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Los olvidados de Roma, de Robert C. Knapp

Fuente: fantasymundo.com

El profesor Knapp nos ofrece un variado retrato de la vida del pueblo romano, con un rigor que, sin caer en la erudición excesiva, permite al lector tener un amplio conocimiento de su vida cotidiana

Indica el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción, que la historia es la “narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados”. Estamos, pues, ante una acepción que parte de un matiz claramente subjetivo que resulta fundamental para la cabal comprensión de la materia: el acontecimiento ha de ser “digno de memoria”. Así, la esencia de la concepción tradicional de la historia, la conditio sine quae non para que la historia lo sea es que los hechos han de ser memorables. Y de ahí se plantea la siguiente pregunta directamente relacionada tanto con la autoría de la historia como con su objeto: ¿quién decide qué es memorable y qué no lo es?

Parece indudable que la historia la escriben los vencedores; los vencidos rara vez consiguen que su voz se escuche. Las clases populares, los desposeídos, los históricamente vencidos en la lucha de clases -el proceso histórico por excelencia- se mantienen forzosamente silentes o silenciados a la sombra de una Historia oficial con mayúsculas construida por las clases dominantes.

Así, la historia de todo tiempo y lugar se presenta ante todo como una elaboración de la elite, un mero retrato de lo que quiere mostrarnos. Eso explica que en muchas ocasiones se haya visto reducida a una mera sucesión de anécdotas de los notables, a una narración o un relato que se limita sólo a aquello que las clases hegemónicas quieren contarnos -habitualmente magnificando su gloria y minimizando, cuando no ocultando, sus miserias- empleando su propio lenguaje y perspectiva. Asistimos así a la construcción de un lenguaje y un relato demiúrgico: si no te nombro no has existido y si te nombro existirás por los siglos de los siglos como yo quiero que existas. ¡Vae victis!

Sin embargo, al lado de esa historia existe la historia cotidiana de las enormes mayorías que nunca han trascendido individualmente, pero que suponen la estructura real del mundo y cuyo conocimiento y estudio puede ayudarnos a entender mejor lo que en él ha ocurrido y por qué.

No podemos obviar que la construcción del relato histórico de esas mayorías silentes o silenciadas, una historia que pueda reflejar su cotidianeidad y permitirnos entender la realidad del proceso choca con una dificultad: el carácter limitado de las fuentes. En el caso del Mundo Antiguo tal circunstancia es palpable ya que hay relativamente pocas fuentes directas de esa inmensa mayoría y se enfrentan a una historia “oficial” o “tradicional” (disculpen las más que discutibles calificaciones) cuajada de excesivos tópicos y prejuicios respecto a la clases populares, consecuencia directa de esa visión que las elites pueden y quieren perpetuar.

Precisamente para aproximarnos a esa historia de las mayorías disponemos del libro del catedrático emérito de Historia antigua de Berkeley Robert C. Knapp, “Los Olvidados de Roma” (Ariel, disponible en FantasyTienda, dedicado a estudiar la vida cotidiana de las clases populares romanas (identificadas en el subtítulo como prostitutas, forajidos, esclavos, gladiadores y gente corriente). En esta obra el profesor Knapp pretende y, a mi juicio, consigue “desvelar y comprender cómo era la vida de la gente que vivía en Roma y su Imperio” que no formaba parte de la elite, es decir la historia de la gente corriente que formaba el 99,5% de la población del Imperio.

En esa difícil tarea es de destacar el hábil empleo de las fuentes disponibles, ya que, como el lector podrá comprobar, el autor ha recurrido al empleo conjunto de fuentes muy diversas que van desde las literarias procedentes de la propia elite (“El Asno de Oro”, “El Satiricón”, diversas obras sobre agricultura, el “Carmen Astrologicum”, diversos romances griegos, etc.), los textos del Nuevo Testamento (en tanto fuente histórica del siglo II d.C), o la literatura popular, al material epigráfico o los papiros procedentes de esa gran mayoría. Como el propio autor reconoce en su capítulo dedicado al tema “utilizadas en conjunto, todas nuestras fuentes nos permiten ver a los romanos invisibles”.

Partiendo de ese análisis de conjunto, el profesor Knapp nos ofrece un variado retrato de la vida del pueblo romano, con un rigor que, sin caer en la erudición excesiva, permite al lector tener un amplio conocimiento de la vida cotidiana en Roma. Ello exige que se hable de las cuestiones y personas más variadas, trazando una suerte de paisaje sociológico romano que permite entender su configuración y causas.

Así, por ejemplo, el lector puede conocer las condiciones de vida de los esclavos (como expone el autor, ciertamente muy variadas en función tanto de quien fuera el propietario como de las propias circunstancias personales del esclavo) y también el sentido económico y social de la institución y su relación directa con otras cuestiones sobre las que se sustentaba el orden social y moral romano y se construía la idiosincrasia de las masas. En este sentido, es inevitable trazar una directa relación entre una sociedad esclavista y la situación de sumisión en la que se encuentran las mujeres, o la relación entre el poder y la gran masa de proletarios desocupados que sobreviven en un mundo en el que la violencia y la superstición están a la orden del día y se asumen como algo natural, de modo tal que se hace perfectamente comprensible que la vida de soldado pueda resultar atractiva y más segura o que los gladiadores fueran ídolos de masas venerados y, hasta cierto punto, privilegiados.

El autor hace un verdadero esfuerzo por exponernos claramente esa realidad pero, con gran mérito, sin que se corra en ningún momento el riesgo de enjuiciar ese mundo romano tan distinto del nuestro. “Los Olvidados de Roma” consigue hacernos partícipes de un viaje al pasado que permite comprender y entender varios porqués y, al tiempo, librarnos de ciertas creencias que pueden haberse transmitido y que chocan con la realidad. A modo de ejemplo, la vívida descripción de los baños romanos nos pone ante un medio bastante menos apetecible de lo que cabría pensar. Del mismo modo, la palpable desconfianza hacia el poder y la justicia de las elites que tenía la gran masa del pueblo romano (más proclive a tomarse la justicia por su mano mediante linchamientos que a arriesgarse a recurrir a una autoridad que se ve como rapaz y prevaricadora) acaba en parte con la fetichización del orden romano y de un Derecho Romano que, realmente, sólo era útil a las elites.

De la clara exposición del libro resulte indudable que ese orden social se asumió en su momento como algo natural o consustancial a la naturaleza humana, algo con lo que se debe convivir y que se debe padecer. Pese a lo que pudiera parecer o nos gustaría creer, la esclavitud, violencia, situación de la mujer, etc. formaban parte de lo cotidiano, limitándose el común de los mortales a conducirse en ese marco, pero sin intentar cambiarlo. Dicho de otro modo: la conciencia de clase -de haberla- tenía un tinte fatalista y nada revolucionario; y los revolucionarios -de haberlos- pocas veces buscaban más que una inversión de términos, las más de las veces temporal, en un contexto en el que la movilidad social era más bien escasa.

El gran mérito de la obra es sin duda el transmitirnos todo eso con rigurosidad científica pero sin aridez, al tiempo que se toma conciencia de que, por muy alejados que puedan estar en el espacio y el tiempo, los olvidados de Roma eran personas que, como nosotros, amaban, sufrían, luchaban, tenían miedo, se alegraban, etc. Personas en el fondo ni muy distintas ni con preocupaciones muy diferentes, aunque a su modo y en su medio.

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Desde los tiempos de la Roma antigua: sorprendentes y útiles consejos culinario-medicinales

Fuente: eltiempo.com

Hoy vamos a continuar dando un vistazo al libro de Apicio, De Re Coquinaria. Además de recetas, este romano aconsejaba importantes aspectos relacionados con la conservación de alimentos,- tan importante en una época donde no existían aún los refrigeradores- y de paso señalaba algunos aspectos vinculados con la salud. Veamos qué podemos rescatar dos siglos después. Hay que advertir que algunos ingredientes pueden ser hoy imposibles de localizar. Igualmente, la agitación de la vida contemporánea puede impedir seguir con exactitud algunos consejos. Otros pueden resultar atinentes después de un gran corte de luz o en paseos campestres:

1. Receta para desalar la carne:

Se desala la carne hirviéndola primero en leche, y después en agua (esto por si a alguien se le pasa la mano en la sal mientras sus invitados lo esperan)

2. Receta para conservar el pescado frito (esta puede servirnos hoy):

Rociarlo con vinagre caliente en el mismo momento en que, ya frito, se retira del fuego.

3. Para conservar las ostras

Lavar las ostras con vinagre, o bien recubrir de pez un recipiente y colocar en él las ostras.

4. Cómo disponer de benjuí (bálsamo arómatico obtenido de un árbol de las islas de Java) siempre que uno quiera

Poner el benjuí en una tinaja de gran tamaño y unos veinte piñones (almendra comestible de la semilla del pino piñonero), por ejemplo. En el momento en que se vaya a emplear el benjuí, picar los piñones y ello dará un sabor exquisito a los alimentos. Se volverán a echar en la tinaja otros piñones.

5. Cómo conservar los dulces con miel

Coger lo que los griegos llaman cnecos, azafrán puro. Desmenuzarlo y mezclar con miel mientras se preparan los dulces.

6. Cómo dejar en buen estado la miel pasada

 La miel pasada puede dejarse en buen estado para venderla si se mezcla una parte de ella con dos de miel buena.

7. Cómo reconocer la miel en mal estado (Tenga cuidado de no provocar un gran incendio)

Encender en la miel una mecha; si está en buen estado, arderá.

8. Cómo conservar las uvas

Coger uvas de la vid que no tengan ningún defecto, hervir agua de lluvia hasta reducirse a la tercera parte y echarla en un recipiente junto con las uvas. Taparlo con yeso y pez, y colocar en lugar fresco donde no dé el sol. Cuando quieran comerse, se tendrán uvas verdes. El agua puede darse, en lugar de hidromiel (agua mezclada con miel), a los enfermos. Se conservan igualmente tapándolas con cebada.

9. Cómo conservar las manzanas y las granadas

 Ponerlas en agua hirviendo, sacar enseguida y colgarlas.

10. Cómo conservar los membrillos

 Escoger unos membrillos sin ningún defecto, con el tallo y las hojas; colocarlos en un recipiente, cubrirlos con miel y defritum (jarabe romano espeso que se obtenía del zumo de uva). Así se conservarán mucho tiempo.

11. Cómo conservar higos, manzanas, ciruelas, peras y cerezas.

Escogerlas cuidadosamente con su peciolo y ponerlas en miel, sin que se toquen.

12. Cómo conservar los limones

 Echarlos en un recipiente, tapar con yeso y colgarlo.

13. Cómo conservar las moras

 Hacer un jugo de mora, mezclarlo con sapa (vino cocido, reducido a 1/3) y echarlo con las moras en un recipiente de vidrio. Se conservarán mucho tiempo.

14. Cómo conservar las verduras

Escoger verduras que aún no estén maduras, y ponerlas en un recipiente recubierto de pez.

15. Cómo conservar los nabos

Primeramente, limpiarlos y colocarlos con cuidado; a continuación, cubrir con bayas de mirto, miel y vinagre. Otro modo: Hacer una mezcla con mostaza, miel, vinagre y sal; echarla sobre los nabos previamente limpiados.

16. Cómo conservar las trufas (variedad muy aromática de hongo carnoso y redondo que se cría bajo tierra)

 Colocar las trufas, que aún no hayan sido puestas en agua, dentro de un recipiente, poniendo encima de ellas de forma alternada, una capa de serrín seco y otra de trufas, sucesivamente. Tapar con yeso y

 17. Cómo conservar los melocotones

 Escoger melocotones de primera calidad y ponerlos en salmuera. Sacarlos al día siguiente, escurrirlos cuidadosamente y colocar en un recipiente.Echarles sal, vinagre y ajedrea (hierba usada desde hace milenios como condimento).

18. Cómo conservar aceitunas verdes para hacer aceite en cualquier época.

Echar en aceite aceitunas cogidas del árbol, y se conservarán como si fuesen recién cogidas. Con ellas se podrá hacer aceite verde siempre que se quiera.

Y para finalizar, una receta atractiva y medicinal:

Sal de Especias

La sal de especias es recomendable para la digestión, para mover el vientre, y previene contra todas las enfermedades, la peste y los resfriados. Tiene un sabor mucho más agradable de lo que se cree.

Ingredientes:

325 gr. de sal común frita,

650 gr. de sal de amoníaco (sustancia salina que se daba a los que se desmayaban para reanimarlos) frita,

80 gr. de pimienta blanca,

50 gr. de jengibre,

10 gr.de comino,

10 gr. de tomillo,

10 gr. de semilla de apio (si no se quiere apio, puede echarse 80 gr. de perejil),

80 gr. de orégano,

10 gr. de grano de jaramago (planta herbácea de flores amarillas y fruto en vainillas delgadas),

80 gr. de pimienta negra,

20 gr.de azafrán,

50 gr. de hisopo de Creta (planta muy olorosa que se usó para aplicaciones en perfumería y medicina),

50 gr.de hoja de nardo,

50 gr. de perejil y

50 gr. de eneldo.

Mucha suerte, si es que deciden emprender la elaboración de esta díficil preparación!! Para la próxima semana esperamos sorprender a nuestros lectores con algunas recetas y curiosidades del periodo medieval.

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El libro de recetas más antiguo del mundo y un vino de rosas

Fuente: eltiempo.com

El ‘romano Apicio’ es el cuerpo de recetas más antiguo que se conoce. Fue una obra que llegó a influir de manera importante en la literatura culinaria del medioevo.

Este recetario es por ende, una compilación de recetas que se remontan a los tiempos de la Grecia antigua y que habrían pasado a Roma y a otros lugares de Europa desde los siglos I y III, en los que fueron redactadas las recetas originales, hasta el periodo medieval y renacentista, en el que le fueron hechas adiciones cada vez que se editaban nuevas versiones.

Es por estas razones que resulta un ejercicio poco productivo saber quién fue en realidad Apicio. Era un nombre bastante usado en la Roma antigua. Sin embargo algunos de sus biógrafos se empeñan en afirmar que el autor de esta biblia gastronómica fue un hombre de costumbres desenfrenadas, glotón, rico y excéntrico que se habría suicidado cuando se sintió al borde de la “quiebra“, aunque aún le quedaban -en moneda actual- algo así como 4 millones de dólares.

Como muchos de los estudiosos de esta obra afirman que los autores fueron varios, nos preocuparemos más por mostrarles el contenido de De Re Coquinaria y el fascinante mundo que trasluce de él. Es un libro que no contiene simplemente recetas sino que es muy cuidadoso en los aspectos que rodean al mundo de la cocina: las especias, los vinos, la salud de los comensales, el predominio de la comida de mar sobre las carnes terrestres. No es entonces como se ha creído habitualmente, un libro de glotonería orgíastica ni de pesadas fórmulas carnívoras.

De Re Coquinaria es un conjunto de diez libros que contienen las siguientes materias:

I: Reglas y consejos culinarios (formas de sazonar, especies, vinos, remedios caseros, consejos de conservación de los alimentos)

II: Para picar: carnes, salchichas, estofados

III: Vegetales y frutas

IV: Miscelánea o generalidades

V: Legumbres

VI: Aves

VII: Platos suntuosos o excesos y exquisiteces

VIII: Cuadrúpedos: gacelas, ovejas, cerdos, etc.

IX: Del mar

X: Del pescado y sus variedades

De este índice ya puede intuirse que había bastante aprecio por la comida de mar en comparación con las carnes llamadas “cuadrúpedos” y que había una preocupación por la sazón con hierbas y verduras. Por ejemplo, se ofrecían consejos sobre el uso de la miel para contrarrestar la grasa de los alimentos.

De este inmensa obra hemos escogido una receta tentadora que no nos explica cómo hacer el vino pero que parece un vino aderezado:

VINO DE ROSAS Y DE VIOLETAS:

Quitada previamente la parte del pétalo, poner en un hilo de lino pétalos de rosa, de manera que queden bien engarzados; echar en el vino la mayor cantidad posivle y dejarlos durante 7 días. Después de ese tiempo, sacarlos y echar otros nuevos exactamente igual que antes, dejándolos reposar durante 7 días y volverlos a sacar. Lo mismo hasta tres veces, y a continuación colar el vino. En el momento en que se vaya a beber, añadir miel y así se obtendrá vino de rosas. Es aconsejable emplear rosas que no estén húmedas y sean de la mejor calidad.

Por el mismo procedimiento hacer el vino de violetas, que se mezclará igualmente con miel.

 

El vino de rosas se vendía en el comercio. Hay recetas dejadas por Dioscórides y Plinio […].

Volveremos pronto con unas recetas más de Apicio, que probablemente se les antoje preparar. Y para los estudiosos de estos temas quizás les interese saber que del libro de Apicio existen algunas traducciones al español. Por otra parte, la sección de libros Raros de la Library of Congress posee muchas de las ediciones más antiguas de De Re Coquinaria en latín, entre ellas, la de 1498 editada en Milán, las de 1500 y 1503 editadas en Venecia, la de 1541 editada en Basilea y la de 1709 editada en Amsterdam.

 

Fuentes:

 

Apicio. Cocina romana. 3ª. Ed. Bárbara Pastor Artigas (ed.). Madrid, Coloquio, 1987.

Cookery and dining in imperial Rome; a bibliography, critical review and translation of the ancient book known as Apicius de re coquinaria, now for the first time rendered into English by Joseph Dommers Vehling, with a dictionary of technical terms, many notes, facsimiles of originals, and views and sketches of ancient culinary objects made by the author; introduction by Prof. Frederick Starr . Chicago, W.M. Hill, 1936.

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Romanos y japoneses

Fuente: blogs.antena3.com

Romanos y japoneses… Parece una combinación imposible, pero nada lo es para la fértil imaginación de la industria del manga. Mari Yamazaki, una dibujante japonesa de perfil internacional que ha residido en Italia y Portugal, entre otros países, sorprendió a propios y extraños cuando en el año 2008 publicó el primer tomo de Thermae Romae, un manga que mezcla los antiguos romanos con los actuales japoneses

En la portada de este manga destaca la figura de una estatua clásica romana de un hombre que, curiosamente, lleva una toalla al hombro y un cuenco de madera en la mano, dos instrumentos típicos de los baños japoneses. Cuando vi este manga en una librería japonesa, antes del boom, no pude evitar comprarlo porque me llamaba poderosamente la atención (leer aquí la reseña que hice en su momento: http://www.mangaland.es/2010/02/thermae/).Pocos meses después, el manga empezaba a despuntar y a convertirse en todo un éxito de ventas (más de 8 millones de unidades vendidas hasta el momento) y crítica (obtuvo prestigiosos premios como el Gran Premio Manga (Manga Taishô) y el Premio Cultural Osamu Tezuka).
La historia nos lleva a la antigua Roma, donde un arquitecto romano llamado Lucius se mete en una terma romana y, no se sabe por qué ni como, cae por un agujero y aparece en unos baños del Japón contemporáneo. Lucius alucina con la tecnología y las costumbres de la “tribu de los caraplana”, como él los llama, antes de volver a Roma. A partir de entonces, el personaje irá protagonizando un viaje tras otro a los dominios de los “caraplana” y conociendo mejor, de la forma más jocosa posible, su cultura alrededor del baño.

Y es que los japoneses, al igual que los romanos en su tiempo, saben disfrutar del placer de un buen baño. Desde sencillas bañeras hasta los baños más high tech de las casas privadas, con mando a distancia, regulación de temperatura automática y efecto jacuzzi; desde humildes casas de baño de barrio a exclusivos resorts termales de lujo, la cultura del baño está más que arraigada en Japón. Y este manga compara, de la forma más jocosa posible, dos culturas tan distintas geográfica y temporalmente como la romana y la japonesa alrededor de uno de sus puntos en común: el placer de un buen baño.

El boom de Thermae Romae siguió durante todo 2009, 2010 y 2011, hasta que definitivamente ha explotado en este 2012, primero con la emisión en Fuji TV de una miniserie de anime de 6 episodios en enero y después con el estreno este verano de la película de imagen real, que ha conseguido un enorme éxito de taquilla y se ha encaramado al primer puesto del ranking de popularidad de los cines nipones. Sin duda, resulta gracioso, y bien raro, ver a actores japoneses encarnar a ciudadanos de la antigua Roma… Como se puede ver en el tráiler que adjuntamos.

El manga de Thermae Romae ha sido licenciado en España por Norma Editorial (y yo tendré el placer de realizar su traducción) y el lanzamiento de su primer tomo (de 4, de momento) está previsto para abril de 2013. Todavía faltan unos meses, que se harán muy largos, pero estoy seguro de que la espera no defraudará.

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Catón el Viejo, el romano incorruptible

Fuente: nationalgeographic.com.es

Famoso por su austeridad personal y por su patriotismo, Marco Porcio Catón intentó, desde su cargo de censor, que los romanos volvieran a las costumbres puras de sus antepasados

Ser un «catón», según el diccionario de la Real Academia Española, es lo mismo que ser un censor severo, alguien que critica o censura los comportamientos de otras personas que considera inmorales. El mismo diccionario señala que tal palabra proviene de un personaje singular, Marco Porcio Catón, llamado el Viejo o el Censor para diferenciarlo de otros Catones famosos de la historia de Roma, como su bisnieto Catón de Útica, que prefirió el suicidio antes que entregarse a su enemigo Julio César. Ya en la misma Antigüedad, Catón el Viejo dejó fama de hombre de moral estricta e intachable. Según el historiador griego Plutarco, los que eran reprendidos por alguna causa respondían que ellos no eran Catones, es decir, que no eran perfectos. Un siglo después de su muerte, Cicerón, en su diálogo Sobre la vejez, introducía como personaje a Catón, a quien presentaba como un anciano de espíritu juvenil; otro de los personajes del diálogo, Escipión, elogiaba su «sabiduría», que «nunca he visto que te resulte pesada».

Marco Porcio Prisco nació en el año 234 a.C. en Túsculo, una ciudad del Lacio que dos siglos antes se había convertido en aliada de Roma. Porcio era un labriego fornido, trabajador y con grandes dotes para la oratoria. Debido precisamente a su don de palabra y a los pleitos en que empezó a defender a sus paisanos, sus paisanos olvidaron su apellido (cognomen) Prisco y comenzaron a llamarle Cato o Catón, que significa «sabio».

Marco Porcio Catón era vecino de un noble romano, Marcio Curio, famoso por su frugalidad y a quien Catón decidió imitar en todo. Siendo joven, Catón se unió al ejército y en 209 a.C. participó en la conquista de Tarento, antigua colonia griega en el sur de Italia. Fue entonces cuando entró en contacto con la filosofía helénica. Más tarde, otro vecino suyo de Túsculo, Valerio Flaco, admirado de su austero modo de vida, le propuso trasladarse a Roma con él para iniciarse en la vida pública.

De soldado a gobernador

Fue así como Catón emprendió el cursus honorum, la carrera de honores típica de los ciudadanos romanos. Tras actuar como abogado en el Foro fue elegido primero tribuno militar y poco después cuestor (pagador del ejército). En el ejercicio de estos dos cargos intervino en la guerra contra Cartago. Fue durante la campaña de África cuando comenzó su enemistad con Escipión el Africano. Catón le reprochaba «la inmensa cantidad de dinero que gastaba y lo puerilmente que perdía el tiempo en las palestras y los teatros», a lo que el Africano le respondía airadamente «que contara las victorias, y no el dinero».

Tras su cuestura, Catón ingresó en el Senado. En el año 199 a. C. fue elegido edil plebeyo y dos años después fue gobernador en Cerdeña. En estos años se labró una reputación de gobernante honrado, que jamás tocó una moneda que perteneciera a la República, y también obtuvo una gran fama como orador, que le valió el apodo de «Demóstenes romano». Catón era conocido en toda la ciudad por su afición al ahorro, rayana incluso en la tacañería, y su gusto por la comida y el vestido sencillos y sin ostentación. Pero también destacó como hombre de negocios, dedicado a empresas de fletes marítimos y a sus campos de cultivo. Plutarco, en su biografía, le reprocha su afición desmedida a amasar una fortuna y el duro trato que dispensaba a los esclavos de su hacienda.

El consulado

Tras su exitoso gobierno de Cerdeña, en el año 195 a.C. Catón fue elegido para la más alta magistratura romana: el consulado. Su colega en el cargo fue su amigo y vecino de Túsculo, Valerio Flaco. A continuación a Catón le tocó en suerte la provincia de Hispania Citerior. Cerca de Ampurias derrotó a una coalición de rebeldes y se dice que tomó trescientas localidades enemigas. Su rival Escipión el Africano consiguió el gobierno de esa misma provincia tras él y se apresuró a viajar allí para evitar que Catón continuara obteniendo fama con sus victorias. El botín conseguido por Catón fue a parar íntegramente al erario público, salvo una cuantiosa recompensa que otorgó a sus soldados. Él, en cambio, no tomó nada para sí; de hecho, a su querido caballo, con el que había conseguido tantas victorias, lo dejó en Hispania para no encarecer el transporte de vuelta a Roma.

Una vez en la capital, en vez de dedicarse al ocio que su carrera política y militar le aseguraba, decidió volver a empezar y se ofreció como simple oficial o legado a otros generales y gobernadores provinciales. Así, acompañó como tribuno militar al cónsul Manio Acilio Glabrio a Grecia para luchar contra Antíoco III de Siria, quien había invadido la región y soliviantado a las ciudades griegas contra Roma. Tras contribuir de manera decisiva a la victoria de Acilio en la batalla de las Termópilas, en el año 191 a.C., liderando personalmente la carga contra la retaguardia griega, Catón regresó a Roma.

Así, con 44 años, Catón dio por finalizada su carrera militar. Pero no por ello se apagaron sus ambiciones políticas. Al contrario, su aspiración se dirigió a uno de los cargos más prestigiosos de la República: el de censor. Básicamente, un censor era el encargado de elaborar el censo de ciudadanos romanos, decidiendo quién podía ser considerado como tal y también quién tenía derecho a ser senador y caballero. Esto le daba potestad de expulsar a quienes no se ajustaran a las virtudes exigidas en dichos órdenes. Los censores se convirtieron, así, en una especie de policía moral, muy respetada por los romanos.

La conciencia de Roma

El interés de Catón por este cargo se explica por su decidido propósito de restablecer en Roma lo que él consideraba como la auténtica moral romana. Catón estaba indignado por la influencia de la cultura y las costumbres griegas, que consideraba depravadas y nocivas. Consideraba la higiene personal y la costumbre de afeitarse como una forma de afeminamiento, y por ello quiso poner de moda las túnicas de lana raídas y las barbas descuidadas. También lanzó resonantes acusaciones de corrupción contra destacados miembros de la élite romana. Denunció a su antiguo jefe militar, Acilio Glabrio, por haber aceptado sobornos, y poco después a Escipión Asiático, el hermano del Africano, por haber aceptado dinero de Antíoco. Estas actuaciones acrecentaron su popularidad, hasta que en 184 a.C. fue por fin nombrado censor.

Durante el ejercicio de su cargo Catón consiguió revisar las listas de senadores y caballeros, aprobó medidas contra los publicanos (los recaudadores de impuestos, a los que el pueblo odiaba por su codicia) y decretó duros impuestos sobre la compra de los artículos que consideraba de lujo, como vestidos, carruajes o vajillas. Durante años se le vio yendo y viniendo por el Foro, defendiendo causas, apoyando reformas, intentando volver a la supuesta severidad de los antepasados. En todos esos tejemanejes, sus dichos graciosos se hicieron famosos, y con el tiempo se llegó a formar una colección de ellos, los «dichos de Catón».

Pero en su vida personal Catón no estuvo siempre a la altura de lo que exigía a los demás o, al menos, así se lo reprocharon. Habiendo enviudado de su mujer y teniendo ya un hijo crecido, empezó un «romance» con una doncella que no sólo era mucho más joven que él sino que también era la hija de uno de sus libertos, algo poco apropiado para un ex cónsul y ex censor. Cuando la historia se supo en Roma, Catón se casó con la muchacha y tuvo un hijo de ella.

Guerra sin cuartel

Ni siquiera cuando ya era un octogenario dejó Catón de actuar como autoridad moral ante sus conciudadanos y de advertirles sobre los peligros del contacto con el extranjero. En el año 155 a.C. hizo que expulsaran de Roma a los embajadores de Atenas, por la mala influencia que ejercían en la vida romana, según decía. Al mismo tiempo, con la excusa de apoyar a Masinisa, rey de Numidia que era aliado de Roma, alertó a sus compatriotas de la amenaza para su seguridad que suponía Cartago, a la que instaba a borrar del mapa. El cauto Catón, el censor severo, no alcanzó a ver el resultado de sus discursos. Pocos meses después de su muerte, a los 85 años, Cartago fue destruida implacablemente por el ejército romano, y su perímetro urbano quedó sembrado con sal para que nada volviera a crecer.

Sin embargo, pocas de las medidas apoyadas por Catón para disciplinar a los romanos pervivieron mucho tiempo. Un siglo después, en plena crisis de la República, su figura de patriota inflexible se recordaba con nostalgia, como un hombre perteneciente a otra época.

PARA SABER MÁS

Vidas paralelas, IV. Plutarco. Gredos, Madrid, 2007.

Catón el Viejo. Eugenio Corti. Sígueme, Salamanca, 2008.

Por Juan Luis Posadas. Doctor en historia, Historia NG nº 103

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IX Mediterráneos de Pedro Cano en el Teatro Romano de Cartagena

Fuente: infoenpunto.com

No aparece el mar. En las 54 pinturas realizadas por Pedro Cano se traza el cuerpo y el alma de nueve ciudades que son parte de la orilla de un ‘marenostrum’ que salpica la historia del mundo occidental. Exposición sin fronteras cuya andadura se inicia en el Teatro Romano de la antigua Cartago Nova, para a continuación presentarse en la capital del Imperio Romano, en los Mercados de Trajano de Roma.

Pedro Cano ha representado Alejandría a través de retratos de Alejandro Magno, viejos alfabetos, cartas marinas e hipótesis del faro. A Cartagena le dedica una visión centrada en sus salinas, a los atunes y pulpos que se secan al viento y a las viejas ánforas donde se transportaba el ‘garum’. Y al llegar a Estambul se fija en la Constantinopla, en Santa Sofía, mandada construir  por Justiniano como templo cristiano que el islamismo convierte en esquema de toda su arquitectura religiosa.

Y sigue Mallorca, representada a través de las celosías de un claustro de la cartuja de Valldemosa, donde Chopin se curaba alejado de los fríos inviernos del norte europeo. Para el pintor, Nápoles es la ‘smorfia’ que con sus noventa números, con figuras, es uno de los tesoros de la ciudad partenopea. Y la isla de Patmos, en Gracia, representada por las coronas de flores que cuelgan como collares en las puertas de las casas.

Sicilia tiene memoria griega. La Venus de Siracusa, el sátiro de Mazzara y el joven de Mozia nos hablan de la importancia del mundo clásico en la isla más grande del Mediterráneo. Split en el palacio de Diocleciano. Construido como morada y mausoleo del emperador, se convierte poco a poco en un refugio y después en ciudad.

Y la difícil mirada sobre Venecia son las ‘pallines’ o sea, los palos que emergen de la laguna con listas oblicuas de color y que, seguramente, cuentan historias que ni siquiera los habitantes de los palacios circundantes conocen. Son los IX Mediterráneos captados por Pedro Cano, presentados en la exposición abierta en el Teatro Romano de Cartagena, hasta el 15 de septiembre de 2012.

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José Carlos Plaza se indigna con Electra

Fuente: elcultural.es

Llega al Festival de Mérida uno de los grandes clásicos de Eurípides

El clásico de Eurípides con un equipo clásico, liderado por José Carlos Plaza e integrado por Ana Belén, Julieta Serrano, Carlos Álvarez-Novoa y Vicente Molina Foix, entre otros. Hasta el 29 de julio, el Teatro Romano de Mérida acoge este montaje, que refleja “la situación dramática en la que nos encontramos”.

Cambio de tercio en el Festival de Mérida. Después de un montaje como Helade, que mezclaba textos antiguos y modernos, y la tragicomedia romana de Anfitrión, el Teatro Romano vuelve a la cuna del teatro con Electra. La tragedia de Eurípides estará en cartel desde hoy y hasta el 29 de julio dirigida por José Carlos Plaza, que vuelve al histórico recinto después de la reconocida Fedra que montó hace seis años. En esta ocasión, la adaptación del texto es de Vicente Molina Foix.

De las tres Electras griegas, las de Esquilo, Sófocles y la del autor de Medea, Plaza ha escogido la última. “Porque no tiene ni coro ni dioses”, responde rápido y contundente el director cuando se le pregunta por el motivo de la elección . “Además, es el título que más se asemeja a la situación dramática en la que nos encontramos, queríamos a una Electra lo más humana posible, sin ningún tipo de referencias divinas ni ataduras más allá de las suyas propias como ciudadana”.

La principal es la que se debe a sí misma por la opresión en la que vive después de que su madre matara a su padre para usurpar el trono. “Ante esa injusticia hiriente en la que se encuentra, se rebela. Lleva 20 años esperando a que se haga justicia y, como no ve forma de conseguirla, lo hace con una violencia terrible”. Así pasa con los seres humanos, “unos leones dormidos a los que la cultura, la educación y el desarrollo han conseguido anestesiar el odio, el rencor y el deseo de violencia que llevamos dentro. Aún son leones, por eso cuando despiertan hay que tener cuidado con lo que pueden hacer porque rompen todas las ataduras de la civilización”, advierte.

Para Electra, Plaza recurre a gran parte de los actores y técnicos con los que trabaja habitualmente. “Es que teatro significa equipo. No se puede hacer nada individualmente, a no ser que seas uno de esos escasos genios. Yo, como no lo soy, necesito trabajar con un grupo de personas con las que comparto un lenguaje y un concepto escénicos que luego ofrezco al espectador”.

De ese equipo forman parte actores como Fran Perea, Julieta Serrano y Ana Belén, a quienes ya dirigió en Fedra. Se ha sumado otro viejo conocido, Molina Foix, al que Plaza piropea diciendo que es “uno de los más grandes escritores hispanos”, y con el que, junto a Ana Belén, ya trabajó en otros montajes como Hamlet, El mercader de Venecia o La bella Helena. A esos actores se les une otra decena, entre los que se encuentran Carlos Álvarez-Novoa y un pequeño grupo de mujeres que en un momento dado abandonan sus personajes particulares para convertirse en “un reflejo de coro, pero sin llegar a serlo porque cada una mantiene su personalidad”, puntualiza.

Los tres actores comparten un escenario creado por el propio Plaza, en el que apenas unos montículos de arena roja y unos herrumbrosos y roñosos aperos de labranza lo convierten en “un mundo sucio, de sangre y de violencia”. El vestuario acentúa esa idea con unos figurines de Pedro Moreno que ha elaborado “una línea épica, suma de grandeza y barroquismo, que remite, en cierto modo, a la corrupción de la pintura de Bacon”.

Todos esos elementos convierten a Electra en un montaje “de gran limpieza y delicadeza, pero con una fuerza extraordinaria para que su clamor contra la injusticia llegue hasta el último asiento del Teatro Romano”, dice con tono más grave Plaza. “Porque eso es lo único que puede hacer el teatro, alzar la voz contra la corrupción y podredumbre en la que vivimos”, concluye el director.

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