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La prostitución, veneno y alimento de un oficio antiguo

Fuente: bolpress.com

Si en la antigua Grecia y Mesopotamia la prostitución formaba parte de las tareas del templo, y todas las mujeres participaban en ellas antes del matrimonio como un tipo de ritual religioso, en la cultura incaica existían doncellas que, a tiempo de adorar a los dioses, satisfacían los impulsos sexuales del Inca. También se admitió la existencia de “pampayrunas” (prostitutas), quienes vivían aisladas en el campo y dedicadas al comercio sexual. Entre los mayas estaba permitido que los varones llevaran prostitutas a sus casas.

La prostitución de la mujer es tan antigua como la mercancía, con valor de uso y de cambio, una profesión ejercida generalmente por las mujeres provenientes de los esta­mentos sociales más bajos, una de las manifestaciones del desplome aterrador de la dignidad humana y los valores morales.

Los hombres, en el pasado, no consideraban indecente el oficio de la prostitución, porque ya entonces, como en la actualidad, eran ellos quienes controlaban la superestruc­tura social, donde las mujeres no tenían acceso sino como hetairas o amantes. Por ejemplo, en los países orientales, la prostitución pública de una mujer estaba admitida por todos.

En Babilonia, la orgullosa ciudad de la Mesopotamia, se permitía que las jóvenes fuesen en peregrinación, por lo menos una vez, al templo de la diosa Milita, para pros­tituirse en su honor, al capricho de los hombres que acu­dían a raudales, con la intención de descubrir los misterios del amor a través del contacto con una “profesional del placer”. Se consideraba una virtud pertenecer a la orden de las sacerdotisas del templo Istar -diosa de la fertilidad y la guerra-, y los propios reyes dedicaban sus hijas a la vo­cación sacerdotal, cuya principal función era servir de prostitutas sagradas en las grandes festividades.

Las hetairas, mujeres que elevan la práctica del amor a la categoría de arte, fueron autoras propias de tratados sobre dichas prácticas, pudiéndose enunciar los tratados de Artyanassa, vieja servidora de Helena, de Filenis de Samos y los de Elefantis. No en pocas ocasiones, el erotismo literario va asociado a la comedia o se asocia con la sátira y la crítica social.

En las religiones y sistemas de creencias siempre está presente el erotismo, aunque se lo puede encontrar en dos facetas aparentemente muy opuestas: por ejemplo en el cristianismo católico los textos místicos de san Juan de la Cruz y “Las Moradas” de santa Teresa de Ávila poseen una retórica llena de un sublimado erotismo dirigido a la deidad, mientras que en otras religiones (como las de los fenicios, mesopotámicos etc.) existía una prostituta sagrada que llegó a la Grecia clásica, en la Roma Antigua se hace notorio el contraste entre la “lujuria” con abundante arte erótico o, más que entre los griegos, directamente pornográfico y la severa castidad y virginidad impuesta a las vestales. Tales antinomias dentro de un mismo sistema religioso se evidencian asimismo en el hinduismo donde existen movimientos promotores de las más rigurosas ascesis opuestas a lo libidinoso junto a exaltaciones de la sexualidad como ocurre con el conocido texto del “kama Sutra” o las imágenes de templos como los de Suria y Khajuraho.

August Bebel, basándose en los relatos del “Antiguo Testamento”, demostró que los judíos no eran ajenos a este tipo de culto y al oficio de la prostitución. En su libro, “La mujer”, apunta: “Abraham cedía, sin escrúpulos, las gracias de Sara a otros hombres, sobre todo a los jefes de tribus (reyes) que iban a visitarle y le retribuían espléndidamente. El patriarca de Israel, antepasado de Jesús, no encontraba repugnante este comercio que hoy calificamos de indigno y deshonroso. Es notable que aún hoy, en las escuelas, se enseña a las niñas el mayor respeto hacia aquel hombre. Como es sabido y hemos dicho ya, Jacob se casó con dos hermanas, Lía y Raquel, las cuales también le entregaban sus siervas; y los reyes hebreos David, Salomón y otros disponían de numerosas harenes, sin que frunciese el ceño Javeh. Era costumbre, y las mujeres la aceptaban” (Bebel, A., 1976, p. 34).

En la antigua Grecia se establecieron también casas públicas, con mujeres que vivían del comercio sexual. Solón las introdujo en Atenas el año 592 antes de la Era cristiana, como apéndice de las instituciones del Estado; hecho que fue elogiado por sus contemporáneos en los siguientes términos: “¡Loor a Solón por haber comprado mujeres públicas para la depuración de las costumbres y sosiego de una ciudad poblada de jóvenes robustos, que sin tan sabia fundación perseguirían con sus galanteos descarados a las mujeres de las clases principales!”. En Lidia, Cartago y Chipre, las jóvenes tenían, por su parte, el derecho a prostituirse para ganarse la dote.

La prostitución de las doncellas, “entre los fenicios y los lidios, se imponía a título de deber religioso, y en esto se funda, evidentemente, la costumbre, frecuente en la anti­guedad y en las comunidades de mujeres, de conservar la virginidad para hacer con ella una especie de ofrenda reli­giosa al primero que llegara y pagara su precio a los sacerdotes. Costumbres análogas existen aún hoy, como relata Bachofer, en muchas tribus indias, en Arabia del Sur, en Madagascar, en Nueva Zelandia, donde la prometida es prostituida por la tribu antes del matrimonio. En Malabar paga el marido un tanto al que desflore a su mujer (…) Semejante institución y costumbres sentaban admirablemente a un clero libidinoso, sostenido por hombres de no mayor valía moral; así la prostitución de la mujer soltera se hizo una regla establecida para el cumplimiento de los deberes religiosos (…) El sacrificio público de la virginidad simbolizaba la concepción y la fertilidad de la tierra pro­ductora, y se cumplía en honor de la diosa de la fecundidad, venerada en todos los pueblos de la antigüedad bajo los diferentes nombres de Aschera-Astarté, Milita, Afrodita, Venus y Cibeles. Se elevaban en su honor templos especiales, provistos de altares de toda clase, donde se hacían sacrificios a las diosas, según ritos determinados. La ofrenda en dinero, que los hombres depositaban, caía en la bolsa de los sacerdotes” (Bebel, A., 1976, pp. 31-32).

En la cuenca del Mar Mediterráneo, ya fuera en el Antiguo Egipto o entre los pueblos semíticos solía considerarse ya como una desnudez el hecho que las mujeres mostraran en público su cabellera; la ocultación de la cabellera femenina también existió aunque más moderada en la antigua Grecia y la antigua Roma, en la Roma clásica se distinguía a la mujer que no era “lupa” (lupa = “loba” = prostituta) porque llevaba en público sus cabellos o bien cubiertos o recogidos en un rodete; en el Antiguo Egipto se consideró un acto de desnudez femenino el hecho que la mujer exhibiera su cabellera natural, pero como era común que los egipcios y las egipcias se decalvaran por cuestiones de higiene extrema (por ejemplo evitar piojos) el uso de pelucas por parte de las mujeres era altamente erótico y las mujeres semidesnudas con peluca excitaban como si estuvieran desnudas.

La semidesnudez erótica entre los antiguos egipcios ha sido común en pinturas y estatuaria en la que aparecen representadas bellas mujeres vestidas con tules u otras ropas sutiles de hilado con lino cuyas trasparencias permitían observar gran parte del cuerpo femenino, para el egipcio común como para otros pueblos, la mujer saliendo vestida de las aguas, aunque con sus ropas mojadas ciñéndole el cuerpo y mostrando la mayor parte de sus curvas, ha sido una semidesnudez (semidesnudez que se reiteró más de tres mil años después entre cierta élite francesa en tiempos previos al Imperio Bonapartista: la moda estilo imperio precedió al mismo Napoleón I entre las mujeres, las cuales para evidenciar su belleza corporal llegaron a humedecer sus ropas en el bastante poco apacible clima parisino, lo cual dio lugar a un síndrome de resfríos, gripes, neumonías etc. que fue llamado “enfermedad de las muiselinas” o, recordando a la promiscua emperatriz romana, de las Mesalinas.

Si en la antigua Grecia y Mesopotamia, la prostitución formaba parte de las tareas del templo, y todas las mujeres participaban en ellas antes del matrimonio como un tipo de ritual religioso, en la cultura incaica existían doncellas que, a tiempo de adorar a los dioses, satisfacían los impulsos sexuales del Inca. También se admitió la existencia de “pampayrunas” (prostitutas), quienes vivían aisladas en el campo y dedicadas al comercio sexual. Además, como las costumbres sexuales americanas eran más libres y variadas antes de la llegada de los conquistadores, entre los mayas estaba permitido que los varones llevaran prostitutas a sus casas; en Panamá habían incluso tribus en las que se practicó el homosexualismo de manera natural, hasta cuando la moral cristiana se impuso a sangre y fuego y restringió estas costumbres sexuales.

En Nicaragua, la prostitución “era considerado un traba­jo tan respetable como cualquier otro; era corriente que una joven se ganara la vida con amantes de paso y acumulara así su dote. Los padres estaban no sólo de acuerdo, sino que guardaban con ella un entendimiento perfecto: seguía viviendo con ellos -su actividad se verificaba en un lugar especial del mercado-, los sostenía en caso de necesidad y cuando quería casarse su padre le cedía una parcela de su terreno. La aceptación social implicada en estas relaciones está corroborada por la actitud de los jóvenes hacia la que vendía su cuerpo (diez granos de cacao era el precio ofi­cial). Igual que si se tratara de una obrera o una empleada, los muchachos del barrio la rodeaban, la querían, la acompañaban a su trabajo o la iban a buscar. Oviedo insiste repetidas veces en que esos hombres, a los que no sabe dar otro nombre que el de ‘rufianes’, no recibían ni dinero ni favores especiales. Cuando la mujer anunciaba su deseo de casarse, sin revelar el nombre del elegido, pedía a los galanes que le construyesen una casa” (Séjourné, L., 1976, pp. 128-129).

En Bolivia, después de descubierto del “cerro que manaba plata”, en 1545, se concentraron en Potosí, junto a virreyes y capitanes generales, cientos de tahúres pro­fesionales y prostitutas célebres, a cuyos salones lujosos concurrían los conquistadores que no sabían en qué despilfarrar los lingotes de oro y plata.

“Otro fenómeno –señala Bebel–, que tiene por causa la supremacía del hombre sobre la mujer, y que persiste y se agrava a cada paso, es la ‘prostitución’. Si en los pueblos más civilizados de la tierra el hombre exigía a su mujer rigurosa reserva sexual respecto de los demás hombres, y si con frecuencia castigaba una falta con penas muy crueles, por ser mujer de su propiedad, su esclava, y por tener, en caso de infidelidad, derecho de vida y muerte sobre ella, no estaba, en manera alguna, dispuesto a someterse a la misma obligación. El hombre podía, ciertamente, comprar va­rias mujeres, y, vencedor de batallas, quitárselas al vecino. Pero esto implicaba la necesidad de mantenerlas, lo cual sólo pudo realizar una exigua minoría, dadas la desigual­dad de las fortunas y el corto número de mujeres hermosas, cuyo precio aumentó. Mas como el hombre iba a la guerra, viajaba continuamente y ansiaba, sobre todo, el cambio y la diversidad de los placeres amorosos, sucedió que sol­teras, viudas, mujeres repudiadas o esposas pobres se ofre­cían al hombre por dinero y éste las compraba para sus placeres superfluos” (Bebel, A., 1976, pp. 30-31).

En la Europa medieval, la prostitución gozaba de una organización gremial, como cualquier otro oficio, y en cada ciudad existía una casa de mujeres bajo el control de las parroquias, en cuyas cajas ingresaban las ganancias de la prostitución. Además, en ese tiempo, las mujeres pobres del campo acudían a las grandes urbes en busca de mejores condiciones de vida. “Si no lo conseguían con su propio trabajo se les presentaba otro camino: vender sus cuerpos. Esta forma de ganar dinero estaba tan difundida que las mujeres venales organizaron sus propios gremios en mu­chas ciudades. Estos gremios los legalizaban los regidores de la ciudad (es decir, los habitantes que poseían carta de vecindad), y las prostitutas organizadas perseguían encar­nizadamente a toda mujer que se atrevía a prostituirse sin pertenecer a las organizaciones legales aceptadas por los honorables consejeros de la ciudad. Por eso era muy difícil ganar dinero como mujer libre ‘callejera’, fuera de las casas de muchachas, es decir, de los burdeles” (Kollontai, A., 1976, p. 73).

Esto no implicaba que las prostitutas estuviesen a salvo de las represalias desencadenadas por el clero. En los tene­brosos días de la Inquisición y la Reforma fueron cientos, acaso miles, las que ardieron en las hogueras, a pesar de que este acto de doble moral se había ya experimentado a principios de la Edad Media, cuando Carlomagno dispuso que toda mujer prostituta fuese paseada desnuda y a latigazos por las calles, mientras él mismo, como empe­rador y rey cristianísimo, poseía nada menos que seis mujeres a la vez.

A mediados del siglo XIX, los países que más se dedicaron a la trata de esclavas blancas fueron Alemania y Austria. Desde el puerto de Hamburgo se exportó la mayor cantidad de mercancía viviente hacia América del Sur, Bahía y Río de Janeiro, pero el lote más importante era destinado a Montevideo y Buenos Aires, mientras una pequeña parte iba rumbo a Valparaíso, a través del estrecho de Magallanes. Otra corriente dirigíase, sea por Inglaterra o por vía directa, a América del Norte, donde competían con las prostitutas indígenas, y donde se dividía, dirigiéndose, sea hacia el Oeste y California. Desde aquí seguían la costa hasta Panamá, mientras Cuba, las Indias occidentales y México eran abastecidas por Nueva Orleáns. Bajo el nom­bre de bohemias, otras jóvenes alemanas eran exportadas, a través de los Alpes, a Italia, y de allí, más al sur, a Alejandría, Suez, Bombay, Calcuta, hasta Singapur y aun hasta Hong-Kong y Shangai. Las Indias holandesas, el Asia oriental y, sobre todo, el Japón, eran malos mercados, porque Holanda no toleraba en sus colonias jóvenes blancas de este género, y en Japón las muchachas del país eran demasiado hermosas y muy baratas. La concurrencia americana por San Francisco contribuía igualmente a hacer muy difíciles los negocios por dicho lado, mientras San Petersburgo y Moscú se proveían de los mercados de Riga y otras ciudades del Báltico.

El comercio de esclavas blancas y el establecimiento de casas públicas fueron cada vez más ascendentes, a pesar del sistema de reglamentación que se introdujo en varios estados europeos, con el propósito de registrar a las prostitutas y así evitar la proliferación de la sífilis y otras enfermedades venéreas. Esta reglamentación, a pesar de todos los esfuerzos y recursos, fracasó en todas partes, debido a que ningún hombre se sometió a dicho control.

En cuanto al número de mujeres que ejercían la prostitución en algunas ciudades europeas del siglo XIX, cabe destacar los siguientes datos: en Londres habían entre 80.000 y 90.000 prostitutas en 1869; en París, la cifra de mujeres registradas por la policía es sólo de 4.000, pero el de las prostitutas asciende a 60.000, y, según ciertos autores, hasta 100.000; en Berlín habían alrededor de 15.065 en 1871. Y como sólo en el año 1876 hubo 16.198 arrestos por infracción de los reglamentos de policía de las costumbres, puede deducirse que no exageran quienes estimaban de 25.000 a 30.000 el número de prostitutas berlinesas. En Hamburgo, en 1860, contábase una “mujer pública” por cada nueve mayores de quince años, y en Leipzig había en la misma época 504 mujeres inscritas, pero se calculaban en 2.000 las que vivían esencial o exclusivamente de la crá­pula.

En el presente siglo, las mujeres del llamado Tercer Mundo, además de sufrir diversos grados de explotación social, son explotadas sexualmente, ya sea con sistemas del tipo “alquile una esposa”, a través de las compañías financieras internacionales, los grupos bancarios que manejan los hotel-burdeles y con la promoción del turismo mediante anuncios sexistas, donde el cliente puede hacer el amor a crédito o pagar con tarjeta.

La pornografía infantil, impresa o audiovisual, es otra de las manifestaciones de la prostitución y un mercado lucrativo, una industria que se vale del cine, el video, la fotografía y el cómic, para comercializar con el sexo de “mujeres-niñas”.

En Japón, donde la industria pornográfica ha superado en beneficios al poderoso sector del automóvil, existen medio centenar de revistas que publican reportajes con fotografías de adolescentes en trajes de baño o vestidas de colegialas en posturas ligeramente eróticas. Los expertos deducen que el hombre japonés siente una gran fascinación por la “mujer-niña”, y los comerciantes del sexo sacan partido de ello.

En EE.UU., la prostitución infantil es consecuencia directa de la pobreza y el consumo de drogas. Los cálculos sobre el número de prostitutas menores de edad sitúan la cifra de más de un millón. Si se añade a quienes se dedican al “sexo de supervivencia” (encuentros ocasionales con el fin de conseguir dinero para comida o droga), el número as­ciende al doble o triple. Además, existe medio millón de menores que son usadas en la producción pornográfica, de las cuales muchas han sido importadas por la mafia desde Puerto Rico, Jamaica o México.

En Tailandia, el paraíso sexual del turismo occidental, los traficantes ofrecen un préstamo a los padres de las niñas de nueve y diez años de edad, en tanto a las de doce y trece les ofrecen un trabajo como camareras en res­taurantes o como “bailarinas folklóricas”. Pero, una vez en manos de los proxenetas, que controlan el mercado del sexo, son vendidas a los burdeles de Bangkok, Pattaya y otras ciudades del interior, mientras a las más hermosas las venden al extranjero, a Japón, EE.UU., Europa y Canadá, burlando el control de las autoridades que rastrean la pista de los tratantes que miserablemente engañan a campesinos tailandeses y compran a sus hijas por adelantado para comerciar después con ellas en lugar de proporcionarles el “trabajo decente” que se prometió a la familia. En los pueblos del norte, junto a la frontera con Birmania, no queda ni una sola niña, porque han sido vendidas por sus padres o maridos con un contrato como sirvientas a propietarios de burdeles. Pero los traficantes de niñas, tras agotar las reservas tailandesas, han extendido sus zonas de reclutamiento a Birmania, Laos y China. Y, aunque se sabe que el gobierno birmano encierra en prisiones, o incluso asesina, a las prostitutas que vuelven infectadas con el sida de Tailandia, los proxenetas siguen dedicados a su pro­fesión lucrativa: vender servicios sexuales de niños y ofrecer a buen precio la virginidad y el pánico de una niña birmana o laosiana.

La prostitución infantil no sólo está cons­tituida por las niñas que son vendidas ilegalmente, sino también por aquéllas que huyen de sus hogares o aban­donan sus aldeas en busca de mejores condiciones de vida. Algunas caen en la prostitución víctimas del secuestro o el engaño. Presas fáciles, se convierten en propiedad de los mercaderes del sexo.

En Filipinas, las niñas pobres acaban en la prostitución, en esos recintos a media luz de las grandes urbes, donde el precio del servicio de las niñas es tres o cinco veces más que el de las prostitutas mayores de edad; en Tailandia, un país de más de 64 millones de habitantes, 800.000 de sus con-nacionales frecuentan alguna de las miles de casas de citas registradas en los archivos policiales, sobre todo en la capital, conocida como el burdel más grande de Asia. Aquí, en el “país de las sonrisas”, se venden cada año aproximadamente 2.000 niñas a los burdeles para el disfru­te de millones de turistas europeos, americanos y japone­ses. El gobierno reconoce una plantilla de 800.000 prosti­tutas, pero otras organizaciones no gubernamentales hablan de más de un millón, distribuidas en casas de masajes, peluquerías, bares o ejerciendo la actividad en las calles de las princi­pales ciudades.

En Sri Lanka se ha constatado que la industria del sexo afecta más a las niñas que a las prostitutas adultas. Se calcula que existen unos 50.000 niñas controladas por el sindicato de proxenetas, y otras tantas ejerciendo su oficio en las playas de Maratuwe y en las calles de Colombo; en Filipinas 90.000; en la India, considerado el país que tiene mayor incidencia de prostitución, más de 800.000 niñas venden su cuerpo; en Brasil, las menores que viven de la prostitución alcanzan la cifra de 600.000; en Colombia, el número de prostitutas entre ocho y dieciocho años se ha quintuplicado en los últimos años. Los nuevos centros mundiales de la prostitución infantil son Vietnam, Cam­boya, Laos, China, México, Puerto Rico, Brasil, la República Dominicana y los países del antiguo bloque soviético. Pocos rincones del mundo son inmunes a la irrupción del co­mercio del sexo. En los pueblos del Himalaya nepalí, cada año se venden unas 12.000 adolescentes que van a parar en los burdeles de Bombay, mientras las africanas, que aprenden a hablar una babel de idiomas para vender su sexo, acuden en grupos a Bolonia y al Sur de Europa. Asimismo, después del desplome de los países del Este, se ha producido un éxodo de mujeres que acuden a Occidente, con la esperanza de salvarse de la pobreza y obtener bene­ficios. La policía dice que una cuarta parte de las 500.000 prostitutas que existen en Alemania proceden del antiguo bloque del Este. Incluso en el puritano Oriente próximo todas las semanas aterrizan vuelos chárter de mujeres rusas, polacas y checas en el aeropuerto de Dubai, donde se ofrecen como azafatas rubias y de ojos azules, mientras duran sus visados de 14 días.

Aparte del comercio con mujeres extranjeras, que llegan a Europa engañadas por los traficantes que controlan la prostitución organizada, se han creado agencias para promover los llamados “matrimonios de compra”, en las cuales los hombres occidentales “encargan” una mujer de algún país del llamado Tercer Mundo, con el fin de someterla a una especie de semiesclavitud.

Por otro lado, para los capitalistas, las mujeres no sólo ocupan un lugar secundario, sino que, al mismo tiempo, las usan como objetos sin alma ni cerebro, junto a los productos que ofrecen al consumidor. Los burdeles de Amsterdan, París, Berlín, Bangkok o Manila, las exhiben en escaparates lujosos para que el cliente pueda elegir la que más le agrada, como si fuese un vestido, una botella de whisky o un pedazo de jamón. En los anuncios comerciales, donde se muestran jóvenes esbeltas y semidesnudas decorando un coche o un artefacto electrodoméstico, son un detalle más para vender el producto al usuario.

Bibliografía:

1. Bebel, August: La mujer. Ed. Fontamara, España, 1976.

2. Kollontai, Alexandra: La mujer en el desarrollo social. Ed. Guadarrama, Madrid, 1976.

Víctor Montoya

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La música de la antigua Grecia

Fuente: laverdad.es

Casi no conocemos nada de la música helénica, que desempeñó un papel muy importante en la vida cultural de aquel pueblo

Hace tres años cumplí un sueño largamente acariciado desde mi juventud: visitar Grecia. En un breve viaje profesional pude contemplar algunos de los más importantes vestigios de la admirable civilización helénica. Admiramos aquella cultura por sus elegantes edificios, refinadas esculturas, los delicados dibujos que decoran sus vasos, y sus bellas creaciones literarias o sus profundas disquisiciones filosóficas. Pero siempre nos falta algo que se ha perdido casi totalmente: su música. Ahora les propongo un curioso compacto del sello ‘harmonia mundi’, en el que el conjunto madrileño Atrium Musicae, bajo la dirección de Gregorio Paniagua, intenta la reconstrucción de algunos de estos sonidos. Así como las otras grandes creaciones del genio griego, nos resultan, a las gentes de hoy, entrañablemente próximas, su música nos suena distinta y exótica: muy lejana de lo que estamos habituados a escuchar. Seguramente la pérdida de la tradición musical griega hizo que se siguieran en Occidente derroteros mucho más alejados del modelo helénico que en otros campos de la creación artística.

La música ocupaba un lugar muy destacado en la vida cotidiana de la antigua Hélade. Los testimonios son muchos. La mitología nos habla de la lira de Orfeo, la flauta de Pan y la Musa Callíope, protectora de la música. Las artes plásticas representan, a menudo, personajes que tañen instrumentos. Las tragedias y las comedias tenían partes cantadas. Se entonaban himnos de alabanza a los dioses y a los atletas victoriosos, y hasta creo recordar que Platón recomienda, en su ‘República’, el sonido de ciertos instrumentos para formar mejor el espíritu de los jóvenes. El grupo Atrium Musicae ha recogido los escasos testimonios de la música helénica, conservados en papiros, inscripciones y documentos copiados en los siglos posteriores. Uno de ellos es debido al erudito compositor y aristócrata Benedetto Marcello, a quien dedicábamos la página del pasado lunes. Sobre estos vestigios han realizado un cuidadoso trabajo de arqueología musical, para hacerlos sonar de nuevo. También aparece el único texto escrito que se conserva de la música romana: un fragmento de una comedia de Terencio. Nos informa Gregorio Paniagua, en el breve, pero interesante, estudio que acompaña al disco, que coexistían en la antigua Grecia dos notaciones musicales: la instrumental, de 15 signos, y la vocal, de 24. Raramente aparecen indicaciones rítmicas, y los intérpretes han de deducirlas de las palabras del texto. Las lagunas de los manuscritos las han colmado, continuando la línea melódica, cuando ésta permitía enlazar con el resto del fragmento, o introduciendo silencios, cuando ello no era posible. Han resucitado el sonido de liras, cítaras, monocordios, salterios, crótalos, timbales, flautas de distintos tipos y hasta del órgano hidráulico.

El resultado de tan complicado trabajo nos descoloca, porque, en algunos pasajes recuerda a la música oriental, en otros la del Medievo cristiano y, en ciertos momentos, los cánticos litúrgicos de la Iglesia ortodoxa, sin que podamos adscribirlos rotundamente a ninguno de ellos. Pero lo que más sorprende es la poderosa, a veces desgarradora, tensión que revelan las melodías, insospechada en una cultura, a la que siempre consideramos asentada sobre el orden, la mesura y el equilibrio. En la mente de los antiguos helenos, como seguramente en la de todos los pueblos, no imperaba tan solo el ‘logos’, la razón, sino también la pasión, el ‘pathos’: la conocida contraposición de Nietzsche entre Apolo y Dionisos. Quizá, si volviéramos a ver las maravillosas esculturas y los templos de la antigua Grecia, no en su blanca serenidad marmórea actual, sino en su estado original, pintados de brillantes colorines, tendríamos una apreciación muy distinta, y más inquietante sobre aquel pueblo que trazó los derroteros de la cultura occidental.

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La música de la antigua Grecia

Fuente: laverdad.es

Aunque es apenas conocida, desempeñó un papel muy importante en la cultura helénica

Hace tres años cumplí un sueño largamente acariciado desde mi juventud: visitar Grecia. En un breve viaje profesional, pude contemplar algunos de los más importantes vestigios de la admirable civilización helénica. Admiramos aquella cultura por sus elegantes edificios, refinadas esculturas, los delicados dibujos que decoran sus vasos, y sus bellas creaciones literarias, o sus profundas disquisiciones filosóficas. Pero siempre nos falta algo, que se ha perdido casi totalmente: su música. Ahora les propongo un curioso compacto del sello ‘harmonia mundi’, en el que el conjunto madrileño Atrium Musicae, bajo la dirección de Gregorio Paniagua, intenta la reconstrucción de algunos de estos sonidos. Así como las otras grandes creaciones del genio griego nos resultan, a las gentes de hoy, entrañablemente próximas, su música nos suena distinta y exótica: muy lejana de lo que estamos habituados escuchar. Seguramente la pérdida de la tradición musical griega hizo que se siguieran en Occidente derroteros mucho más alejados del modelo helénico, que en otros campos de la creación artística.

La música ocupaba un lugar muy destacado en la vida cotidiana de la antigua Hélade. Los testimonios son muchos. La mitología nos habla de la lira de Orfeo, la flauta de Pan y la Musa Callíope, protectora de la música. Las artes plásticas representan, a menudo, personajes que tañen instrumentos. Las tragedias y las comedias tenían partes cantadas. Se entonaban himnos de alabanza a los dioses y a los atletas victoriosos y hasta creo recordar que Platón recomienda, en su ‘República’, el sonido de ciertos instrumentos, para formar mejor el espíritu de los jóvenes. El grupo Atrium Musicae ha recogido los escasos testimonios de la música helénica, conservados en papiros, inscripciones y documentos copiados en los siglos posteriores. Uno de ellos es debido al erudito compositor y aristócrata Benedetto Marcello, a quien dedicábamos la página del pasado lunes. Sobre estos vestigios han realizado un cuidadoso trabajo de arqueología musical, para hacerlos sonar de nuevo. También aparece el único texto escrito que se conserva de la música romana: un fragmento de una comedia de Terencio. Nos informa Gregorio Paniagua, en el breve, pero interesante, estudio que acompaña al disco, que coexistían en la antigua Grecia dos notaciones musicales: la instrumental, de 15 signos, y la vocal, de 24. Raramente aparecen indicaciones rítmicas, y los intérpretes han de deducirlas de las palabras del texto. Las lagunas de los manuscritos las han colmado, continuando la línea melódica, cuando ésta permitía enlazar con el resto del fragmento, o introduciendo silencios, cuando ello no era posible. Han resucitado el sonido de liras, cítaras, monocordios, salterios, crótalos, timbales, flautas de distintos tipos y hasta del órgano hidráulico.

El resultado de tan complicado trabajo nos descoloca, porque, en algunos pasajes recuerda la música oriental, en otros la del Medievo cristiano y, en ciertos momentos, los cánticos litúrgicos de la Iglesia ortodoxa, sin que podamos adscribirlos rotundamente a ninguno de ellos. Pero lo que más sorprende es la poderosa, a veces desgarradora, tensión que revelan las melodías, insospechada en una cultura a la que siempre consideramos asentada sobre el orden, la mesura y el equilibrio. En la mente de los antiguos helenos, como seguramente en la de todos los pueblos, no imperaba tan sólo el ‘logos’, la razón, sino también la pasión, el ‘pathos’: la conocida contraposición de Nietzche entre Apolo y Dionisios. Quizá, si volviéramos a ver las maravillosas esculturas y los templos de la antigua Grecia, no en su blanca serenidad marmórea actual, sino en su estado original, pintados de brillantes colorines, tendríamos una apreciación muy distinta, y más inquietante, sobre aquel pueblo que trazó los derroteros de la cultura occidental.

FICHA DISCOGRÁFICA

MÚSICA DE LA GRECIA ANTIGUA

Atrium Musicae de Madrid

Gregorio Paniagua, Beatriz Amo, Eduardo Paniagua, Pablo Cano, Luis Paniagua, Máximo Pradera, Carlos Paniagua.

Dirección y realización: Carlos Paniagua.

Harmonia mundi ADD 7 94881 60162 2

Un disco compacto

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Tesoros de la Magna Grecia

Fuente: pagina12.com.ar

El mar que rodea las costas del sur de Italia revela cada tanto secretos heredados de un pasado remoto. Días atrás fue la misteriosa cabeza de bronce de un león –tal vez de época romana– hallada junto a las costas calabresas; hace 40 años, fueron dos estatuas griegas que se conocen como los Bronces de Riace y hoy pertenecen al Museo de Reggio Calabria.

Cientos y miles de años después, el Mediterráneo sigue entregando sus secretos. Tierra prometida de decenas de pueblos que levantaron civilizaciones enteras junto a sus costas, la superficie y las profundidades de la tierra guardaron la huella de su paso, pero también el mar se convirtió en un baúl de tesoros que, cada tanto y sobre todo gracias al azar, se abre como una mágica caja de Pandora y entrega alguno de sus misterios. Hace pocos días, las vacaciones de miles de turistas en las espléndidas costas calabresas se sacudieron con el descubrimiento de una cabeza de león, esculpida en bronce, junto a las costas de Capo Bruzzano. Fue un hallazgo de buceadores aficionados, que según los expertos es una pieza original semejante a otras cabezas de león expuestas en el Palazzo Massimo de Roma, y que podría datarse en la época romana, en torno del siglo II de nuestra era. El descubrimiento pareció celebrar simbólicamente otro, más extraordinario todavía, realizado hace 40 años junto a las costas de la localidad calabresa de Riace: dos grandes estatuas de bronce de guerreros griegos, de tamaño superior al natural, que habían permanecido bajo el agua durante unos 2500 años.

SORPRESA EN EL MEDITERRANEO

El 16 de agosto de 1972, en plena temporada estival, cuando las playas del sur de Italia se llenan de turistas nórdicos ansiosos de sol y aguas transparentes, el joven buzo romano Stefano Mariottini se sumergió en las aguas de Riace Marina, una localidad balnearia situada a pocos kilómetros de la que fue antiguamente la colonia griega de Kaulonia. Según Estrabón, Kaulonia había sido fundada por los aqueos: nada que fuera una rareza en esta porción de la costa italiana, integrante junto con Sicilia de la Magna Grecia. Las aguas del Mar Jónico, del Adriático y del Tirreno vieron la navegación constante de las naves griegas de una colonia a otra durante siglos, naves que llevaban mercancías pero también la cultura de una de las mayores civilizaciones de la Antigüedad.

Mariottini lo sabía, como lo saben distraídamente todos los habitantes de la “punta de la bota”, rodeados de restos de templos, mosaicos y piezas arqueológicas por doquier. Pero ese día tendría una inesperada constatación material: en una de sus inmersiones para explorar el fondo marino, descubrió parte de un brazo humano sumergido en la arena. El primer movimiento, instintivo, fue de pánico, pero poco después, tras comprobar que se trataba de un brazo de bronce, Mariottini descubrió que era parte de una estatua. Y al lado, a ocho metros de profundidad y a apenas unos 300 metros de la playa, yacía otra semejante. Esta es la versión oficial del hallazgo de las dos imponentes esculturas que se conocieron rápidamente con el nombre de Bronces de Riace, uno de los mayores descubrimientos de la arqueología moderna. Con los años, no tardarían en tejerse numerosas hipótesis y misterios sobre lo que ocurrió realmente ese día y lo que en verdad se encontraba debajo del agua: si había una tercera estatua, si faltaron yelmos que pasaron luego por el próspero mercado ilegal del arte antiguo, si uno de los bronces tenía en la mano parte de un escudo del que luego no quedaron rastros.

Pero ésa es otra historia, Mientras tanto, tras indicar Mariottini la presencia de los Bronces a las autoridades (un día después, el 17 de agosto), comenzó un espectacular operativo de recuperación con la participación del propio buzo junto con expertos de los carabineros de Messina (Sicilia), dirigidos por la Dirección General de Arqueología calabresa. Una vez liberadas del abrazo de la arena, ambas estatuas fueron subidas a la superficie con ayuda de globos inflados con gas, y saludadas con entusiasmo por la población de Riace. Al fin y al cabo, estaban saludando prácticamente a sus antepasados.

UNA RESTAURACION LABORIOSA

Numerosas hipótesis se tejen en torno del hallazgo de los Bronces en el fondo del mar. La más acreditada sugiere que cayeron al agua tras el naufragio de una nave mercante por culpa de una tormenta, pero como la embarcación nunca fue hallada (apenas aparecieron algunos restos dispersos), otros creen que podrían haber sido arrojados expresamente para aliviar su peso y que el barco finalmente llegó a destino sobre las costas italianas.

Tras las fases finales de la recuperación, los bronces aparecieron ante la gente en todo su esplendor. De algún modo estaban reviviendo dos leyendas: la de Ulises, arrojado por una violenta tormenta contra las costas del país de los feacios, y la de los santos orientales llegados del mar, lo que dio cierto aire sagrado a las figuras, ciertamente profanas, de ambos guerreros griegos. Porque eso, guerreros, es lo que representan los Bronces de Riace: imponentes y de cuerpos cuidadosamente trabajados, pero cada uno de diferente carácter y psicología. La Estatua A, la primera que apareció ante los ojos de Mariottini, mide casi dos metros y tiene largos cabellos ondulados sujetos con una vincha. Entre la barba rizada, la boca de labios cubiertos de cobre y entreabierta deja ver los dientes, laminados en plata. Es “el Viejo”, su otro apodo. Mientras tanto “el Joven”, o la Estatua B, tiene un aire más melancólico que desafiante, pero irradia confianza en sí mismo.

El trabajo de datación situó la Estatua A en torno del 450 antes de Cristo; para la Estatua B se calcularon algunas décadas más tarde. Pero en ambas impresiona el naturalismo y el cuidado en los detalles, incluyendo el marfil y el ámbar con que fueron confeccionados los ojos. Para algunos expertos, se trata de estatuas como las que se erigían en los santuarios griegos para ganarse la benevolencia de los dioses, generalmente tras algún acontecimiento importante para la vida de la “polis”. Además está la cuestión de la autoría: todo un misterio, aunque los guerreros fueron atribuidos al cincel de maestros como Onatas de Egina, Policleto de Argos, Myron, Kalamis o el propio Fidias.

En una primera etapa, los Bronces fueron llevados al Museo Nacional de Reggio Calabria, donde se hizo la primera limpieza de las incrustaciones marinas acumuladas a lo largo de los siglos. Tres años después se los trasladó al Centro de Restauración de la Dirección de Antigüedades de la Toscana, en Florencia, donde se llevó a cabo una segunda fase de limpieza mecánica, incluyendo intervenciones con bisturí y ultrasonido que despegaron las últimas placas de materiales marinos adheridos a los cuerpos. Allí también se completó el vaciado interior de las piezas, que reveló toda la maestría con que fueron elaboradas: con toda probabilidad se utilizó el método a la cera perdida, muy difícil porque un error podía implicar la pérdida de la obra original. En primer lugar, el escultor preparaba un modelo en arcilla; luego se realizaban moldes por sectores y se revestía el interior con una capa de cera del espesor que se quería dar al bronce. A continuación los moldes se ensamblaban y, tras un trabajoso procedimiento, se volcaba el bronce en la parte hueca y se disolvía la cera. Finalmente, la estatua estaba lista para quitar el manto exterior y soldar sus diferentes partes, terminando el conjunto con técnicas de cincelado, incrustación y pulido. Cuando se terminó la restauración, se recuperaron en Florencia no menos de 60 kilos de tierras de fusión que habían quedado en el interior de cada escultura: al mismo tiempo, fue la ocasión ideal para estudiar los tipos de aleación utilizados en la Antigüedad, mejorar los sistemas de pedestales antisísmicos –al fin de cuentas los Bronces se exponen en una región muy afectada por los terremotos– y desarrollar nuevos modelos de representación por computadora.

REGGIO CALABRIA

Temporariamente, los Bronces de Riace –que pasaron incluso por el Quirinale, a pedido del entonces presidente italiano Sandro Pertini– están exhibidos en el Consejo Regional de Calabria, en espera de que termine la restauración del que es su “hogar”: el Museo Nacional de Reggio Calabria. Allí, el lugar al que se espera regresarán este mismo año para Navidad, están rodeados habitualmente por otras piezas arqueológicas recuperadas en el fondo del mar, en estrictas condiciones de humedad y temperatura para evitar daños causados por la exposición al ambiente. El museo, además, merece la visita por su cuidadosa documentación de la presencia humana en Calabria desde el Paleolítico y la riqueza de los restos exhibidos sobre la cultura de la Magna Grecia. Y aunque los Bronces no puedan hablar, más de un visitante les formula en silencio sus preguntas sobre aquel maravilloso pasado, del que son misteriosos testigos y portadores a través de los siglos.

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El Teatro Romano ha acogido la fase final del Concurso Nacional de Grupos de Teatro Grecolatino de Secundaria

Fuente: elperiodicodeaqui.com

Este viernes, seis grupos de teatro de estudiantes de secundaria procedentes de diferentes puntos de España han interpretado distintas obras clásicas

El Teatro Romano de Sagunto ha sido la sede este viernes, 21 de septiembre, de la fase final del VII Concurso de Grupos de Teatro Grecolatino de Enseñanza Secundaria. Certamen organizado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, con la colaboración del Ayuntamiento de Sagunto y la Generalitat Valenciana, y distintas asociaciones, en el que han participado grupos de estudiantes de todo el país. Este concurso estádestinado a la promoción entre los jóvenes de la cultura y el teatro clásico

El alcalde de Sagunto, Alfredo Castelló, durante el acto de entrega de los premios quiso “felicitar a todos los alumnos y a los profesores por inculcar las semilla del teatro que ellos han recogido” dijo. A lo que añadió “Todas las representaciones han sido espectaculares y brillantes, por lo que os doy la enhorabuena. La emoción que sentís la trasmitís. Esta cávea y estos muros han sido testigos de vuestra actuación. Nos sentimos muy orgullosos de lo que habéis hecho hoy aquí”.

Por la mañana, los grupos de teatro “La Nave Argo”, del colegio Inmaculada-Jesuitas de Alicante; “Clásicos Luna”, del IES Pedro de Luna de Zaragoza; y “Alezeia-Teatro” del colegio Maravillas de Benalmádena (Málaga), han interpretado sus versiones de la obra ‘Medea’, de Eurípides, a las 10.00 h, 11.30 h, y 13.30 h. respectivamente, dentro de la categoría de tragedia griega/latina o comedia griega.

La tarde ha comenzado con la modalidad de comedia latina, con la representación a las 16.00 horas de la obra ‘Truculentus’, de Plauto, por parte del grupo de teatro “Tropos”, de la Asociación Cultural Siberia Extremeña de Talarrubias (Badajoz); y a las 17.30 horas, el grupo “Grammata Teatro” del colegio Fundación Caldeiro de Madrid, ha ofrecido al público “La comedia de la olla”, de Plauto.

Por último, y antes del acto de entrega de premioas, a las 19.00 horas, el grupo de teatro “Párodos” del IES Siberia Extremeña de Talarrubias ha representado “Penélope y sus doce criadas”, una recreación a partir de los textos del libro de Margaret Astwood, como final de la modalidad del concurso destinada al montaje de representaciones breves, originales o adaptadas, de fábulas, textos dramáticos, mitológicos o históricos.

Los premios fueron entregados por Castelló, el subdirector general adjunto de Cooperación Territorial, Vicente Andújar, el subdirector general de Calidad Educativa de la Conselleria de Educación, Manuel Tomás, la directora del Teatro Romano de Sagunto, Emilia Hernández, la presidenta del jurado, Rosa García, y representantes de Domus Baebia.

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Cuando el deporte paraba las guerras

Fuente: abc.es

En los primeros eventos deportivos desarrollados hace ocho siglos en la ciudad griega de Olimpia, cuna de los Juegos Olímpicos, sólo podrían participar los hombres. Las mujeres tenían prohibido el acceso incluso como espectadoras. Durante la celebración de los eventos deportivos, las guerras se detenían. El dominio del Imperio Romano puso fin a estas competiciones que volvieron a celebrarse en 1896. Atenas fue la elegida para celebrar los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna, para los que, dos años antes, se había constituido el primer Comité Olímpico Internacional (COI).

Este verano se ha podido disfrutar de los Juegos Olímpicos (JJOO) y Paralímpicos. Cuando se habla de ellos todo el mundo sabe lo que son y en qué consisten y los siguen con gran interés, aunque puede haber alguien que desconozca cuál es su origen y su finalidad. Por eso hoy se va a exponer una breve pincelada acerca de su historia.

En primer lugar se debe matizar la diferencia entre los términos Juegos Olímpicos y Olimpiadas, pues mucha gente los utiliza indistintamente, como sinónimos, cuando en realidad no tienen el mismo significado. El primero hace referencia a la propia competición, al evento deportivo, mientras que la Olimpiada es el período de cuatro años que transcurre entre dos celebraciones de los Juegos, el tiempo de espera desde el final de unos Juegos hasta el comienzo de los siguientes. Así, al término de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 ha comenzado una nueva Olimpiada que finalizará con el inicio de los Juegos de Río de Janeiro.

Origen

Centrándonos en el origen y antecedentes, entre los años 776 y 393 a.C. se celebraban en la Grecia Antigua eventos deportivos en honor a Zeus. Este hecho tenía lugar cada cuatro años en la localidad de Olimpia y traía consigo el parón de todas las guerras que se estuviesen librando en ese momento. Sólo podían participar hombres de habla griega y los espectadores debían también ser varones, aunque según cuenta la leyenda una mujer disfrazada consiguió adentrarse en una ocasión para ver a su hijo competir. Fue descubierta y posteriormente indultada al haberse proclamado campeón olímpico. Sólo uno podía proclamarse campeón, y ése era recibido como un héroe en su región.

Pero con la entrada del Imperio Romano los Juegos se extinguieron, hasta que el Barón Pierre de Coubertin tuvo la idea de organizar unos eventos similares retomando el espíritu de los antiguos Juegos. Tras un intento fallido del griego Evangelos Zappas, Coubertin, no con menos dificultades, logró que en 1896 se disputasen en Atenas los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna, para los cuales dos años antes se había constituido el primer Comité Olímpico Internacional (COI). Como dato anecdótico se puede mencionar que sólo un griego se colgó una medalla, y fue en una de las pruebas olímpicas por excelencia: la maratón.

Desde este momento cada cuatro años se ha asistido a una nueva edición, excepto en tres ocasiones: 1916, 1940 y 1940, a causa de las dos Guerras Mundiales. Posteriormente se introdujeron los Juegos Olímpicos de Invierno (1924) y los Juegos Paralímpicos (1960) para las personas con discapacidad.

Los símbolos de los JJOO

La bandera olímpica fue creada por Coubertin en 1913. Los cinco anillos entrelazados simbolizan la unión de los países de los 5 continentes, lo que se corresponde con la idea de la Antigua Grecia de un período de paz y fraternidad. Al menos uno de los 6 colores (los de los anillos más el fondo blanco) está presente en una bandera de todos los países.

El himno se interpreta en la jornada inaugural al entrar la bandera. Está basado en un poema griego y fue interpretado por primera vez en los primeros JJOO de la Era Moderna.

Con el juramento olímpico los participantes se comprometen a competir de forma limpia, respetando las normas y con honor, y se puede resumir en la frase de Coubertin “Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo.”

La llama permanecía encendida en los JJOO de la antigüedad durante el período de competición, acto que volvió a aparecer en Amsterdam 1928. El fuego simbolizaba el mito de Prometeo, que cuenta que lo habría robado a Zeus para dárselo a los mortales. La antorcha olímpica es encendida por los rayos solares al pasar a través de una lupa

El lema olímpico reside en las palabras “Citius, altius, fortius” (“Más rápido, más alto, más fuerte”) esgrime que no hay que rendirse. La persona debe ser constante y luchadora.

La maratón

Una de las pruebas que se incluyeron en los JJOO de la era moderna fue la maratón, la cual se ha convertido en una de las más prestigiosas. Su origen se relaciona con laleyenda de Filípides. Una de las dos versiones existentes cuenta que fue un mensajero enviado por el general Milciades desde el valle de Marathón hasta Atenas (entre 35 y 39 km) para anunciar la victoria del ejército heleno sobre los persas, y que cuando llegó y dio la noticia, debido al esfuerzo realizado cayó al suelo, sin vida. Basándose en ello, el francés Michel Bréal le propuso a Coubertin introducir una prueba de fondo con dicho nombre.

La distancia de esta modalidad olímpica oscilaba entre los 39 y 40 km dependiendo de las características del recorrido de cada ciudad hasta los Juegos de Londres de 1908. La Reina Alejandra dictaminó que la salida debía de efectuarse desde los jardines del Palacio Real de Windsor para poder presenciarla desde dicho lugar, lo que obligaba a aumentar la distancia a recorrer hasta la meta, situada en el estadio de White City. De este modo los participantes debían recorrer 42.195 metros, cifra que quedó a partir de entonces establecida como oficial, aunque el COI no la reconoció como obligatoria en las dos ediciones posteriores. Finalmente la aprobó la Asociación Internacional de Atletismo (IAAF) en 1921.

Estos han sido algunos de los datos y anécdotas de los miles que atesoran los Juegos Olímpicos a lo largo de la historia y sobre los que aquí se anima a descubrir. Un evento en el que no hay distinción de nacionalidad, sexo o color y que pone de manifiesto la unión de todos los países a través del deporte. Una oportunidad única para exaltar los valores educativos del deporte.

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Sagunt acoge por vez primera la final del concurso nacional de teatro grecolatino

Fuente: levante-emv.com

Grupos de Zaragoza, Málaga, Badajoz o Madrid actuarán el próximo viernes en el Teatro Romano

El Teatro Romano de Sagunt volverá a convertirse en la capital de las artes escénicas grecolatinas la próxima semana, cuando está previsto que se celebre la fase final del VII concurso nacional organizadopor la subdirección general de Cooperación Territorial del Ministerio de Educación y Cultura.


Este evento, que tendrá lugar el próximo viernes con entrada libre y gratuita, incluye en su programa grupos de Alacant, Zaragoza, Málaga, Badajoz o Madrid, que representarán Medea de Eurípides, Truculentos y La comedia de la olla de Plauto, así como Penélope y sus doce criadas de Margaret Atwood. Esta sesión casi continua, que se celebra por vez primera en la capital de El Camp de Morvedre, se abrirá a las 10 y se cerrará a las 19.30 horas con los premios.
Además de la actividad que tendrá lugar en el Teatro, la Saguntina Domus Baebia, aula estable de interpretación del mundo grecolatino, tendrá sus puertas abiertas en una jornada en la que también se podrá visitar la exposición Vestuario y atrezzo de la tragedia griega, así como los restos de una calzada y una domus romanas, que recientemente se han puesto en valor como espacios arqueológicos.
Este evento supone un premio al esfuerzo divulgativo de la cultura clásica a cargo de Prósopon, Ludere et discere, Saguntina Domus Baebia, Euroclassica, el Ayuntamiento de Sagunt y la Conselleria de Educación.

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