tradicional de la historia, la conditio sine quae non para que la historia lo sea es que los hechos han de ser memorables. Y de ahí se plantea la siguiente pregunta directamente relacionada tanto con la autoría de la historia como con su objeto: ¿quién decide qué es memorable y qué no lo es?

Parece indudable que la historia la escriben los vencedores; los vencidos rara vez consiguen que su voz se escuche. Las clases populares, los desposeídos, los históricamente vencidos en la lucha de clases -el proceso histórico por excelencia- se mantienen forzosamente silentes o silenciados a la sombra de una Historia oficial con mayúsculas construida por las clases dominantes.

Así, la historia de todo tiempo y lugar se presenta ante todo como una elaboración de la elite, un mero retrato de lo que quiere mostrarnos. Eso explica que en muchas ocasiones se haya visto reducida a una mera sucesión de anécdotas de los notables, a una narración o un relato que se limita sólo a aquello que las clases hegemónicas quieren contarnos -habitualmente magnificando su gloria y minimizando, cuando no ocultando, sus miserias- empleando su propio lenguaje y perspectiva. Asistimos así a la construcción de un lenguaje y un relato demiúrgico: si no te nombro no has existido y si te nombro existirás por los siglos de los siglos como yo quiero que existas. ¡Vae victis!

Sin embargo, al lado de esa historia existe la historia cotidiana de las enormes mayorías que nunca han trascendido individualmente, pero que suponen la estructura real del mundo y cuyo conocimiento y estudio puede ayudarnos a entender mejor lo que en él ha ocurrido y por qué.

No podemos obviar que la construcción del relato histórico de esas mayorías silentes o silenciadas, una historia que pueda reflejar su cotidianeidad y permitirnos entender la realidad del proceso choca con una dificultad: el carácter limitado de las fuentes. En el caso del Mundo Antiguo tal circunstancia es palpable ya que hay relativamente pocas fuentes directas de esa inmensa mayoría y se enfrentan a una historia “oficial” o “tradicional” (disculpen las más que discutibles calificaciones) cuajada de excesivos tópicos y prejuicios respecto a la clases populares, consecuencia directa de esa visión que las elites pueden y quieren perpetuar.

Precisamente para aproximarnos a esa historia de las mayorías disponemos del libro del catedrático emérito de Historia antigua de Berkeley Robert C. Knapp, “Los Olvidados de Roma” (Ariel, disponible en FantasyTienda, dedicado a estudiar la vida cotidiana de las clases populares romanas (identificadas en el subtítulo como prostitutas, forajidos, esclavos, gladiadores y gente corriente). En esta obra el profesor Knapp pretende y, a mi juicio, consigue “desvelar y comprender cómo era la vida de la gente que vivía en Roma y su Imperio” que no formaba parte de la elite, es decir la historia de la gente corriente que formaba el 99,5% de la población del Imperio.

En esa difícil tarea es de destacar el hábil empleo de las fuentes disponibles, ya que, como el lector podrá comprobar, el autor ha recurrido al empleo conjunto de fuentes muy diversas que van desde las literarias procedentes de la propia elite (“El Asno de Oro”, “El Satiricón”, diversas obras sobre agricultura, el “Carmen Astrologicum”, diversos romances griegos, etc.), los textos del Nuevo Testamento (en tanto fuente histórica del siglo II d.C), o la literatura popular, al material epigráfico o los papiros procedentes de esa gran mayoría. Como el propio autor reconoce en su capítulo dedicado al tema “utilizadas en conjunto, todas nuestras fuentes nos permiten ver a los romanos invisibles”.

Partiendo de ese análisis de conjunto, el profesor Knapp nos ofrece un variado retrato de la vida del pueblo romano, con un rigor que, sin caer en la erudición excesiva, permite al lector tener un amplio conocimiento de la vida cotidiana en Roma. Ello exige que se hable de las cuestiones y personas más variadas, trazando una suerte de paisaje sociológico romano que permite entender su configuración y causas.

Así, por ejemplo, el lector puede conocer las condiciones de vida de los esclavos (como expone el autor, ciertamente muy variadas en función tanto de quien fuera el propietario como de las propias circunstancias personales del esclavo) y también el sentido económico y social de la institución y su relación directa con otras cuestiones sobre las que se sustentaba el orden social y moral romano y se construía la idiosincrasia de las masas. En este sentido, es inevitable trazar una directa relación entre una sociedad esclavista y la situación de sumisión en la que se encuentran las mujeres, o la relación entre el poder y la gran masa de proletarios desocupados que sobreviven en un mundo en el que la violencia y la superstición están a la orden del día y se asumen como algo natural, de modo tal que se hace perfectamente comprensible que la vida de soldado pueda resultar atractiva y más segura o que los gladiadores fueran ídolos de masas venerados y, hasta cierto punto, privilegiados.

El autor hace un verdadero esfuerzo por exponernos claramente esa realidad pero, con gran mérito, sin que se corra en ningún momento el riesgo de enjuiciar ese mundo romano tan distinto del nuestro. “Los Olvidados de Roma” consigue hacernos partícipes de un viaje al pasado que permite comprender y entender varios porqués y, al tiempo, librarnos de ciertas creencias que pueden haberse transmitido y que chocan con la realidad. A modo de ejemplo, la vívida descripción de los baños romanos nos pone ante un medio bastante menos apetecible de lo que cabría pensar. Del mismo modo, la palpable desconfianza hacia el poder y la justicia de las elites que tenía la gran masa del pueblo romano (más proclive a tomarse la justicia por su mano mediante linchamientos que a arriesgarse a recurrir a una autoridad que se ve como rapaz y prevaricadora) acaba en parte con la fetichización del orden romano y de un Derecho Romano que, realmente, sólo era útil a las elites.

De la clara exposición del libro resulte indudable que ese orden social se asumió en su momento como algo natural o consustancial a la naturaleza humana, algo con lo que se debe convivir y que se debe padecer. Pese a lo que pudiera parecer o nos gustaría creer, la esclavitud, violencia, situación de la mujer, etc. formaban parte de lo cotidiano, limitándose el común de los mortales a conducirse en ese marco, pero sin intentar cambiarlo. Dicho de otro modo: la conciencia de clase -de haberla- tenía un tinte fatalista y nada revolucionario; y los revolucionarios -de haberlos- pocas veces buscaban más que una inversión de términos, las más de las veces temporal, en un contexto en el que la movilidad social era más bien escasa.

El gran mérito de la obra es sin duda el transmitirnos todo eso con rigurosidad científica pero sin aridez, al tiempo que se toma conciencia de que, por muy alejados que puedan estar en el espacio y el tiempo, los olvidados de Roma eran personas que, como nosotros, amaban, sufrían, luchaban, tenían miedo, se alegraban, etc. Personas en el fondo ni muy distintas ni con preocupaciones muy diferentes, aunque a su modo y en su medio.

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La prostitución, veneno y alimento de un oficio antiguo

Fuente: bolpress.com

Si en la antigua Grecia y Mesopotamia la prostitución formaba parte de las tareas del templo, y todas las mujeres participaban en ellas antes del matrimonio como un tipo de ritual religioso, en la cultura incaica existían doncellas que, a tiempo de adorar a los dioses, satisfacían los impulsos sexuales del Inca. También se admitió la existencia de “pampayrunas” (prostitutas), quienes vivían aisladas en el campo y dedicadas al comercio sexual. Entre los mayas estaba permitido que los varones llevaran prostitutas a sus casas.

La prostitución de la mujer es tan antigua como la mercancía, con valor de uso y de cambio, una profesión ejercida generalmente por las mujeres provenientes de los esta­mentos sociales más bajos, una de las manifestaciones del desplome aterrador de la dignidad humana y los valores morales.

Los hombres, en el pasado, no consideraban indecente el oficio de la prostitución, porque ya entonces, como en la actualidad, eran ellos quienes controlaban la superestruc­tura social, donde las mujeres no tenían acceso sino como hetairas o amantes. Por ejemplo, en los países orientales, la prostitución pública de una mujer estaba admitida por todos.

En Babilonia, la orgullosa ciudad de la Mesopotamia, se permitía que las jóvenes fuesen en peregrinación, por lo menos una vez, al templo de la diosa Milita, para pros­tituirse en su honor, al capricho de los hombres que acu­dían a raudales, con la intención de descubrir los misterios del amor a través del contacto con una “profesional del placer”. Se consideraba una virtud pertenecer a la orden de las sacerdotisas del templo Istar -diosa de la fertilidad y la guerra-, y los propios reyes dedicaban sus hijas a la vo­cación sacerdotal, cuya principal función era servir de prostitutas sagradas en las grandes festividades.

Las hetairas, mujeres que elevan la práctica del amor a la categoría de arte, fueron autoras propias de tratados sobre dichas prácticas, pudiéndose enunciar los tratados de Artyanassa, vieja servidora de Helena, de Filenis de Samos y los de Elefantis. No en pocas ocasiones, el erotismo literario va asociado a la comedia o se asocia con la sátira y la crítica social.

En las religiones y sistemas de creencias siempre está presente el erotismo, aunque se lo puede encontrar en dos facetas aparentemente muy opuestas: por ejemplo en el cristianismo católico los textos místicos de san Juan de la Cruz y “Las Moradas” de santa Teresa de Ávila poseen una retórica llena de un sublimado erotismo dirigido a la deidad, mientras que en otras religiones (como las de los fenicios, mesopotámicos etc.) existía una prostituta sagrada que llegó a la Grecia clásica, en la Roma Antigua se hace notorio el contraste entre la “lujuria” con abundante arte erótico o, más que entre los griegos, directamente pornográfico y la severa castidad y virginidad impuesta a las vestales. Tales antinomias dentro de un mismo sistema religioso se evidencian asimismo en el hinduismo donde existen movimientos promotores de las más rigurosas ascesis opuestas a lo libidinoso junto a exaltaciones de la sexualidad como ocurre con el conocido texto del “kama Sutra” o las imágenes de templos como los de Suria y Khajuraho.

August Bebel, basándose en los relatos del “Antiguo Testamento”, demostró que los judíos no eran ajenos a este tipo de culto y al oficio de la prostitución. En su libro, “La mujer”, apunta: “Abraham cedía, sin escrúpulos, las gracias de Sara a otros hombres, sobre todo a los jefes de tribus (reyes) que iban a visitarle y le retribuían espléndidamente. El patriarca de Israel, antepasado de Jesús, no encontraba repugnante este comercio que hoy calificamos de indigno y deshonroso. Es notable que aún hoy, en las escuelas, se enseña a las niñas el mayor respeto hacia aquel hombre. Como es sabido y hemos dicho ya, Jacob se casó con dos hermanas, Lía y Raquel, las cuales también le entregaban sus siervas; y los reyes hebreos David, Salomón y otros disponían de numerosas harenes, sin que frunciese el ceño Javeh. Era costumbre, y las mujeres la aceptaban” (Bebel, A., 1976, p. 34).

En la antigua Grecia se establecieron también casas públicas, con mujeres que vivían del comercio sexual. Solón las introdujo en Atenas el año 592 antes de la Era cristiana, como apéndice de las instituciones del Estado; hecho que fue elogiado por sus contemporáneos en los siguientes términos: “¡Loor a Solón por haber comprado mujeres públicas para la depuración de las costumbres y sosiego de una ciudad poblada de jóvenes robustos, que sin tan sabia fundación perseguirían con sus galanteos descarados a las mujeres de las clases principales!”. En Lidia, Cartago y Chipre, las jóvenes tenían, por su parte, el derecho a prostituirse para ganarse la dote.

La prostitución de las doncellas, “entre los fenicios y los lidios, se imponía a título de deber religioso, y en esto se funda, evidentemente, la costumbre, frecuente en la anti­guedad y en las comunidades de mujeres, de conservar la virginidad para hacer con ella una especie de ofrenda reli­giosa al primero que llegara y pagara su precio a los sacerdotes. Costumbres análogas existen aún hoy, como relata Bachofer, en muchas tribus indias, en Arabia del Sur, en Madagascar, en Nueva Zelandia, donde la prometida es prostituida por la tribu antes del matrimonio. En Malabar paga el marido un tanto al que desflore a su mujer (…) Semejante institución y costumbres sentaban admirablemente a un clero libidinoso, sostenido por hombres de no mayor valía moral; así la prostitución de la mujer soltera se hizo una regla establecida para el cumplimiento de los deberes religiosos (…) El sacrificio público de la virginidad simbolizaba la concepción y la fertilidad de la tierra pro­ductora, y se cumplía en honor de la diosa de la fecundidad, venerada en todos los pueblos de la antigüedad bajo los diferentes nombres de Aschera-Astarté, Milita, Afrodita, Venus y Cibeles. Se elevaban en su honor templos especiales, provistos de altares de toda clase, donde se hacían sacrificios a las diosas, según ritos determinados. La ofrenda en dinero, que los hombres depositaban, caía en la bolsa de los sacerdotes” (Bebel, A., 1976, pp. 31-32).

En la cuenca del Mar Mediterráneo, ya fuera en el Antiguo Egipto o entre los pueblos semíticos solía considerarse ya como una desnudez el hecho que las mujeres mostraran en público su cabellera; la ocultación de la cabellera femenina también existió aunque más moderada en la antigua Grecia y la antigua Roma, en la Roma clásica se distinguía a la mujer que no era “lupa” (lupa = “loba” = prostituta) porque llevaba en público sus cabellos o bien cubiertos o recogidos en un rodete; en el Antiguo Egipto se consideró un acto de desnudez femenino el hecho que la mujer exhibiera su cabellera natural, pero como era común que los egipcios y las egipcias se decalvaran por cuestiones de higiene extrema (por ejemplo evitar piojos) el uso de pelucas por parte de las mujeres era altamente erótico y las mujeres semidesnudas con peluca excitaban como si estuvieran desnudas.

La semidesnudez erótica entre los antiguos egipcios ha sido común en pinturas y estatuaria en la que aparecen representadas bellas mujeres vestidas con tules u otras ropas sutiles de hilado con lino cuyas trasparencias permitían observar gran parte del cuerpo femenino, para el egipcio común como para otros pueblos, la mujer saliendo vestida de las aguas, aunque con sus ropas mojadas ciñéndole el cuerpo y mostrando la mayor parte de sus curvas, ha sido una semidesnudez (semidesnudez que se reiteró más de tres mil años después entre cierta élite francesa en tiempos previos al Imperio Bonapartista: la moda estilo imperio precedió al mismo Napoleón I entre las mujeres, las cuales para evidenciar su belleza corporal llegaron a humedecer sus ropas en el bastante poco apacible clima parisino, lo cual dio lugar a un síndrome de resfríos, gripes, neumonías etc. que fue llamado “enfermedad de las muiselinas” o, recordando a la promiscua emperatriz romana, de las Mesalinas.

Si en la antigua Grecia y Mesopotamia, la prostitución formaba parte de las tareas del templo, y todas las mujeres participaban en ellas antes del matrimonio como un tipo de ritual religioso, en la cultura incaica existían doncellas que, a tiempo de adorar a los dioses, satisfacían los impulsos sexuales del Inca. También se admitió la existencia de “pampayrunas” (prostitutas), quienes vivían aisladas en el campo y dedicadas al comercio sexual. Además, como las costumbres sexuales americanas eran más libres y variadas antes de la llegada de los conquistadores, entre los mayas estaba permitido que los varones llevaran prostitutas a sus casas; en Panamá habían incluso tribus en las que se practicó el homosexualismo de manera natural, hasta cuando la moral cristiana se impuso a sangre y fuego y restringió estas costumbres sexuales.

En Nicaragua, la prostitución “era considerado un traba­jo tan respetable como cualquier otro; era corriente que una joven se ganara la vida con amantes de paso y acumulara así su dote. Los padres estaban no sólo de acuerdo, sino que guardaban con ella un entendimiento perfecto: seguía viviendo con ellos -su actividad se verificaba en un lugar especial del mercado-, los sostenía en caso de necesidad y cuando quería casarse su padre le cedía una parcela de su terreno. La aceptación social implicada en estas relaciones está corroborada por la actitud de los jóvenes hacia la que vendía su cuerpo (diez granos de cacao era el precio ofi­cial). Igual que si se tratara de una obrera o una empleada, los muchachos del barrio la rodeaban, la querían, la acompañaban a su trabajo o la iban a buscar. Oviedo insiste repetidas veces en que esos hombres, a los que no sabe dar otro nombre que el de ‘rufianes’, no recibían ni dinero ni favores especiales. Cuando la mujer anunciaba su deseo de casarse, sin revelar el nombre del elegido, pedía a los galanes que le construyesen una casa” (Séjourné, L., 1976, pp. 128-129).

En Bolivia, después de descubierto del “cerro que manaba plata”, en 1545, se concentraron en Potosí, junto a virreyes y capitanes generales, cientos de tahúres pro­fesionales y prostitutas célebres, a cuyos salones lujosos concurrían los conquistadores que no sabían en qué despilfarrar los lingotes de oro y plata.

“Otro fenómeno –señala Bebel–, que tiene por causa la supremacía del hombre sobre la mujer, y que persiste y se agrava a cada paso, es la ‘prostitución’. Si en los pueblos más civilizados de la tierra el hombre exigía a su mujer rigurosa reserva sexual respecto de los demás hombres, y si con frecuencia castigaba una falta con penas muy crueles, por ser mujer de su propiedad, su esclava, y por tener, en caso de infidelidad, derecho de vida y muerte sobre ella, no estaba, en manera alguna, dispuesto a someterse a la misma obligación. El hombre podía, ciertamente, comprar va­rias mujeres, y, vencedor de batallas, quitárselas al vecino. Pero esto implicaba la necesidad de mantenerlas, lo cual sólo pudo realizar una exigua minoría, dadas la desigual­dad de las fortunas y el corto número de mujeres hermosas, cuyo precio aumentó. Mas como el hombre iba a la guerra, viajaba continuamente y ansiaba, sobre todo, el cambio y la diversidad de los placeres amorosos, sucedió que sol­teras, viudas, mujeres repudiadas o esposas pobres se ofre­cían al hombre por dinero y éste las compraba para sus placeres superfluos” (Bebel, A., 1976, pp. 30-31).

En la Europa medieval, la prostitución gozaba de una organización gremial, como cualquier otro oficio, y en cada ciudad existía una casa de mujeres bajo el control de las parroquias, en cuyas cajas ingresaban las ganancias de la prostitución. Además, en ese tiempo, las mujeres pobres del campo acudían a las grandes urbes en busca de mejores condiciones de vida. “Si no lo conseguían con su propio trabajo se les presentaba otro camino: vender sus cuerpos. Esta forma de ganar dinero estaba tan difundida que las mujeres venales organizaron sus propios gremios en mu­chas ciudades. Estos gremios los legalizaban los regidores de la ciudad (es decir, los habitantes que poseían carta de vecindad), y las prostitutas organizadas perseguían encar­nizadamente a toda mujer que se atrevía a prostituirse sin pertenecer a las organizaciones legales aceptadas por los honorables consejeros de la ciudad. Por eso era muy difícil ganar dinero como mujer libre ‘callejera’, fuera de las casas de muchachas, es decir, de los burdeles” (Kollontai, A., 1976, p. 73).

Esto no implicaba que las prostitutas estuviesen a salvo de las represalias desencadenadas por el clero. En los tene­brosos días de la Inquisición y la Reforma fueron cientos, acaso miles, las que ardieron en las hogueras, a pesar de que este acto de doble moral se había ya experimentado a principios de la Edad Media, cuando Carlomagno dispuso que toda mujer prostituta fuese paseada desnuda y a latigazos por las calles, mientras él mismo, como empe­rador y rey cristianísimo, poseía nada menos que seis mujeres a la vez.

A mediados del siglo XIX, los países que más se dedicaron a la trata de esclavas blancas fueron Alemania y Austria. Desde el puerto de Hamburgo se exportó la mayor cantidad de mercancía viviente hacia América del Sur, Bahía y Río de Janeiro, pero el lote más importante era destinado a Montevideo y Buenos Aires, mientras una pequeña parte iba rumbo a Valparaíso, a través del estrecho de Magallanes. Otra corriente dirigíase, sea por Inglaterra o por vía directa, a América del Norte, donde competían con las prostitutas indígenas, y donde se dividía, dirigiéndose, sea hacia el Oeste y California. Desde aquí seguían la costa hasta Panamá, mientras Cuba, las Indias occidentales y México eran abastecidas por Nueva Orleáns. Bajo el nom­bre de bohemias, otras jóvenes alemanas eran exportadas, a través de los Alpes, a Italia, y de allí, más al sur, a Alejandría, Suez, Bombay, Calcuta, hasta Singapur y aun hasta Hong-Kong y Shangai. Las Indias holandesas, el Asia oriental y, sobre todo, el Japón, eran malos mercados, porque Holanda no toleraba en sus colonias jóvenes blancas de este género, y en Japón las muchachas del país eran demasiado hermosas y muy baratas. La concurrencia americana por San Francisco contribuía igualmente a hacer muy difíciles los negocios por dicho lado, mientras San Petersburgo y Moscú se proveían de los mercados de Riga y otras ciudades del Báltico.

El comercio de esclavas blancas y el establecimiento de casas públicas fueron cada vez más ascendentes, a pesar del sistema de reglamentación que se introdujo en varios estados europeos, con el propósito de registrar a las prostitutas y así evitar la proliferación de la sífilis y otras enfermedades venéreas. Esta reglamentación, a pesar de todos los esfuerzos y recursos, fracasó en todas partes, debido a que ningún hombre se sometió a dicho control.

En cuanto al número de mujeres que ejercían la prostitución en algunas ciudades europeas del siglo XIX, cabe destacar los siguientes datos: en Londres habían entre 80.000 y 90.000 prostitutas en 1869; en París, la cifra de mujeres registradas por la policía es sólo de 4.000, pero el de las prostitutas asciende a 60.000, y, según ciertos autores, hasta 100.000; en Berlín habían alrededor de 15.065 en 1871. Y como sólo en el año 1876 hubo 16.198 arrestos por infracción de los reglamentos de policía de las costumbres, puede deducirse que no exageran quienes estimaban de 25.000 a 30.000 el número de prostitutas berlinesas. En Hamburgo, en 1860, contábase una “mujer pública” por cada nueve mayores de quince años, y en Leipzig había en la misma época 504 mujeres inscritas, pero se calculaban en 2.000 las que vivían esencial o exclusivamente de la crá­pula.

En el presente siglo, las mujeres del llamado Tercer Mundo, además de sufrir diversos grados de explotación social, son explotadas sexualmente, ya sea con sistemas del tipo “alquile una esposa”, a través de las compañías financieras internacionales, los grupos bancarios que manejan los hotel-burdeles y con la promoción del turismo mediante anuncios sexistas, donde el cliente puede hacer el amor a crédito o pagar con tarjeta.

La pornografía infantil, impresa o audiovisual, es otra de las manifestaciones de la prostitución y un mercado lucrativo, una industria que se vale del cine, el video, la fotografía y el cómic, para comercializar con el sexo de “mujeres-niñas”.

En Japón, donde la industria pornográfica ha superado en beneficios al poderoso sector del automóvil, existen medio centenar de revistas que publican reportajes con fotografías de adolescentes en trajes de baño o vestidas de colegialas en posturas ligeramente eróticas. Los expertos deducen que el hombre japonés siente una gran fascinación por la “mujer-niña”, y los comerciantes del sexo sacan partido de ello.

En EE.UU., la prostitución infantil es consecuencia directa de la pobreza y el consumo de drogas. Los cálculos sobre el número de prostitutas menores de edad sitúan la cifra de más de un millón. Si se añade a quienes se dedican al “sexo de supervivencia” (encuentros ocasionales con el fin de conseguir dinero para comida o droga), el número as­ciende al doble o triple. Además, existe medio millón de menores que son usadas en la producción pornográfica, de las cuales muchas han sido importadas por la mafia desde Puerto Rico, Jamaica o México.

En Tailandia, el paraíso sexual del turismo occidental, los traficantes ofrecen un préstamo a los padres de las niñas de nueve y diez años de edad, en tanto a las de doce y trece les ofrecen un trabajo como camareras en res­taurantes o como “bailarinas folklóricas”. Pero, una vez en manos de los proxenetas, que controlan el mercado del sexo, son vendidas a los burdeles de Bangkok, Pattaya y otras ciudades del interior, mientras a las más hermosas las venden al extranjero, a Japón, EE.UU., Europa y Canadá, burlando el control de las autoridades que rastrean la pista de los tratantes que miserablemente engañan a campesinos tailandeses y compran a sus hijas por adelantado para comerciar después con ellas en lugar de proporcionarles el “trabajo decente” que se prometió a la familia. En los pueblos del norte, junto a la frontera con Birmania, no queda ni una sola niña, porque han sido vendidas por sus padres o maridos con un contrato como sirvientas a propietarios de burdeles. Pero los traficantes de niñas, tras agotar las reservas tailandesas, han extendido sus zonas de reclutamiento a Birmania, Laos y China. Y, aunque se sabe que el gobierno birmano encierra en prisiones, o incluso asesina, a las prostitutas que vuelven infectadas con el sida de Tailandia, los proxenetas siguen dedicados a su pro­fesión lucrativa: vender servicios sexuales de niños y ofrecer a buen precio la virginidad y el pánico de una niña birmana o laosiana.

La prostitución infantil no sólo está cons­tituida por las niñas que son vendidas ilegalmente, sino también por aquéllas que huyen de sus hogares o aban­donan sus aldeas en busca de mejores condiciones de vida. Algunas caen en la prostitución víctimas del secuestro o el engaño. Presas fáciles, se convierten en propiedad de los mercaderes del sexo.

En Filipinas, las niñas pobres acaban en la prostitución, en esos recintos a media luz de las grandes urbes, donde el precio del servicio de las niñas es tres o cinco veces más que el de las prostitutas mayores de edad; en Tailandia, un país de más de 64 millones de habitantes, 800.000 de sus con-nacionales frecuentan alguna de las miles de casas de citas registradas en los archivos policiales, sobre todo en la capital, conocida como el burdel más grande de Asia. Aquí, en el “país de las sonrisas”, se venden cada año aproximadamente 2.000 niñas a los burdeles para el disfru­te de millones de turistas europeos, americanos y japone­ses. El gobierno reconoce una plantilla de 800.000 prosti­tutas, pero otras organizaciones no gubernamentales hablan de más de un millón, distribuidas en casas de masajes, peluquerías, bares o ejerciendo la actividad en las calles de las princi­pales ciudades.

En Sri Lanka se ha constatado que la industria del sexo afecta más a las niñas que a las prostitutas adultas. Se calcula que existen unos 50.000 niñas controladas por el sindicato de proxenetas, y otras tantas ejerciendo su oficio en las playas de Maratuwe y en las calles de Colombo; en Filipinas 90.000; en la India, considerado el país que tiene mayor incidencia de prostitución, más de 800.000 niñas venden su cuerpo; en Brasil, las menores que viven de la prostitución alcanzan la cifra de 600.000; en Colombia, el número de prostitutas entre ocho y dieciocho años se ha quintuplicado en los últimos años. Los nuevos centros mundiales de la prostitución infantil son Vietnam, Cam­boya, Laos, China, México, Puerto Rico, Brasil, la República Dominicana y los países del antiguo bloque soviético. Pocos rincones del mundo son inmunes a la irrupción del co­mercio del sexo. En los pueblos del Himalaya nepalí, cada año se venden unas 12.000 adolescentes que van a parar en los burdeles de Bombay, mientras las africanas, que aprenden a hablar una babel de idiomas para vender su sexo, acuden en grupos a Bolonia y al Sur de Europa. Asimismo, después del desplome de los países del Este, se ha producido un éxodo de mujeres que acuden a Occidente, con la esperanza de salvarse de la pobreza y obtener bene­ficios. La policía dice que una cuarta parte de las 500.000 prostitutas que existen en Alemania proceden del antiguo bloque del Este. Incluso en el puritano Oriente próximo todas las semanas aterrizan vuelos chárter de mujeres rusas, polacas y checas en el aeropuerto de Dubai, donde se ofrecen como azafatas rubias y de ojos azules, mientras duran sus visados de 14 días.

Aparte del comercio con mujeres extranjeras, que llegan a Europa engañadas por los traficantes que controlan la prostitución organizada, se han creado agencias para promover los llamados “matrimonios de compra”, en las cuales los hombres occidentales “encargan” una mujer de algún país del llamado Tercer Mundo, con el fin de someterla a una especie de semiesclavitud.

Por otro lado, para los capitalistas, las mujeres no sólo ocupan un lugar secundario, sino que, al mismo tiempo, las usan como objetos sin alma ni cerebro, junto a los productos que ofrecen al consumidor. Los burdeles de Amsterdan, París, Berlín, Bangkok o Manila, las exhiben en escaparates lujosos para que el cliente pueda elegir la que más le agrada, como si fuese un vestido, una botella de whisky o un pedazo de jamón. En los anuncios comerciales, donde se muestran jóvenes esbeltas y semidesnudas decorando un coche o un artefacto electrodoméstico, son un detalle más para vender el producto al usuario.

Bibliografía:

1. Bebel, August: La mujer. Ed. Fontamara, España, 1976.

2. Kollontai, Alexandra: La mujer en el desarrollo social. Ed. Guadarrama, Madrid, 1976.

Víctor Montoya

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Garum, la salsa de los romanos que pugna por volver a escena

Fuente: eldia.es

En la actualidad existen sucedáneos comerciales o intentos de rescatar este aderezo antiguo, pero aún no ha sido aceptada del todo por cocineros y comensales

Desde que el hombre descubrió que alimentarse podía ser un placer, buscó en la naturaleza plantas con las que enaltecer los sabores de los alimentos.

Con las salsas se da cuerpo, jugosidad y sazón a las elaboraciones de carnes, aves, mariscos, hortalizas, pastas y una gran variedad de preparaciones culinarias.

¡Dios santo! si se busca en los manuales o internet para cuantificar las elaboraciones clásicas o más vanguardistas. ¡Infinitas!: desde la de tomate o la mayonesa a la vinagreta o el “chimichurri”.

Sobre todo, hay que reivindicar su función de alimento “per sé”; líquido espesado, eso sí, pero nutriente fruto de un proceso de cocción lento y cuidadoso, a fin de concentrar al máximo los sabores, olores, elementos nutritivos y gelatinosos de los ingredientes que la constituyen.

Pero si puede hablarse de una base de esta técnica de la cultura de la cocina, ha de mencionarse necesariamente la salsa garum, que para griegos, y aún más los romanos, fue esencia de las mesas de la antigüedad hasta el Renacimiento.

En la actualidad existen sucedáneos comerciales o intentos de rehabilitar este condimento, pero aún no ha sido aceptado plenamente por cocineros y comensales.

El garum, aunque tuvo su gran apogeo en el mundo romano, procede del mundo griego del que toma su nombre: garos o garon, por el nombre del pez del que se adquirían sus intestinos para la fabricación.

Este preparado se hacía por maceración y fermentación en salmuera de restos viscerales y despojos de diferentes peces como el atún, la morena, el esturión y el hallex, este último utilizado para la fabricación del garum medieval.

A pesar de que era una salsa, se decía que tenía poderes afrodisíacos, que era un buen medicamento (para mordeduras de perros, disentería y úlceras), y que se podía usar como cosmético.

Sobre el sabor, parece ser que este proceso que llevaba la sustancia acababa consiguiendo una cierta concentración de glutamato en el garum, que hacía resaltar el sabor de las comidas. De ahí, su gran aprecio e inestimable ayuda en la elaboración de platos sabrosos.

Existía una importante industria alrededor de este “liquamen”, como también denominaban al garum. Se fabricaba en aquellos lugares donde se producían salazones. El garum hispano adquirió gran renombre, especialmente el procedente de Cartagena, Málaga y Cádiz.

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Un cementerio a la sombra de una pirámide

Fuente: lne.es

Cerca de la puerta de San Pablo, una necrópolis reservada para los no católicos alberga tumbas de poetas, artistas y gente ilustre

En mi deambular por Roma siempre me llamó la atención -tal vez por su discrepancia con el entorno- una pirámide. Una pirámide que emula a las egipcias y que como ellas es lugar de enterramiento. Fue Cayo Cestio, pretor romano, quien mandó construirla en el año XII a. C., cuando Egipto era provincia del Imperio romano. Situada cerca de la puerta de San Pablo, la pirámide Cestia, integrada en la muralla Aureliana, es más alta y estrecha que las clásicas de los egipcios.


Esta tarde me he acercado a ella, pero no tengo intención de visitarla, porque lo que realmente me interesa es el conocido como Cementerio de los Poetas, cobijado bajo su sombra.
Esta necrópolis, desde su creación en 1738, ofreció a quienes no pertenecían a la Iglesia católica la posibilidad de disponer de un lugar donde ser enterrados. En aquel tiempo constituía un auténtico problema encontrar un sitio donde pudiesen reposar los restos de las personas no creyentes y muchos tenían que sepultar a sus seres queridos en lugares apartados y expuestos a la ausencia total de respeto.
Confieso que acudo con cierta expectación. Presiento que no podré ver las violetas blancas y azules que, según Severn, nacen aquí y que llevaron a Keats a decir: «Ya siento las flores creciendo sobre mí». El joven poeta inglés sabía que su muerte se acercaba. Hacía cuatro meses que había llegado a Roma en un intento de mejorar su salud, pero la tuberculosis era entonces implacable. John Keats sólo tenía 26 años cuando fue enterrado en este cementerio en 1821.
Me acerco a su tumba. Se que en la lápida no encontraré su nombre. «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en agua». Esta inscripción hubiese sido suficiente para identificarlo, porque éste es el texto que Keats deseaba que figurase en su sepultura, pero es que su nombre aparece en la situada al lado, donde esta enterrado su amigo Joseph Severn, que cuando falleció, 50 años más tarde, quiso que sus nombres permanecieran unidos más allá de la muerte.
En verdad, el Cementerio de los Poetas es un recinto hermoso. Un sugerente jardín, en el que los esbeltos pinos y cipreses recortan con su silueta un cielo azul en esta tarde donde las únicas rosas que aún perviven tienen el aspecto tenue y misterioso de las flores otoñales.
«Pensar que uno puede ser enterrado en un lugar tan dulce hace que uno se enamore de la muerte». Cuentan que ésa fue la expresión de Shelley cuando visitó este cementerio en el que quiso el destino que reposara eternamente.
Percy Brishe Shelley murió ahogado en el transcurso de una tormenta mientras realizaba una travesía desde Livorno a La Spezia. Recuperado su cuerpo diez días después de la tragedia, fue enterrado aquí. Su amigo Lord Byron, encargado de elegir el epitafio, se decantó por un fragmento de «La tempestad», de Shakespeare: «Nothing of him that doth fade. But doth suffer a sec change into something rich and stranger». «Nada en él se desvanecerá, pues el mar cambia todo en un bien maravilloso».
Sin duda, el hecho de que estos dos grandes poetas, máximos representantes del romanticismo inglés, muertos en plena juventud, estén enterrados aquí, al igual que otros muchos artistas, escritores, pintores, diplomáticos, escultores, políticos, como el fundador del Partido Comunista italiano, Antonio Gramsci, contribuye a que este lugar se haya visto envuelto en una aureola de romanticismo y belleza, que si bien responde a la realidad puede que haya sido amplificada por el encanto del rechazo a lo establecido, de la protesta ante el estricto dogmatismo.
Algunas de las tumbas tienen flores recientes. Son muchos los visitantes que día tras día acuden a este lugar en el que duermen el sueño eterno más de cuatro mil personas pertenecientes a diversos países, como lo prueba el hecho de que catorce embajadas sean las encargadas de velar por él. Sólo dos personas españolas están enterradas aquí. Las dos son mujeres, una de Bilbao y la otra de Madrid.
Inmerso en una atmósfera melancólica pero llena de poesía y encanto, el Cementerio de los Poetas se asemeja a un hermoso vergel donde los árboles parecen querer cobijar y abrazar los sepulcros, mientras que las flores se inclinan para besarlos.
Todo parece en calma, sólo una figura se muestra abatida. Es un ángel, el llamado Angelo del Dolore, que no permite que veamos su cara y que tiende su mano sin saber adónde agarrarse. Es obra del americano William Wetmore Store, que intentó plasmar el profundo dolor que sentía por la pérdida de su esposa Emelyn. Ésta fue su última escultura, porque a los pocos meses falleció y fue enterrado con ella, en esta misma tumba.
Al abandonar el recinto recuerdo una frase del escritor Henry James que aseguraba que el Cementerio de los Poetas de Roma era «lo más maravilloso que he visto en Italia». No me atrevería a suscribirlo, pero resulta evidente que es un lugar único que merece la pena visitar.

MARÍA TERESA ÁLVAREZ

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La antigua Roma a golpe de ratón con Google Earth

Fuente: arquehistoria.com

Gracias a Google, tenemos una nueva forma de descubrir la Roma Imperial en 3D desde casa, por medio de un añadido para la aplicación Google Earth

El servicio se basa en la gigantesca maqueta del arquitecto Italo Gismondi (1887-1974), quien reconstruyó con todo detalle la antigua Roma. Si  instalamos este añadido inicaremos un  paseo virtual por la capital del Imperio Romano, la mayor metrópoli del mundo en el año 320, que nos permite visualizar 6700 edificios, como el Coliseo o el foro romano, once de ellos también desde el interior como el Tabularium o el Templo de Vesta, acompañados por 250 textos explicativos.

El proyecto llamado Roma Renace ha sido desarrollado por las universidades estadounidenses de Virginia y California, en colaboración con la Politécnica de Milán (norte de Italia)

Cómo acceder

Las instrucciones para acceder a la recreación virtual de la Roma del 320 dC son bien sencillas:

Utilizar Google Earth versión 4.3. descargar, entrar en el menú Galería seleccionando  ”Roma antigua en 3D”
Buscar Roma en el mapa.

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Avance capítulo 5 ‘LA MÁSCARA’ De Imperium

Fuente: antena3.com

Cora no parará hasta descubrir la verdad

Sin Galba presionándola, Cora avanza en su investigación para liberar a su padre mientras intenta olvidar que cometió el error de besar a Tito. La única pista que tenía, un militar llamado Mario Terentio Ruga, antiguo aliado de Galba, ha aparecido muerto en extrañas circunstancias. Cora sabe que algo no encaja en esa muerte y no parará hasta descubrir la verdad.

AVANCE CAPÍTULO 5 ‘LA MÁSCARA’

Galba va a ser juzgado en el senado por el asesinato del hijo de Claudia, Cayo. Un asesinato que ordenó al descubrir que no era su hijo. Lo que nadie sabe es que el bebé nunca fue asesinado. Al descubrirse esta información, comenzará una lucha por hacerse con ese niño. Él es lo único que separa a Galba de una condena segura.

El marido de Cordelia, Sila, decide escalar puestos en la familia auspiciado por el consejo de su madre, Casia, que está dispuesta a descubrir el secreto que Craso y Cordelia ocultan con tal de hacer que su hijo prospere.

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Estamos locos estos romanos

Fuente: farodevigo.es

29/09/2012

A los romanos de Antena 3 les iban mucho mejor las cosas en “Hispania” que ahora en “Imperium”. Algo desconcertante si esto se debe al cambio de personajes porque la sola desaparición de Juan José Ballesta en el papel de Paulo (Paulo, Paulo, ¿por qué nos perseguías?) ya supone una mejoría en la plantilla de actores independientemente de quiénes sean todos los demás. Y más desconcertante aún si el motivo no es el cambio de algunos personajes sino el traslado de escenario a Roma. Pero esa es, me temo, la explicación.
Partamos de una anécdota para llegar a la categoría. Cuando este verano la presentadora de “Conexión Asturias” (la versión asturiana del desaparecido “España directo”, tristemente desaparecido si lo comparamos con el cargante “+ Gente” que lo sustituye ahora) dio paso a un corresponsal, dijo “Vaya, veo que te pasaste al enemigo”. Lo que había hecho el corresponsal, que se encontraba en una de esas fiestas en las que se recrea una batalla entre los romanos y los pueblos indígenas, fue “cambiar de bando” al ir a entrevistar a los romanos. Una anécdota que nos avisa de que somos unos románticos ingenuos convencidos de que somos descendientes de los indígenas y que los romanos son nuestros enemigos, que creemos que Viriato era el jefe de los nuestros contra los otros, el antepasado de Curro Jiménez cuando la invasora fue Roma.
Y no. Nosotros somos los romanos. “Imperium” no es un spin-off que nos cuenta (mejor o peor) qué fue de los enemigos cuando nos derrotaron y volvieron a la capital de su país, sino qué fue de nosotros en la capital del imperio del que formábamos parte y sobre cuyas ruinas construimos nuestro mundo, nuestros caminos, nuestras palabras, nuestras vidas. Así son las cosas: el noroeste de la Galia hoy no está habitado por los descendientes de Axtérix y Obélix, sino de los romanos de los campamentos de Babaórum, Acuárium, Láudanum y Petibónum.

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